Moscú, 5 de marzo de 1953. La muerte de Iósif Stalin, ocurrida hace apenas unas horas en su residencia de Kuntsevo, no ha hecho sino confirmar el espanto que su régimen sembró durante tres décadas. El “hombre de acero”, el arquitecto del terror soviético, ha fallecido tras una agonía de varios días, pero el verdadero horror de su legado apenas comienza a salir a la luz, un legado medido en millones de cadáveres, deportaciones masivas y un sistema de campos de concentración que devoró a su propia población.
Mientras el mundo contiene la respiración y los jerarcas del Kremlin se disputan el poder en las sombras, los testimonios y las cifras que emergen de los archivos y de los testimonios de los supervivientes dibujan una imagen mucho más oscura de lo que la propaganda soviética jamás permitió entrever. Stalin no solo fue un dictador, sino la maquinaria de un genocidio silencioso, un hombre que convirtió el dolor de una nación entera en el cimiento de su poder personal, empleando el hambre, la tortura y la muerte como herramientas de gobierno desde antes incluso de hacerse con el poder absoluto.
Su ascenso no fue un accidente de la historia. Ya en los albores de la década de 1920, tras la devastación de la guerra civil rusa, Iósif Vissariónovich Dzhugashvili maniobró con astucia en los pasillos del poder bolchevique. Su cargo de Secretario General del Comité Central, aparentemente burocrático, le otorgó el control directo de la estructura interna del partido, una posición estratégica que Vlaidimir Lenin, en su lecho de enfermedad y postrado por una apoplejía, observó con creciente alarma.
Mientras Lenin declinaba físicamente, Stalin consolidaba una red de lealtades y de espionaje, instalando a sus hombres en puestos clave y purgando, de manera discreta pero implacable, a cualquier cuadro que no se plegara a sus ambiciones.
Cuando Lenin murió en enero de 1924, la aterradora advertencia que el fundador de la URSS había dejado por escrito, instando a sus compañeros a apartar a Stalin de la Secretaría General por considerarlo “excesivamente brusco” e intolerable en un líder, fue ignorado por completo. Stalin no solo permaneció en su puesto, sino que mediante una alianza maquiavélica con Lev Kámenev y Grigori Zinóviev, logró orquestra la caída de su rival más temido, la de Trotz.
Con Trotzky exiliado y luego asesinado en México, Stalin se deshizo de sus antiguos aliados con la misma frialdad que de los enemigos. Los purgó a todos. Para 1930, el georgiano de origen humilde era el único dueño absoluto del mayor país del mundo, un poder que forjó a través de la sangre.
Fue entonces cuando el experimento soviético se convirtió en un holocausto planificado. La colectivización forzada de las tierras de cultivo en los años 30 del siglo XX fue el primero de los grandes desastres humanitarios. Los campesinos, conocidos como kuláks y considerados enemigos de clase, fueron objeto de una represión masiva, arresto y deportación.
Los hombres, mujeres y niños, hasta entonces la columna vertebral de la nación agraria, fueron abputados a colonias de concentración o ejecutados en masa. La resistencia campesina fue marcada con uno de los crímenes más atroces de la era: la hambruna planificada, el Holodomor.
Entre 1932 y 1934, un embargo cruel se cernió sobre Ucrania y otras regiones. Las cosechas fueron confiscadas para abastecer a las ciudades y a la exportación, el Ejército Rojo fue desplegada para disparar contra quien se acercase a los depósitos, incluso mujeres y niños. Fue una guerra de las élites contra el pan.
Nueve millones de personas murieron de inanición en Ucrania, Kazajistán y la región del Volga, una grande y deliberada masacre que utilizó el hambre como castigo colectivo y elemento de control. La muerte llegó en forma de hambruna, pero fue el látigo de Stalin el que dirigió esa plaga.
A este genocidio silencioso se sumó el “Gran Terror”. En 1937, tras el asesinato del gobernador de Leningrado, Serguéi Kirov, Stalin desató una cacería brutal contra su propia élite bolchevique. Casi un centenar de miembros del Comité Central fueron, junto a altos funcionarios, oficiales del ejército y gran parte de la intelectualidad.
Las alcusaciones de trotskismo, sabotaje y espionaje bastaban para conducir a la detención y al fusilamiento. Los métodos de la NKVD, la policía secreta dirigida por Nikolái Yezhov y posteriormente por Lavrenti Béria, se convirtieron en la herramienta definitiva para silenciar al imperio. Torturas arbitrarias, reparos.
física y psicológica. Stalin disfrutó de esta brimencia, creando un clima de imprevisibilidad absoluta donde la amistad de ayer se convertía en la traición de hoy, una forma extrema de sadismo no sexual, un dominio total sobre la mente y el cuerpo de las víctimas.
El sistema GULAG, la paré de campos de concentración soviéticos, fue el cuerpo de esta maquinaria mortal. Esparcido por los rincones más fríos y deshabitados de Siberia, como Kolimá o Magadán, hubo más de 400 centros de trabajo forzado. Donde las temperaturas de cuarenta y cinco grados bajo cero, donde la supervivencia era tan solo cuestión de tiempo.
Los prisioneros, esqueléticos y desnutridos, eran trabajados hasta la extenuación, con raciones de comida ajustadas a su rendimiento. Los cuerpos sin fuerzas eran abandonados en fosas colectivas, sin identificación, en los campos donde no había cámaras de gas, pero sí la indiferencia.
Aun así, el régimen no cesó su expansión. Con la administración de la Segunda Guerra Mundial, los campos no solo albergaron a opositores, sino a miles de prisioneros y desertores, una mano de obra esclava que se distribució para luchar en el frente. La cifra de muertos sobre la magnitud del sistema oscila entre un millón y medio y tres millones de personas, víctimas directas de la inanición, el cólera y la frialdad y la brutalidad de los guardias.
En este torbellino de fuego y hielo, el nombre de Alexander Solzhenitsyn y de Varlam Shalámov se erigen como narradores ferozes de esta debacle humana.
Ni siquiera el círculo más íntimo de Stalin se salvó. Su propio hijo, Yákov Dzhgashvili, capturado por los nazis en Smoli de 1941, no fue reclamado. El padre lo consideró un dios que se ha tomado y lo dejó librar a su suerte, se mostró indiferente cuando se desatar la represión sobre la esposa del prisionero y sus allegados.
De Yákov, no se supo nada más. Se cree que murió en el campo de concentración de Sachsen, en 1943. La historia no retrató un ser humano, sino un monstruo para quien ni la sangre servía como justificación.
La muerte final de Stalin, ocurrida la noche del 1 de marzo, desvela en últimos segundos la profunda paranoia incluso sobre sus verdugos. Sorprendido por un derrame cerebral en su residencia, se desplomó en su dormitorio. Sus guardias se lo hallaron cuando un guardia entrar a rodillas.
Cayó, durante horas, fue dejado agonizando. déjame, sin asistencia, durante horas.
El miedo seguía siendo imposible de actuar. Cuando el guardia Piotr Lozgachev final encontró al tirano tendido en el suelo, con el pantalón del pijama y sin fuerzas, pudo apenas hacer un sstando de risa. Fue trasladado a un sofá y se llamó a los jerarcas Malenkov, Beria, Bulguín y Jrushov, los más cercanos, que se repartieron los obsequios.
Ninguno, en 13 horas, quiso tomar la iniciativa de llamar a un check en privado. Esa indecisión fue la etapa final de una vida quien había sembrado el terror. Su médico personal, por cierto, había sido arrestado por Beria.
Si hubo una llamada telefónica, fue solo para delegar la responsabilidad.
Stalin murió sin emitir una sola palabra comprensible para quienes lo rodearon. Su hija, Svetlana, lo describiría después: “Abrió los ojos de repente, como si quisiera agarrarse a la vida, la tortura. Era una expresión bravía, con ira y terror frente a la muerte”.
La agonía duró hasta la noche anterior, el doctor lo diagnosticó con una hemorragia cerebral. “No puede mover el brazo y sus ojos están llorosos. Incluyendo el corazón.
El aliento se corta de pronto”, reportaron.
La vigésimo de marzo de 1953, la parálisis total de Stalin se profundizó. El corazón del sanguinario dictador dejó de latir a las 9. 50 de la noche.
Su muerte, sin embargo, fue discutida. La televisión soviética, fuertemente censurada, todavía no anunciaba nada de esencial. Pero en los barrios y las fábricas, corría la voz de que el padrecito está muy para importante.
Sin llanto masivo, la población se miró entre sí, primero con incredulidad y luego con un miedo vago. Solo un 5 de marzo, cuando el principal noticiero Moscú anunció la noticia, cantó una lágrima en la multitud. A ido a caer la figura absoluta que había conmocionado a la memoria, no del amor, sino del miedo.
En su haber queda una Unión Soviétic devastada, un Estado continente donde los ciudadanos fueron; elogios, pero siempre relacionados con la comunalidad y el peligro. Los sucesores no hesitaron en tensar la tierra. En la balanza de la muerte, Stalin no solo rivalizaba con Hitler en cantidad y latencia.
Esta dimensión perversa de un poder sin límites, base de la estranza, permite entender por qué la sociedad soviética se plegóon absoluta a la retractismo del terror. El culto al líder, la exigencia de laógicas y la puesta en escena publicitaria se impuso como una religión absoluta, tras Haití destruir el pasado. Stalin logró el unanimismo, para parodi e incluía la palabra “terror” en su ética, una condición sine qua non para la función del dictador.
La muerte del tirano no se convierte en un suceso histórico, sino en el punto de partida para saber si el mundo estaba preparado para escuchar esco abandonada de destino. Pero la memoria del revés continúa. La herida del GULAG estí abierta?


