¿Qué Pasó con los 10 MILLONES de Soldados Alemanes cuando ACABÓ la Segunda Guerra Mundial?

¿Qué Pasó con los 10 MILLONES de Soldados Alemanes cuando ACABÓ la Segunda Guerra Mundial?

El 8 de mayo de 1945, cuando Alemania firmó su rendición incondicional, no solo terminó la guerra más devastadora de la historia, sino que comenzó un capítulo de sufrimiento silencioso para los 11 millones de soldados alemanes que quedaron a merced de los vencedores, un 𝒹𝓇𝒶𝓂𝒶 que la historia oficial ha tardado décadas en reconocer en toda su magnitud.

Las cifras de la capitulación son de una escala que resulta difícil de imaginar. Los aliados occidentales, principalmente las fuerzas norteamericanas y británicas, habían capturado aproximadamente 7,6 millones de soldados alemanes. El ejército rojo soviético tenía bajo su control entre 2,7 y 3,1 millones más.

A ellos se sumaban cientos de miles dispersos en los Balcanes, Yugoslavia, Checoslovaquia, Polonia, Dinamarca, Noruega y los territorios italianos. Cada hogar alemán estaba afectado. Cada familia alemana tenía alguien en ese número.

Y las mujeres en las ciudades destruidas comenzaron a hacerse la misma pregunta una y otra vez: ¿Dónde están nuestros hombres?

La respuesta a esa pregunta se esconde en una decisión burocrática que cambió el destino de millones. En marzo de 1945, semanas antes de la rendición definitiva, el general Dwight D. Eisenhower, comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa, tomó una decisión que alteraría el destino de millones de personas.

Los soldados alemanes capturados por las fuerzas occidentales dejarían de ser clasificados como prisioneros de guerra, categoría protegida por las convenciones de Ginebra de 1929 y La Haya, para pasar a denominarse bajo dos nuevas categorías: “Surrendered enemy persons” y “Disarmed enemy forces”. La justificación era formalmente impecable: Alemania había dejado de existir como estado. Por lo tanto, sus soldados no podían reclamar la protección de tratados internacionales firmados con una nación que ya no existía.

La distinción no era semántica. Era la diferencia entre recibir ración, techo y la visita de la Cruz Roja Internacional o ser empujado a un campo abierto sin ninguna de esas protecciones. La Convención de Ginebra de 1929 garantizaba a los prisioneros de guerra tres derechos fundamentales: ser alimentados y alojados al mismo nivel que las tropas del país captor, poder enviar y recibir correo, y ser visitados por delegados del Comité Internacional de la Cruz Roja.

Los DEF no tenían ninguno de estos derechos. La Unión Soviética, que nunca había firmado la Convención de Ginebra, operaba con una lógica aún más directa. Para los soviéticos, los soldados alemanes capturados eran simplemente cuerpos disponibles para el trabajo de reconstrucción.

El 4 de mayo de 1945, cuatro días antes de la rendición oficial, los primeros prisioneros alemanes en manos norteamericanas fueron transferidos formalmente al estatus DEF. Ese mismo día, el Departamento de Guerra de los Estados Unidos prohibió el correo hacia o desde esos prisioneros. El 8 de mayo, día de la victoria en Europa, el gobierno alemán fue disuelto y simultáneamente el Departamento de Estado norteamericano descartó a Suiza como potencia protectora de los prisioneros alemanes.

Sin potencia protectora, la Cruz Roja ya no tenía a quien reportar. Sin a quién reportar, la Cruz Roja no tenía sentido legal para visitar los campos.

Las fotografías que existen de los “Rheinwiesenlager” resultan perturbadoras incluso décadas después. Miles y miles de hombres en los prados verdes del Rin occidental, sin barracones, sin tiendas de campaña, sin ninguna estructura que los proteja del cielo, solo alambre de púas y tierra. Hombres apiñados como hormigas en un terreno que el agua de abril y mayo convierte en fango.

La única diferencia visible con las imágenes de los campos de concentración que el mundo acababa de descubrir es el uniforme. Estos hombres llevan el gris de la Wehrmacht.

Los Rheinwiesenlager, literalmente “campos en los prados del Rin”, fueron un conjunto de 19 instalaciones establecidas por el ejército norteamericano entre abril y septiembre de 1945 en el occidente de Alemania. Su nombre oficial era “Prisoner of War Temporary Enclosures”. La ironía del acrónimo era perfecta: nada en ellos era temporal para los hombres que los habitaban durante esas semanas cruciales.

Entre uno y casi 2 millones de soldados alemanes pasaron por esos campos durante el periodo de su existencia. La mitad de todos los soldados alemanes capturados en el frente occidental terminaron en ellos.

El campo de Sinzig, uno de los más documentados, albergó el 12 de mayo de 1945, según registros militares norteamericanos, a 116,000 hombres en un espacio diseñado para una fracción de esa cifra. El campo de Bad Kreuznach llegó a concentrar hasta 560,000 personas en sus peores momentos. No había instalaciones sanitarias.

Los hombres usaban como letrina cualquier trozo de tierra que pudieran reclamar. Las condiciones higiénicas se deterioraron con rapidez espantosa. El agua provenía de pozos improvisados frecuentemente contaminados.

Las raciones, cuando las había, eran miserables. Estimaciones del periodo hablan de menos de 700 calorías diarias en los momentos más críticos, en un campo donde los hombres dormían a la intemperie en plena primavera centroeuropea que fue excepcionalmente fría y lluviosa ese año.

Los hombres excavaban agujeros en la tierra con cucharas, con latas de conservas, con las propias manos, no para encontrar algo, sino para esconderse en ellos, para crear el mínimo de abrigo posible contra el frío nocturno, que en abril de 1945 todavía incluía noches con temperatura bajo cero y frecuentes nevadas. Muchos de esos agujeros se inundaban con la lluvia. Los hombres que los habían excavado tenían que decidir si mojarse en el hoyo o mojarse en el campo abierto.

La diferencia era mínima. Un médico norteamericano del cuerpo médico del ejército describió la situación con una frase que resume el estado de ánimo de quienes estaban dentro del sistema: “Esos campos eran malas noticias. Nos advirtieron que nos mantuviéramos lo más alejados posible de ellos”.

Las enfermedades que proliferaron en esas condiciones eran las previsibles: disentería, neumonía, septicemia, todos agravados por la desnutrición y la exposición a los elementos. Un informe médico norteamericano de la época señaló que el 9,7% de las muertes documentadas en los campos se debieron directamente a desnutrición o deshidratación. El resto fueron causadas por enfermedades directamente atribuibles a las condiciones de hacinamiento, falta de higiene y ausencia de medicamentos.

Durante todo el verano de 1945, mientras los campos estaban llenos de prisioneros, el Comité Internacional de la Cruz Roja fue impedido de visitarlos.

El historiador Albert Cowdrey, en su análisis para el Eisenhower Center de la Universidad de Nueva Orleans, estimó que el número total de muertos en los campos bajo custodia norteamericana fue de aproximadamente 56,000, constituyendo alrededor del 1,1% de los 5 millones de prisioneros en manos estadounidenses. La Comisión Maschke, con acceso a archivos más amplios y metodología más extensa, elevó la estimación de muertes en cautiverio occidental a cerca de 100,000.

El 10 de julio de 1945, el comando aliado supremo transfirió formalmente el control de los Rheinwiesenlager al gobierno francés de Charles de Gaulle. Francia había exigido 1,75 millones de prisioneros alemanes para trabajo forzado en su territorio. Alrededor de 182,400 prisioneros procedentes de los campos fueron entregados formalmente a los franceses.

Muchos de los 740,000 prisioneros que los norteamericanos transfirieron en total a Francia durante 1945 procedían directamente de los Rheinwiesenlager. Llegaron en un estado deplorable. Un informe de la Cruz Roja Internacional señaló que 200,000 de los prisioneros ya en manos francesas estaban tan desnutridos que eran incapaces de realizar trabajo físico y probablemente no sobrevivirían el invierno.

En los campos franceses, los alemanes trabajaron en canteras, en granjas, en reconstrucción de infraestructura urbana devastada por la guerra. Pero la dimensión más oscura del trabajo forzado en Occidente fue la de los campos minados. Los alemanes habían sembrado millones de minas terrestres a lo largo de Europa durante 6 años de guerra.

La solución fue utilizar a los propios prisioneros alemanes para esa tarea. El gobierno alemán protestó formalmente que esta práctica violaba el artículo 32 de las convenciones de Ginebra, que prohíbe expresamente que los prisioneros de guerra realicen trabajos directamente relacionados con las operaciones de guerra. La respuesta aliada fue la que ya conocemos: los hombres en cuestión no eran prisioneros de guerra, eran fuerzas enemigas desarmadas.

La convención no aplicaba.

En Dinamarca, bajo un acuerdo entre el comandante alemán, el gobierno danés y las fuerzas armadas británicas, soldados alemanes con experiencia en desactivación de minas fueron obligados a limpiar los campos minados de las costas y tierras danesas entre mayo y septiembre de 1945. Se estima que más de 2,000 prisioneros limpiaron más de 1,3 millones de minas alemanas durante esos 5 meses. De ellos, 149 perdieron la vida durante las operaciones, 165 quedaron gravemente mutilados y 167 sufrieron heridas menores.

En Noruega, el último registro de bajas disponible fechado el 29 de agosto de 1945 indicaba que 275 soldados alemanes habían muerto limpiando campos minados, con 392 adicionales mutilados.

Lo que esperaba a los prisioneros alemanes en el este no tenía comparación con los campos occidentales, ni en escala, ni en duración, ni en mortalidad, ni en la frialdad burocrática con que el sistema soviético los procesó, los explotó y, cuando ya no eran útiles, los devolvió o los dejó morir. La Unión Soviética gestionó sus prisioneros alemanes a través del sistema GUPI, la dirección principal de asuntos de prisioneros de guerra e internados, dependiente del NKVD. Los prisioneros alemanes eran registrados, categorizados y asignados a campos de trabajo distribuidos por todo el territorio soviético: en las cuencas mineras del Don y los Urales, en los bosques de Siberia occidental, en las obras de reconstrucción de Moscú, Leningrado y Stalingrado, en las minas de carbón de Ucrania.

El trabajo era agotador. Un prisionero alemán describió la rutina cotidiana con una economía de palabras que resulta devastadora: “Recibíamos una sopa aguada y nos dormíamos para que al día siguiente, a las 5 de la mañana, pudiéramos volver a trabajar”. Otro oficial escribió en sus memorias sobre lo que el hambre hacía a los hombres: “El problema del estómago estaba por encima de todo.

El alma y el cuerpo se vendían por un plato de sopa o un trozo de pan. El hambre descomponía a la gente, los corrompía y los convertía en animales”.

Las raciones estaban calibradas según la productividad. El sistema soviético distinguía entre prisioneros que cumplían cuotas de trabajo y los que no. Los “trabajadores de choque”, los que excedían la cuota, recibían una ración algo mejor.

Los “ociosos”, los que no llegaban a ella por debilidad, enfermedad o agotamiento, recibían la ración de castigo: 300 gramos de pan al día y una sopa de agua caliente. Era una ecuación diseñada para crear un ciclo de degradación progresiva. Quien estaba débil recibía menos comida y al recibir menos comida se debilitaba más.

La Comisión Maschke, creada por el gobierno de Alemania Occidental y que publicó sus hallazgos exhaustivos en 1974, tras años de investigación en archivos alemanes occidentales y testimonios de sobrevivientes, llegó a conclusiones que sacudieron a la sociedad alemana. Según sus estimaciones, 3,060,000 soldados alemanes fueron tomados prisioneros por la Unión Soviética. De ellos, 1,094,250 murieron en cautiverio.

La distribución temporal de esas muertes es aún más reveladora: 549,360 fallecieron entre 1941 y abril de 1945, durante la guerra misma. Pero otros 542,911 murieron entre mayo de 1945 y junio de 1950. Es decir, completamente después de que terminaron los combates.

El invierno de 1945 a 1946 fue el periodo más letal. Casi el 70% de todas las muertes en cautiverio soviético ocurrieron durante esos meses. Los prisioneros que llegaban debilitados de los campos de tránsito, que habían sido transportados en vagones de ganado durante semanas sin agua ni comida adecuada, que enfrentaban su primer invierno siberiano con ropa de verano o uniformes raídos, morían por miles.

El caso de los sobrevivientes de la batalla de Stalingrado ilustra la escala del horror con precisión matemática. Cuando el mariscal de campo Friedrich Paulus rindió el sexto ejército alemán en febrero de 1943, aproximadamente 91,000 hombres comenzaron la marcha hacia los campos soviéticos. De esos 91,000, 85,000 murieron en los meses inmediatamente posteriores a su captura.

Solo alrededor de 6,000 sobrevivieron para ser repatriados después de la guerra.

La repatriación fue un proceso largo, gradual y frecuentemente opaco. En junio de 1945, los primeros 225,000 prisioneros, considerados enfermos o físicamente incapacitados, fueron enviados a casa. En agosto de 1945, otros 700,000 más, incluyendo 412,000 alemanes, fueron descargados de custodia soviética.

Pero las condiciones del transporte de regreso replicaban las condiciones de llegada: vagones cerrados, días sin agua ni comida. La repatriación oficial soviética concluyó el 5 de mayo de 1950, cuando TASS anunció que 1,939,063 prisioneros de guerra alemanes habían sido enviados a casa desde 1945. Sin embargo, entre 10,000 y 20,000 permanecían detenidos, clasificados como criminales de guerra o trabajadores con conocimientos especiales que el sistema soviético no quería liberar.

El último grupo considerable de sobrevivientes no regresó hasta 1955 y 1956, una década después del fin de la guerra.

Paralela a la historia de los soldados corre otra historia, igualmente masiva y frecuentemente más brutal: la de los civiles alemanes expulsados de los territorios del este. Las conferencias de Yalta, febrero de 1945, y Potsdam, julio a agosto de 1945, habían reorganizado el mapa de Europa central de manera radical. Los territorios alemanes al este de los ríos Oder y Neisse fueron cedidos a Polonia y la Unión Soviética.

Prusia oriental fue dividida entre Polonia y la URSS, con Königsberg rebautizada Kaliningrado quedando en manos soviéticas. Pomerania, Silesia y la parte oriental de Brandeburgo pasaron a ser polacas.

El artículo 13 de los acuerdos de Potsdam sancionó explícitamente la transferencia de las poblaciones alemanas de Polonia, Checoslovaquia y Hungría hacia los territorios de ocupación aliada en Alemania, con la condición de que se realizara “de la manera más humana posible”. La realidad fue otra. Desde Prusia oriental, desde Pomerania, desde Silesia, desde los Sudetes checoslovacos, desde las regiones de minoría alemana en Yugoslavia y Hungría, millones de civiles comenzaron a moverse hacia el oeste.

Algunos lo hicieron voluntariamente, huyendo del avance soviético en los últimos meses de la guerra, bajo temperaturas de 20 grados bajo cero, caminando sobre el hielo del Mar Báltico en columnas que a veces se hundían cuando el hielo cedía bajo el peso de los carros y el ganado. Otros fueron expulsados de manera más organizada, pero igualmente brutal, después de la rendición.

En total se estima que entre 10 y 12 millones de alemanes étnicos fueron expulsados de los territorios del este en los años siguientes al fin de la guerra. Esta fue la mayor migración forzada de una sola etnicidad en la historia moderna y fue sancionada por las tres principales potencias vencedoras. El número de muertos civiles en el proceso es difícil de establecer con precisión, pero estimaciones académicas serias hablan de entre 500,000 y 2 millones de personas fallecidas durante las expulsiones y el tránsito.

Berlín en mayo de 1945 era un planeta diferente. El 80% de su infraestructura había sido destruida. Se contabilizaban más de 84 millones de metros cúbicos de escombros, equivalentes a 2,600 hectáreas arrasadas.

800,000 viviendas habían sido destruidas. Según los cálculos oficiales, 52,000 civiles habían muerto durante los ataques y los combates callejeros y otros 100,000 permanecían heridos, desnutridos o mutilados en hospitales improvisados sin electricidad ni medicinas. El agua corriente había dejado de funcionar.

Las alcantarillas estaban rotas. Los cadáveres de soldados y civiles yacían sin enterrar en las calles, en los jardines, en los sótanos de edificios derrumbados.

El ejército rojo había llegado a Berlín el 2 de mayo de 1945, dos días después del suicidio de Hitler. Fue el primer ejército en entrar en la ciudad y llegó con una mezcla de exaltación victoriosa y odio acumulado durante 4 años de guerra de exterminio. Las consecuencias para la población civil de Berlín fueron devastadoras.

Las estimaciones conservadoras de mujeres violadas en la ciudad de Berlín oscilan entre 20,000 y 100,000. Otras estimaciones más amplias que incluyen la totalidad de los territorios del este bajo control soviético hablan de entre 1,4 y 2 millones de mujeres violadas en los últimos meses de la guerra y los primeros de la ocupación.

La vida cotidiana en Berlín bajo ocupación fue un ejercicio constante en la negociación de la supervivencia. Las raciones oficiales alcanzaban apenas entre 800 y 1,000 calorías diarias en muchas zonas. Pan oscuro, papas aguadas, sopas sin carne, sustitutos de café hechos con achicoria tostada o cebada quemada.

El mercado negro, cuyo epicentro era la puerta de Brandeburgo, en la intersección de los sectores soviético y occidental, se convirtió en el verdadero sistema económico de la ciudad. Un reloj familiar podía cambiarse por un paquete de cigarrillos. Un paquete de cigarrillos podía comprarse en la tienda del ejército norteamericano y cambiarse por azúcar o jabón en el mercado negro.

Un abrigo podía valer unos gramos de mantequilla.

El invierno de 1945 a 1946 fue, según todos los registros meteorológicos disponibles, uno de los más fríos del siglo en Europa central. En la Alemania occidental, para el invierno de 1946 a 1947, se estimaba que entre 60,000 personas habían muerto de frío y hambre. Víctor Gollancz, el editor y filántropo judío británico que había sobrevivido al nazismo y que recorrió la zona británica de ocupación en ese periodo con el propósito explícito de documentar las condiciones de vida alemanas, envió a casa una serie de informes que sacudieron a la opinión pública británica.

Gollancz calculó, basándose en los datos de la agencia de ayuda UNRRA, que el mínimo calórico para sostener la vida era de 2,000 calorías diarias. En marzo de 1946, el promedio en la zona británica de Alemania había fluctuado entre 1,050 y 591 calorías. A finales de febrero de ese año, las raciones habían sido reducidas a 1,040 calorías para quienes no realizaban trabajo pesado, es decir, para la mayoría de las mujeres.

Las cifras de mortalidad infantil eran apocalípticas. En la ciudad de Dortmund, en febrero de 1946, 46 de los 257 niños nacidos ese mes murieron antes de cumplir el primer mes. La mortalidad infantil era 10 veces la tasa de 1944, el último año completo de guerra.

Los ancianos y los enfermos morían de hipotermia en casas que tenían los cristales rotos desde los bombardeos y donde el combustible solo alcanzaba para unas pocas horas de calefacción.

Los soldados que regresaban encontraban en muchos casos que no había nada a lo que volver. Las casas podían haber sido destruidas por los bombardeos, podían haber sido requisadas por las fuerzas de ocupación, podían estar ahora en territorio que ya no era alemán. La Prusia oriental donde habían nacido era ahora soviética o polaca.

El pueblo de sus padres en Silesia tenía ahora un nombre polaco y sus habitantes hablaban polaco. Sus familias podían haber muerto, podían haber huido, podían haber sido expulsadas. El escritor Heinrich Böll capturó la experiencia del regreso en una serie de cuentos escritos entre 1945 y 1951 que se convirtieron en algunos de los textos literarios más importantes de la posguerra alemana.

En su relato “Mi tío Fred”, el protagonista regresa de la guerra con una lata de cigarrillos y exige pan, sueño y tabaco. Se tiende en un sofá y no se mueve durante meses.

El proceso de regreso desde los campos soviéticos era particularmente traumático. Los prisioneros pasaban por el campo de tránsito de Frankfurt del Oder, donde el NKVD realizaba interrogaciones de rutina para identificar espías, colaboradores potenciales o personas con conocimientos militares de valor. El 70% de los que llegaban a ese campo estaban enfermos.

Muchos habían perdido decenas de kilos durante años de trabajo forzado. Llegaban en trenes que eran, según todos los testimonios disponibles, tan miserables como los que los habían llevado al este años antes. A su llegada a la zona de destino, los repatriados recibían un documento de identidad provisional, una ración de emergencia y las instrucciones para presentarse ante la autoridad de registro civil más cercana.

No había recepción oficial, no había celebración, no había reconocimiento formal de lo que habían vivido.

De las ruinas físicas y morales de 1945 emergieron en los años siguientes dos estados alemanes con destinos radicalmente divergentes. La reforma monetaria de junio de 1948 en las zonas occidentales fue el primer gran acto de refundación económica. El Reichsmark, inflado hasta la inutilidad, fue reemplazado de la noche a la mañana por el Deutsche Mark.

El cambio fue draconiano. Cada adulto alemán en la zona occidental recibió 40 DM como capital inicial. El mercado negro desapareció casi instantáneamente.

De repente había una moneda que valía algo y había productos en las tiendas para quienes podían pagarlos. El Plan Marshall, cuya implementación comenzó a principios de 1948, aportó el componente de capital extranjero necesario para la reconstrucción.

El resultado fue el Wirtschaftswunder, el milagro económico alemán. En menos de una década, Alemania occidental pasó de la hambruna a convertirse en la economía más dinámica de Europa occidental. En el este, el proceso fue diferente en naturaleza y velocidad.

Los soviéticos habían comenzado el desmontaje sistemático de las industrias de la zona oriental desde los primeros días de la ocupación. Se calcula que entre 200 y 300 plantas industriales fueron desmontadas y transferidas a la Unión Soviética solo en los primeros meses posteriores a la rendición.

El 23 de mayo de 1949 se proclamó la República Federal de Alemania con Bonn como capital provisional. El 7 de octubre de 1949, en respuesta, se proclamó la República Democrática Alemana. Los dos estados alemanes existirían en paralelo durante 41 años hasta la reunificación de 1990.

Cada uno construyó una narrativa diferente sobre su relación con el pasado nazi y con el sufrimiento de la posguerra. Pero para los 11 millones de soldados que habían servido a su país y que se encontraron, de la noche a la mañana, sin patria, sin derechos y sin futuro, la guerra no terminó el 8 de mayo de 1945. Para muchos de ellos, apenas comenzaba la verdadera batalla por la supervivencia.