Las sirenas antiaéreas rasgaron el cielo de Berlín en la mañana del 20 de abril de 1945, mientras escuadrones de bombarderos aliados se aproximaban para rendir un macabro tributo al quincuagésimo sexto cumpleaños de Adolf Hitler. La ciudad, reducida a escombros por meses de bombardeos constantes, se convertía en el último bastión del Tercer Reich, atrapada entre el martillo del Ejército Rojo y el yunque de una derrota inminente. Los habitantes de Berlín, desmoralizados y exhaustos, luchaban por su supervivencia en medio de la escasez de alimentos, la falta de agua y el peligro constante de los combates casa por casa.
Las banderas del partido ondeaban sobre los edificios destruidos, y pancartas proclamaban que la ciudad fortaleza de Berlín saludaba a su Führer. Sin embargo, el líder nazi permanecía distante de la opinión pública, sin dirigirse a la nación desde su discurso del 30 de enero, cuando conmemoró el duodécimo aniversario de su ascenso al poder. Aquella sería la última vez que los alemanes escucharon su voz.
Mientras tanto, las mujeres de Berlín hacían cola para obtener alimentos después de los ataques aéreos, y el ruido lejano de la artillería confirmaba sus peores temores: esta sería su última oportunidad de abastecerse.
Los periódicos, reducidos a una sola página impresa por ambos lados, ofrecían más propaganda que información veraz. Las noticias del frente eran confusas para los berlineses. En el búnker subterráneo de la Cancillería, Hitler se levantó a las once de la mañana y desde el mediodía recibió los tributos de su círculo íntimo.
Entre las espaciosas y lujosas habitaciones de mármol se encontraban Joseph Goebbels, Martin Bormann, Albert Speer y los jefes militares Karl Dönitz, Wilhelm Keitel y Alfred Jodl. Pero en lugar de una celebración, lo que envolvía a Hitler era la conciencia de su derrota inminente y la destrucción del régimen que había construido.
El líder que una vez dominó gran parte de Europa y comandó la máquina de guerra más poderosa estaba ahora encerrado en un búnker, enfrentando su destino inevitable. Sus generales y confidentes más cercanos le ofrecieron sus mejores deseos, pero el ambiente era sombrío y tenso. La lealtad que una vez rodeó a Hitler se desmoronaba mientras sus seguidores comprendían que su líder los había llevado a la ruina.
Numerosas personas que acudieron a felicitarlo coincidieron en que parecía veinte años mayor. Algunos le aconsejaron que tomara el camino hacia Baviera, pues aún había tiempo, pero para sorpresa de todos, Hitler anunció su decisión de permanecer en Berlín hasta el último momento y luego volar hacia el sur.
El Führer aseguró que los soviéticos estaban a punto de sufrir la derrota más sangrienta de su historia ante los muros de Berlín, aunque pocos creían realmente esta afirmación. Al concluir las formalidades, el comandante en jefe de la Kriegsmarine, Karl Dönitz, a quien Hitler había encomendado el mando del norte de Alemania, recibió una despedida afectuosa. En cambio, el comandante supremo de la Luftwaffe, Hermann Göring, que debía organizar la resistencia en Baviera, fue tratado de manera mucho más fría.
Según Albert Speer, Hitler se sentía decepcionado por el carácter cobarde de Göring y otros, pues había llegado a creer que sus seguidores más cercanos eran hombres valientes.
Esa tarde, en los abandonados jardines de la Cancillería del Reich, el líder nazi inspeccionó a un pequeño y orgulloso grupo de jóvenes de las Juventudes Hitlerianas. Todos quedaron impresionados por cómo Hitler se veía encorvado y con las manos temblorosas, pero la fuerza de voluntad que aún poseía era sorprendente. Como relataría años después Artur Axmann, líder de las Juventudes Hitlerianas, Hitler estrechó las manos de los jóvenes y condecoró a algunos que Axmann le presentó, mencionando que se habían destacado recientemente en el frente.
Sin embargo, el Führer no pudo entregar personalmente ninguna condecoración porque su brazo izquierdo temblaba de manera evidente. Para ocultarlo, lo sostenía con la mano derecha detrás de la espalda, soltándolo de vez en cuando por breves momentos, en los que aprovechaba para dar palmaditas en las mejillas o tirar de las orejas de los jóvenes, sin notar la expresión lasciva que aparecía en su rostro demacrado.
Terminadas las ceremonias, Adolf Hitler regresó a su búnker e inmediatamente inició su conferencia militar. El general Hans Krebs informó sobre la situación, aunque todos ya la conocían. Krebs, nombrado jefe del Estado Mayor del Alto Mando del Ejército el 1 de abril de 1945, era un hombre bajo, de gafas y algo torcido, pero con un ingenio agudo y a menudo sarcástico.
Siempre tenía una anécdota o un chiste para cada momento. Krebs, siendo un oficial de Estado Mayor y no un comandante en el campo de batalla, personificaba el estereotipo del segundo al mando, exactamente lo que Hitler quería, pero lo que Heinz Guderian detestaba en el Grupo de Ejércitos del Vístula. Berlín sería cercada en cuestión de días o incluso horas, y antes de que eso ocurriera, el Noveno Ejército del general Theodor Busse, que se enfrentaba a los soviéticos en ese momento, quedaría atrapado si no se daban las órdenes adecuadas para su retirada.
Los asesores militares de Hitler tenían claro que él y los ministerios y departamentos vitales que aún permanecían en Berlín debían abandonar la capital de inmediato. Keitel y Jodl insistieron especialmente en esa evacuación, pero Hitler se negó a aceptar que la situación fuera tan grave. Según el coronel Nicolaus von Below, de la Luftwaffe, que estaba presente en el búnker bajo la Cancillería, Hitler mantenía que la batalla de Berlín era la única oportunidad de evitar la derrota final.
Mientras tanto, varios departamentos gubernamentales fueron despejados para partir de inmediato.
Esa noche, después de recibir finalmente a los miembros más cercanos de su círculo en la pequeña sala de estar de su búnker, Hitler se retiró a dormir mucho antes de su hora habitual de descanso. Mientras tanto, Eva Braun subió con los otros invitados a las habitaciones de la Cancillería del Reich. Martin Bormann, secretario personal de Hitler, y su médico de confianza, el doctor Theodor Morell, formaban parte de ese extraño y desafortunado grupo que estaba allí para celebrar una fiesta.
Se había preparado una gran mesa con comida y bebidas. Los invitados brindaron con champán e intentaron bailar, a pesar de tener solo una grabación para reproducir en el gramófono. La melodía que sonaba de fondo en ese momento era “Las rosas rojas te hablan de amor”, como mencionó la secretaria de Hitler, Traudl Junge.
Sin embargo, según Anvil, había demasiadas risas histéricas que se mezclaban de manera particularmente siniestra en una de las últimas fiestas del Reich.
Las salidas de Hitler al exterior eran escasas. La última fue un paseo con su perra Blondie al salir al jardín después de meses encerrado. Pensó que el aire fresco lo despejaría, pero lo que recibió fue una especie de golpe en el hígado, como el que reciben los boxeadores, en el que el dolor abruma con efecto demoledor.
El aire era gris, las partículas de plomo se pegaban en su cabello y en sus fosas nasales. La destrucción, los trozos polvorientos de millones de toneladas de escombros flotaban. El hedor acre de la muerte y la pólvora se volvía irrespirable en el jardín.
Ya no quedaba nada verde, todo era destrucción, pero el crepitar del fuego consumiendo edificios y las detonaciones que se escuchaban cada vez más cerca mostraban que el infierno para los alemanes aún estaba lejos de terminar. Ese breve paseo quizás fue el que terminó de convencer a Hitler de que había perdido la guerra.
Los últimos días de Hitler fueron intensos y devastadores. Acostumbrado a dominar vastos territorios, durante meses había estado recluido en su búnker. En sus últimos diez días de vida, la paranoia y la desesperación lo habían convertido en un ser incoherente e inestable.
En ese tiempo tuvo su cumpleaños, se casó, se peleó con sus colaboradores más cercanos, creyó percibir mil traiciones, dictó sentencias de muerte, desconfió de todos y, si eso fuera posible, exacerbó aún más su carácter maníaco. Pero principalmente, por primera vez, se dio cuenta de que había perdido la guerra, de que ya no tenía salida.
El 22 de abril, después de despedir a varios colaboradores cercanos bajo acusaciones de traición e incompetencia, Hitler preguntó a su médico personal cuál era la forma efectiva de suicidarse. El médico le indicó el método doble que días después pondría en práctica. Antes de que terminara ese día, recibió a Albert Speer, posiblemente la persona con la que más habló.
Le preguntó qué pensaba de una huida a Berchtesgaden. Speer le dijo que creía que debía permanecer en Berlín. Hitler estuvo de acuerdo, pero aclaró que no iba a luchar porque corría el riesgo de ser herido y caer en manos del enemigo vivo.
No quería que su cadáver fuera deshonrado. “Créeme, Speer, me es fácil poner fin a mi vida. Por un breve instante estaré libre de todo, libre de esta dolorosa existencia”.
Speer nunca lo había visto así. Sabía que ya estaba derrotado, que el fin era cuestión de días. Pero antes, Hitler quería destruir toda Alemania.
Quería que los vencedores no pudieran disfrutar de nada de lo que había existido antes, y también quería castigar a los alemanes que habían sobrevivido. El Führer creía que no habían sido dignos de él, que la derrota era culpa suya. “Si nos hundimos, hundiremos el mundo con nosotros”, había dicho.
La orden de tierra arrasada fue ignorada por sus hombres.
El viernes 27 de abril, Adolf Hitler ordenó al oficial de las SS Otto Günsche movilizar a 8. 000 soldados para intentar detener al Ejército Rojo que se cernía sobre Berlín. La verdad es que el oficial solo tenía 2.
000 tropas y en malas condiciones. Cuando se lo comunicó al líder nazi, este montó en cólera, alegando que todos a su alrededor lo estaban engañando. Para entonces, los soviéticos ya superaban el cerco defensivo que suponía el metro de Berlín.
El ejército alemán estaba en completa desventaja en la ciudad, ya que no tenían opciones de refuerzo y se enfrentaban a una escasez de materiales. Con todo, las locuras no solo las cometía Hitler. Tanto en el búnker como fuera de él, la alienación también aparecía entre los soldados más jóvenes.
La llegada del enemigo a la periferia hizo que los jóvenes soldados se desesperaran por perder la virginidad. Una de las situaciones más grotescas se vivió en el centro de transmisiones de la Grossdeutscher Rundfunk, donde durante la última semana de abril se extendió una verdadera sensación de colapso que llevó a los empleados a beber desenfrenadamente y a sentir que el apocalipsis se acercaba. No faltó la embriaguez continua en el búnker de quienes rodeaban al Führer, ya fuera por la celebración de un cumpleaños o una boda.
La verdad es que cualquier excusa era buena para descorchar una botella de brandy y olvidar que las bombas rusas caían cientos sobre ellos.
El sábado 28 de abril, según relató la piloto Hanna Reitsch, la artillería rusa era visible en las paredes del búnker, lo que confirmaba que los soviéticos sabían dónde estaba y que sus tropas entraban gradualmente en el Reichstag. Por la tarde, estaban a menos de 2 kilómetros. Ese día, Hitler destituyó al general Felix Steiner de las Waffen-SS por no defender Berlín eficazmente.
Sería Rudolf Hoss quien se haría cargo de la defensa de la ciudad. También recibió un informe de la BBC, proveniente de la agencia Reuters, en el que se afirmaba que Hitler había ofrecido a los aliados un acuerdo de rendición, que fue rechazado. Al obtener esta información, el líder nazi montó en cólera y ordenó el arresto y el fusilamiento del representante de las SS en el búnker.
Esa misma noche, reunió a sus colaboradores más cercanos y habló con ellos sobre cómo planeaban suicidarse cuando el Ejército Rojo se acercara al búnker. Se distribuyeron cápsulas de cianuro con las que algunos de ellos acabarían con sus vidas. Fue el 28 de abril cuando, por orden de Hitler, se introdujo en el búnker un funcionario del registro civil para facilitar la inscripción oficial de su matrimonio con Eva Braun.
Günsche habló con respeto de Braun, señalando que, además de su bella apariencia, era sobre todo una persona buena, humilde y educada.
El domingo 29 de abril, en la madrugada, Adolf Hitler y Eva Braun se casaron. Se reunieron en la sala de mapas del cuartel general junto con Joseph Goebbels y Martin Bormann como testigos. Un funcionario del registro civil ofició la ceremonia.
Después, recibieron felicitaciones y celebraron. A la mañana siguiente, organizó un desayuno nupcial y, después de él, dictó su testamento, en el que lo más destacado era la transmisión de poderes que convertía a Karl Dönitz y Joseph Goebbels en jefe de Estado y canciller respectivamente tras su muerte. Esa noche, durante la cena, escucharon en la radio la noticia de la muerte de Mussolini y sus familiares y cómo sus cadáveres habían sido expuestos después de su ejecución.
Esta información pudo haber sido decisiva en la decisión de suicidarse, ya que no quería ser humillado, como había declarado en su testamento. Hitler había sido aconsejado para lograr la muerte de la manera más efectiva y estaba dispuesto a usar cápsulas de cianuro para tal fin. Aun así, dudando de la efectividad de estas, ordenó probarlas en Blondie.
Era una persona mística que afirmaba haber tomado la decisión de casarse solo por su plan de suicidio. Tanto Hitler como Braun firmaron un formulario que contenía una línea que indicaba que ambos eran de ascendencia aria, libres de cualquier enfermedad hereditaria.
El lunes 30 de abril fue un día después de su boda, cuando ocurrieron dos eventos significativos que aceleraron la muerte de Hitler. El general de las SS Wilhelm Mohnke, que llegó al búnker, informó que la munición se estaba agotando y que, con la enorme presión ejercida por el enemigo, el general tenía un pronóstico sombrío: probablemente duraríamos hasta el final del día, pero no más. En la mañana del 30 de abril, Eva invitó a Hitler a salir del búnker para contemplar el sol por última vez, pero debido al intenso bombardeo de artillería, se negó.
El piloto de Hitler señaló que, a pesar de estar dispuesto a sacar al líder nazi de Berlín en un avión cargado de combustible, Hitler se negó pero le agradeció su leal servicio. Pocas horas antes de quitarse la vida, como cada día, Hitler celebró una reunión de guerra. Allí se le informó que los soviéticos estaban rodeando el Reichstag, que las SS habían inundado los túneles del metro, causando numerosas bajas enemigas.
El Ejército Rojo se preparaba para asaltar la Cancillería. El líder nazi entendió que era hora de suicidarse.
Hitler y Eva Braun se despidieron de los presentes. Más tarde, algunos testigos afirman que escucharon un fuerte disparo y, después de un rato, su ayudante y su ayuda de cámara decidieron entrar. Eran aproximadamente las cuatro de la tarde.
Hitler estaba sentado en el sofá. En su boca se podían ver restos de la ampolla de cianuro y en su sien derecha, la marca de un disparo. Eva Braun, su esposa durante poco más de cuarenta horas, estaba a su lado, con la cabeza apoyada en el hombro del Führer.
Es el 30 de abril de 1945. Han pasado casi once meses desde el día del desembarco de Normandía y los aliados occidentales se acercan al territorio alemán. Los rusos, desde el frente oriental, se aproximan a Berlín.
Alemania ha perdido el control de su espacio aéreo. El Reich de los mil años ha terminado, pero Alemania no se ha rendido. Hitler y Eva Braun se han suicidado en un búnker.
El dictador ha muerto, pero la guerra, con todas sus atrocidades, durará otra semana.
Muchos historiadores consideran los ocho días posteriores a la muerte de Hitler como tiempos atemporales de los más turbulentos de la historia. Los alemanes fueron testigos de las batallas finales y el colapso de Berlín, pero también de las marchas de la muerte, una epidemia de suicidios y violaciones masivas, los intentos fanáticos de una última resistencia, la desesperada huida de los jerarcas nazis y la liberación de los campos de concentración. Antes de suicidarse, Hitler tuvo que elegir un sucesor.
Martin Bormann, Joseph Goebbels, el principal propagandista, Heinrich Himmler, el número dos bajo Hitler, o Hermann Göring, comandante de la Luftwaffe. Al final, cuestionó la lealtad de todos, por lo que el elegido fue el almirante Karl Dönitz, quien tenía muchas tareas por delante y debía resolver en ocho días una era para negociar el fin de la guerra. Quería evitar la rendición incondicional, deseaba una rendición por separado con Estados Unidos y los aliados occidentales de la Unión Soviética, temiendo las represalias de Stalin.
Dönitz quería tiempo suficiente para retirar sus tropas de detrás del avance del Ejército Rojo. Necesitaba establecer un nuevo gobierno sin Hitler y distanciándose de los nazis y sus atrocidades. Su gobierno aspiraba a iniciar el proceso de restauración y reconstrucción.
Un tema crucial del libro son las diversas respuestas del partido nazi y los líderes militares de Alemania ante la muerte de Hitler. Algunos no vieron razón para luchar hasta el final, viéndose a sí mismos como héroes trágicos en una historia que pronto vería la imposición del gobierno por parte de los enemigos. Otros, al darse cuenta de cuánto habían apostado por Hitler, buscaron una derrota suave.
Incluso otros se enfrentaron al orgullo alemán de Hitler y se esforzaron por defender el honor alemán. Estos días Alemania buscó tanto negar sus crímenes de guerra como destruir sus pruebas, así como debatir si rendirse pacíficamente o sembrar la carnicería como represalia. La realidad y su insostenible posición de negociación obligaron a Dönitz a cumplir con las demandas de Eisenhower, pero no antes de que Alemania y la URSS adoptaran nuevas posturas sobre dónde y cómo rendirse.
Mientras la tinta de la rendición se secaba, los alemanes expresaron su consternación y negación de lo que habían hecho, viéndose a sí mismos como víctimas tanto de Hitler como de los aliados.


