¡Así Murió Congelado el Sexto Ejército Alemán en Stalingrado!

¡Así Murió Congelado el Sexto Ejército Alemán en Stalingrado!

El 2 de febrero de 1943, el Sexto Ejército Alemán, una fuerza de élite de 300. 000 hombres que había sembrado el terror en el corazón de la Unión Soviética, dejó de existir. No fue derrotado en una batalla campal, sino devorado lentamente por el frío, el hambre y la desesperación en las ruinas heladas de Stalingrado.

Lo que comenzó como una campaña de conquista relámpago se convirtió en una pesadilla de seis meses, un infierno de hormigón y acero donde la ambición de Hitler encontró su tumba.

El 25 de enero de 1943, una explosión sacudió los escombros de la ciudad, hiriendo de gravedad al general Friedrich Paulus, el comandante del ejército cercado. Desde Berlín, la orden del Führer era inequívoca: resistir hasta el último hombre y la última bala. Rendirse o retirarse era traición, castigada con la muerte.

Pero esa orden, dictada por el orgullo y la propaganda, selló el destino de decenas de miles de soldados que ya no tenían municiones, alimentos ni esperanza.

Mientras Paulus yacía herido, las fuerzas soviéticas de los ejércitos 21 y 62 apretaban el cerco, aislando a los alemanes en focos de resistencia cada vez más pequeños. El 28 de enero, acorralado y sin opciones, Paulus envió un mensaje desesperado a Hitler: “Que nuestro sacrificio sirva de ejemplo eterno para no rendirse jamás”. Pero el sacrificio ya era inútil.

El 30 de enero, coincidiendo con el décimo aniversario del ascenso nazi al poder, los soldados comprendieron que estaban solos. Nadie vendría a rescatarlos.

Hitler, en un gesto de macabro simbolismo, ascendió a Paulus a mariscal de campo, esperando que eligiera el suicidio antes que la rendición. Ningún mariscal de campo alemán se había rendido jamás. Pero Paulus desafió la historia.

El 2 de febrero, desde un sótano de un supermercado destruido, aceptó la rendición. Se convirtió en el primer mariscal de campo alemán capturado por el enemigo, un golpe propagandístico devastador para el Tercer Reich.

El panorama en el “Kessel”, el caldero del cerco, era apocalíptico. Soldados hambrientos, heridos, con fiebre tifoidea y congelados se arrastraban entre los escombros. El 90% de los edificios estaban destruidos, y el olor a descomposición cadavérica cubría la ciudad como una mortaja.

Cuando perdieron el último rastro de provisiones, la moral se desvaneció. Los soviéticos descendieron al subsuelo y ofrecieron la rendición. Paulus aceptó.

Pero la rendición de Paulus no detuvo la masacre de inmediato. Unidades aisladas continuaron luchando, recibiendo órdenes absurdas como “resistir hasta la última bala, es la voluntad de Dios”. El 2 de febrero, el general Carl Strecker, comandante del 11º Cuerpo, finalmente ordenó el cese del combate.

Su mensaje de rendición no terminó con el típico “Heil Hitler”, sino con un solemne “Viva Alemania”. Al mediodía, los ejércitos soviéticos 62, 65 y 66 lanzaron su ofensiva final. Los defensores, exhaustos, se rindieron en grupos o individualmente.

Algunos huyeron a la estepa; otros se escondieron en túneles. A principios de marzo, los últimos remanentes fueron eliminados.

La derrota no fue un accidente. Fue el resultado de la Operación Urano, un plan magistral del mariscal soviético Georgi Zhukov. Hitler y sus generales habían malinterpretado el campo de batalla, creyendo que el ataque soviético sería pequeño y fácil de contener.

En secreto, Zhukov y Vasilevski acumularon un millón de hombres, 13. 000 cañones y 894 tanques. El 19 de noviembre de 1942, lanzaron una ofensiva que copió las tácticas alemanas de blitzkrieg: avanzar rápido y profundo, ignorando los flancos.

En tres días, el cerco se cerró en Kalach. Los sitiadores alemanes se convirtieron en sitiados.

El precio fue colosal. Casi 2 millones de personas murieron, resultaron heridas o desaparecieron. De los 90.

000 soldados alemanes que se rindieron, solo unos 6. 000 regresaron a Alemania años después. Los demás perecieron en marchas forzadas hacia campos de prisioneros, donde el frío, el hambre y las enfermedades los diezmaron.

Los guardias soviéticos, sedientos de venganza, a menudo saqueaban a los prisioneros, cortándoles los dedos para quitarles los anillos. En el campo de Beketovka, la mitad de los 27. 000 reclusos murieron en cuatro meses.

Stalingrado marcó el principio del fin del Tercer Reich. La propaganda nazi ya no pudo ocultar la magnitud del desastre. Casi todos los alemanes conocían a alguien que había muerto allí.

El 18 de febrero de 1943, Goebbels pronunció su famoso discurso de la “Guerra Total”, admitiendo por primera vez que la guerra no iba bien. La confianza de los soldados alemanes quedó destruida. Ya no veían a los rusos como adversarios mediocres, sino como enemigos implacables.

Las últimas cartas desde Stalingrado, escritas por soldados condenados, revelan una verdad desgarradora. Un meteorólogo escribió: “A mi alrededor todo se derrumba. Un ejército entero muere.

Arden el día y la noche, y cuatro hombres se afanan en registrar la temperatura”. Otro, con las manos congeladas, confesó: “He perdido las manos. Me siento impotente”.

Un oficial, antes fanático de Hitler, escribió: “Si lo que nos prometieron no es cierto, Alemania está perdida”. Un soldado, en la víspera de Navidad, celebró una misa con pan duro como sacramento, sabiendo que era su última noche.

El general Walter von Seydlitz, que se atrevió a desafiar a Hitler, intentó rendirse y fue relevado del mando. Capturado, se unió al Comité Nacional por una Alemania Libre, intentando reclutar un ejército de prisioneros para derrocar a Hitler. La Gestapo lo condenó a muerte en ausencia, y su familia fue detenida.

Los soviéticos lo explotaron para propaganda, pero finalmente lo liberaron en 1955. Su odio a Hitler lo convirtió en un peón de ambos bandos.

Stalingrado fue más que una batalla; fue un punto de inflexión moral. El Ejército Rojo demostró que podía vencer a la maquinaria bélica alemana. La ciudad, reducida a escombros, se convirtió en un símbolo de resistencia.

Para la Unión Soviética, fue el principio del fin del terror nazi. Para Alemania, el inicio del colapso. Como dijo Churchill, fue el “principio del fin”.

Y para los 6. 000 prisioneros que finalmente regresaron a casa, fue una condena de por vida al recuerdo de un infierno helado donde un ejército entero murió congelado, esperando un rescate que nunca llegó.