Los Juicios De Núremberg Desde La Perspectiva Alemana | Documental

Los Juicios De Núremberg Desde La Perspectiva Alemana | Documental

El 20 de noviembre de 1945, a las 10:15 de la mañana, una mañana fría y gris en la que los álamos del Palacio de Justicia de Núremberg se inclinaban ante un viento del norte, veinte hombres bajaron en un ascensor desde la prisión contigua hasta la sala 600. Habían gobernado Europa durante doce años, habían iniciado una guerra que mató a sesenta millones de personas y habían ordenado el exterminio sistemático de otros seis millones. Esa mañana se sentaron en un banquillo de madera frente a ocho jueces de cuatro países distintos y escucharon cómo se leían los cargos contra ellos.

Nunca antes había ocurrido algo así. Que los líderes de un estado fueran juzgados públicamente por los crímenes cometidos en nombre de ese estado era una idea sin precedentes en el derecho internacional.

Winston Churchill quería fusilarlos sin juicio. Stalin había propuesto en Teherán la ejecución sumaria de cincuenta mil oficiales alemanes. El juez americano Robert H.

Jackson, que organizó la acusación, impuso el proceso con un argumento que escandalizó a media profesión jurídica: si la civilización no era capaz de responder a estos crímenes con la ley, no sobreviviría a su repetición. Había un problema técnico. No existía ninguna norma anterior que tipificara como delito la guerra de agresión ni el exterminio de una población civil.

Jackson lo resolvió de un modo radical. Las normas se crearían durante el propio proceso, a partir de los principios generales de la moral internacional. Cuatro naciones juzgarían en nombre de toda la humanidad.

Para llegar a ese banquillo había que atraparlos primero. Y para atraparlos, alguien tenía que tener la jaula preparada antes de que terminara la guerra. Ese alguien era el coronel Burton C.

Andrus. El 2 de octubre de 1944, a las diez de la mañana, un convoy de jeeps militares americanos entró en Mondorf-les-Bains, un pueblo de cien habitantes en el sur de Luxemburgo, recién liberado por las fuerzas aliadas apenas semanas antes. Del vehículo de cabeza bajó un coronel de caballería con un casco de color verde brillante, un tono que nadie había visto jamás en las secciones del frente.

Se llamaba Burton C. Andrus. Tenía bigotes de sudamericano y sus ojos grises se escondían tras gruesas gafas oscuras.

En la mano llevaba un folleto con dos nombres anotados: el Hotel International y el Hotel Palace.

Inspeccionó el primero a pie. Estaba encajonado entre casas viejas que dejaban apenas un callejón libre en torno a la fachada. Poca visibilidad, pocas líneas de fuego, demasiados ángulos muertos.

Negó con la cabeza, volvió al jeep. La pequeña columna giró a la izquierda y avanzó por la avenida María de Laid, hasta que detrás de un grupo de hayas viejas y un jardín algo descuidado apareció un imponente edificio color ocre de cuatro plantas. Era el Palace, un hotel de lujo con cincuenta habitaciones, propiedad de un comerciante de Colonia.

Andrus lo rodeó a pie, lo examinó desde todos los ángulos, calculó distancias y campos de visión, y lo decidió en segundos. Aquella visita no era una inspección hotelera; era la fundación de la primera prisión concebida para contener a los hombres más peligrosos del mundo.

En ese momento, el 2 de octubre de 1944, las vanguardias americanas apenas habían rebasado en cuarenta y cinco kilómetros la Línea Sigfrido, la cadena de fortificaciones alemanas que discurría al norte de Tréveris. Berlín quedaba a más de seiscientos kilómetros con docenas de batallas y decenas de miles de muertos por delante. La guerra tenía aún siete meses de vida, pero el coronel Andrus no esperó.

Era, según los propios registros del ejército americano, el oficial más obstinado de toda la institución y había comprendido antes que nadie una cosa: si se quería juzgar a los líderes del Tercer Reich, había que tener el lugar preparado antes de capturarlos, no después. La operación recibió el nombre en clave de Operación Mondorf y fue envuelta en el más riguroso secreto.

El nombre del pueblo desapareció de escritos, periódicos y comunicaciones militares. En toda la zona se impuso toque de queda desde las siete de la tarde hasta las siete de la mañana. Quien fuera sorprendido con una cámara fotográfica era detenido y sometido a Tribunal Militar.

Controles permanentes impedían el acceso a cualquier curioso. Mondorf-les-Bains dejó de existir en los mapas. Su única identidad era una sigla militar: APO 513 US Army.

Andrus movilizó un batallón entero del cuerpo de ingenieros y distribuyó a sus hombres en cuatro hoteles del pueblo. Él y la Compañía A en el Terminus, la Compañía B en el Grand-Chef, la C en el Bristol, la D en el Windsor. El Palace quedaba para los futuros prisioneros y en él Andrus volcó toda su meticulosidad.

El cristalero local Silver Linster fue contratado para reparar todas las ventanas que los combates recientes habían roto. Un grupo de herreros y albañiles cerró cada hueco, cada ventilación, cada apertura con barrotes de hierro macizo. Alrededor del hotel se levantó un doble recinto de postes y alambre de espino.

Cuatro torretas, dos en la fachada y dos en los flancos, albergarían cada una una sección de ametralladoras. Los ingenieros emplazaron reflectores eléctricos de modo que el edificio entero quedara permanentemente bañado de luz durante la noche. Sobre el techo instalaron una potente alarma eléctrica y, finalmente, para que nada de aquello fuera visible desde el exterior, cubrieron los postes y el alambre con lonas de camuflaje.

El trabajo completo estuvo terminado en menos de seis días. Andrus tenía su prisión, pero su primer prisionero no llegaría hasta la primavera siguiente.

El 7 de mayo de 1945, Alemania firmó su rendición incondicional en Reims. Tres días después, el 10 de mayo, el Feldmarschall Wilhelm Keitel repitió la firma en Berlín ante los representantes soviéticos. La guerra en Europa había terminado.

Las listas de búsqueda elaboradas por los servicios de contraespionaje aliados, con fotografías y fichas de datos de cada objetivo, pasaron de ser un ejercicio de planificación a una orden de operaciones activa. Pero dos de los nombres que debían ocupar los asientos de mayor relevancia en el futuro banquillo ya no existían. Adolf Hitler había muerto el 30 de abril de 1945 en el búnker de la cancillería de Berlín.

Joseph Goebbels, ministro de propaganda del Reich, cayó al día siguiente junto a su esposa. Los soviéticos presentaron el cadáver carbonizado de Goebbels como prueba fotográfica. De Hitler no hubo cadáver verificable durante décadas.

Dos nombres de la lista, sin embargo, ya estaban en manos aliadas antes de que terminara la guerra. Rudolf Hess, el antiguo número dos del partido nazi, llevaba cuatro años como prisionero en Gran Bretaña desde aquel vuelo solitario del 10 de mayo de 1941, en el que aterrizó en Escocia para lo que él describía como una misión de paz personal. Hitler, al enterarse, dictaminó que Hess estaba loco.

La misión no sirvió para nada. Hess permaneció bajo custodia británica en distintas instalaciones hasta el 8 de octubre de 1945, cuando fue trasladado en avión a Núremberg. Hans Fritzsche, comentarista oficial de Radio Berlín y voz reconocible por millones de alemanes, se entregó el 2 de mayo de 1945 al cuartel general del mariscal soviético Georgi Zhukov para ofrecer formalmente la rendición de la capital.

La rendición ya había sido firmada por el general Helmuth Weidling, pero Fritzsche no lo sabía o no importaba. Fue enviado en avión a la prisión Lubianka de Moscú, donde permaneció hasta ser trasladado a Núremberg.

Los demás estaban en algún lugar de la Alemania que se desmoronaba, mezclados con millones de prisioneros y desplazados. Encontrar a un individuo específico en aquel caos era una empresa extraordinariamente difícil, pero los servicios aliados habían estado preparando las listas durante años y en la primavera de 1945 disponían de fotografías, registros de voz, descripciones físicas detalladas y redes de informantes. El primero de importancia en caer fue Franz von Papen.

Von Papen, ex canciller de Alemania entre junio y noviembre de 1932 y uno de los políticos conservadores que habían facilitado el ascenso de Hitler al poder convenciéndose a sí mismos de que podrían controlarlo, se había refugiado en el Ruhr con su familia cuando el Noveno Ejército americano avanzó por esa región. Eligió no el castillo del conde Max Bonstock Haus en su yerno, sino una cabaña en medio del bosque cercano.

El 1 de abril de 1945, domingo de Pascua, una patrulla de policía militar americana descubrió el refugio. Un sargento entró pistola en mano y detuvo a todos los presentes. Von Papen mostró sus documentos.

La respuesta fue categórica: “Guárdelos. Usted es un prisionero como los demás”. Von Papen protestó que no era soldado, que tenía más de sesenta y cinco años.

“Eso a mí no me importa”, respondió el sargento. El 6 de mayo, los franceses localizaron al barón Constantin von Neurath en su zona de ocupación. Von Neurath había sido el primer ministro de exteriores nazi, cargo que ocupó de 1932 a 1938 antes de ser reemplazado por von Ribbentrop, y luego protector del Reich en Bohemia y Moravia, donde supervisó la represión de la resistencia checa.

Ese mismo 6 de mayo, los americanos encontraron a Hans Frank en Berchtesgaden, confundido entre aproximadamente dos mil prisioneros que los oficiales del Séptimo Ejército estadounidense trataban afanosamente de identificar y catalogar.

Frank había sido el gobernador general de Polonia ocupada desde octubre de 1939, responsable directo de las políticas que diezmaron la población judía y polaca del país. Su apodo entre la resistencia era “el verdugo de Varsovia”. Hacia las once de la noche, el capitán Gordon James Broadhead, jefe de la administración militar de la zona, fue despertado por una llamada telefónica.

Un hombre que decía llamarse Hans Frank había intentado quitarse de en medio. Broadhead intervino personalmente y organizó los primeros auxilios. Frank sobrevivió, pero su mano izquierda quedó con una parálisis parcial permanente.

Al día siguiente, el 7 de mayo, una patrulla del Quinto Ejército americano encontró cerca de Múnich a Wilhelm Frick, que había sido el primer ministro del interior nazi, el hombre que firmó las Leyes de Núremberg de 1935 que despojaron a los judíos alemanes de su ciudadanía, y luego protector del Reich en Bohemia y Moravia en sustitución del propio von Neurath.

Una sección británica capturó ese mismo día a Fritz Saukel, el plenipotenciario general para el trabajo en Alemania, el hombre que había organizado el reclutamiento forzado y la deportación de aproximadamente ocho millones de trabajadores procedentes de toda la Europa ocupada para ser empleados en las fábricas del Reich. Y una lancha de vigilancia costera de la Marina Real Canadiense interceptó en el Mar del Norte a Arthur Seyss-Inquart, comisario del Reich para los Países Bajos, que iba a bordo de una lancha torpedera intentando llegar a Holanda y que acababa de reunirse con Dönitz en Flensburg antes de emprender la huida. El 9 de mayo le llegó el turno a Hermann Göring.

El mariscal del Reich, en pleno Tirol austríaco, había enviado por delante a su ayudante, el coronel Bernhard von Brauchitsch, hacia las posiciones de la 36 División Americana para anunciar que Göring deseaba rendirse personalmente y hablar directamente con el general Eisenhower.

La idea era presentarse no como prisionero, sino como interlocutor político. Estaba convencido de que los americanos lo necesitarían para negociar con lo que quedaba de Alemania, que tenía un papel que jugar. Se rindió finalmente ante el general de brigada Robert H.

Stack en Kitzbühel. Lo que llevaba consigo era un inventario de los excesos de una vida construida sobre el saqueo: una cantidad considerable de estupefacientes. Llevaba años adicto a la dihidrocodeína, un opioide sintético, un neceser con cremas y lociones para cara y manos, pijamas de seda, cuatro relojes, grandes anillos adornados con rubíes, esmeraldas y diamantes, una esmeralda sin engarzar que usaba como amuleto personal y una pitillera de oro.

Sobre el pecho llevaba colgadas doce medallas que le fueron retiradas en cuanto llegó a la base aliada en Kitzbühel. Le quitaron también la pistola que portaba. Göring se la entregó con un gesto de ceremonia, como si de algún modo siguiera teniendo autoridad para decidir cuándo y cómo cedía sus armas.

El 10 de mayo fue el turno de Hjalmar Horace Greeley Schacht, expresidente del Reichsbank y exministro de Economía, el financiero que había diseñado el mecanismo de rearme encubierto del Reich en los años treinta. Su captura fue, en comparación, casi cómica. Lo encontraron en un camión viajando en un grupo de expresos políticos franceses que acababan de ser liberados de un campo de detención alemán.

Los expresidentes del Consejo franceses Édouard Herriot, Léon Blum y Paul Reynaud compartían vehículo con el general Maurice Gamelin y el exregente húngaro almirante Miklós Horthy. Schacht, uno de los arquitectos del estado nazi, llegó a manos americanas junto a sus propias víctimas. El 1 de mayo, los soviéticos habían descubierto en Berlín al ministro de Economía del Reich, Walter Funk, ocultándose entre el personal de la embajada japonesa en la ciudad.

Funk, que había reemplazado a Schacht en el Reichsbank en 1939 y había sido informado de que los metales preciosos, divisas y otros objetos de valor robados a las víctimas de los campos de concentración eran depositados en el banco bajo su gestión, pretendía que la neutralidad diplomática japonesa lo protegería. No lo protegió.

El 12 de mayo, a las 11:30 de la mañana, el mayor general americano Lowell Rooks convocó al Feldmarschall Wilhelm Keitel a bordo del antiguo buque de pasajeros Patria, anclado en el fiordo de Flensburg, en el extremo norte de Alemania. Rooks le concedió hora y media para prepararse. Podía llevar a su ayudante personal y un equipaje cuyo peso total no superara los ciento cincuenta kilos.

Keitel llegó al aeródromo de Flensburg en su coche particular acompañado por el general alemán Dea Lsen. Al subir al avión militar británico que lo esperaba, saludó a los presentes agitando su bastón de mariscal de campo incrustado de brillantes. Era el símbolo de la más alta graduación militar alemana.

Su carrera como oficial de la Wehrmacht terminó en ese gesto. Después de la captura de Keitel transcurrieron tres días sin novedades. Los demás parecían haberse esfumado.

El 15 de mayo las capturas se reanudaron. El primero de ese día fue Ernst Kaltenbrunner, jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich, la institución que englobaba la Gestapo, el SD, las policías de seguridad y todos los aparatos de represión e inteligencia del Estado nazi. Kaltenbrunner había reemplazado a Reinhard Heydrich tras el asesinato de este en Praga en junio de 1942.

Era, en la cadena de mando del terror nazi, el hombre más directamente responsable del funcionamiento de los campos de exterminio después de Himmler. Medía casi dos metros. Tenía la cara marcada por las cicatrices de sus duelos estudiantiles en Austria y era, según la descripción del historiador John Wheeler-Bennett, un hombre con aspecto de cara de caballo y dos manos de estrangulador.

Kaltenbrunner se había escondido en Altaussee, una pequeña localidad del Salzkammergut austríaco, a unos cuarenta kilómetros de Salzburgo, célebre antes de la guerra por sus minas de sal y su paisaje alpino.

Allí, en el hotel Amsy, reconvertido en hospital de las SS, planeaba someterse a una operación de cirugía estética para cambiar sus rasgos más reconocibles, pero en el último momento le entró el miedo de ser identificado sobre la mesa de operaciones, inconsciente y a merced de quien lo estuviera operando. Una noche huyó al bosque, como von Papen antes que él. Alguien de la zona lo reconoció y lo delató a las autoridades aliadas para ganarse el favor de los ocupantes.

Fue arrestado sin resistencia. Ese mismo 15 de mayo, campesinos de un pueblo al sur de Berchtesgaden indicaron al mando de la 101 División Aerotransportada americana que el Dr. Robert Ley, jefe del Deutsche Arbeitsfront, el sindicato unificado del Reich que había absorbido por la fuerza a todos los sindicatos independientes alemanes en 1933, se encontraba en una casita aislada.

Ley había sido uno de los miembros más cercanos al círculo íntimo de Hitler durante toda la trayectoria del nazismo y, en su testamento político, el propio Führer lo había confirmado como jefe del Frente del Trabajo.

Los soldados de la 101 encontraron a un hombre anciano sentado en la cama, con barba sin afeitar, temblando, enfundado en un pijama azul. “¿Es usted el doctor Ley?” , preguntó el jefe de la patrulla.

“No se equivoca. Yo soy el doctor Ernst Distel”. “De acuerdo, es lo mismo.

Venga conmigo”. En el puesto de mando de la división, el hombre negó obstinadamente. Los americanos, que llevaban meses buscándolo, hicieron entrar en la habitación a un anciano de casi ochenta años llamado Franz Xaver Schwarz, tesorero general del Partido Nacional Socialista desde 1925, detenido días antes.

Al ver al hombre en pijama, Schwarz no pudo contener la sorpresa: “Mira, si también está aquí el Dr. Ley”. El jerarca se rindió ante la evidencia.

“Han ganado”, dijo de mal humor. El mismo día, en Flensburg, un grupo de búsqueda británico inspeccionó el hospital de la Marina Alemana revisando paciente por paciente. Encontraron en cama, con un esguince de clavícula, al filósofo oficial del nazismo, Alfred Rosenberg.

Autor de “El mito del siglo XX”, el texto pseudofilosófico que pretendía dar sustento intelectual a la ideología racial nazi, Rosenberg había sido también el responsable del saqueo sistemático del patrimonio artístico y cultural de los territorios ocupados en el este y la principal figura administrativa de los territorios ocupados soviéticos. El comandante Cugan del ejército americano, encargado de revisar los documentos nazis confiscados, lo describiría después: “Lo que encontramos en sus diarios y correspondencia era suficiente por sí solo para mandarlo a la horca. Demostraba su responsabilidad directa en la matanza de millones de judíos y deportados”.

Al día siguiente, el 16 de mayo, en la misma Flensburg, los británicos arrestaron al gran almirante Karl Dönitz, al general Alfred Jodl y al ministro de armamentos, Albert Speer. Los tres habían formado parte del gabinete del gobierno fantasma que Dönitz había presidido en los últimos días del Reich, convocando reuniones diarias en un buque en el fiordo de Flensburg, sin tener ya ningún poder real sobre nada.

Dönitz había preparado doce maletas para el traslado. Solo le permitieron llevarse una. Mientras lo escoltaban por la calle hacia el vehículo que lo llevaría al aeródromo, soldados y marineros alemanes que lo veían pasar se cuadraban y lo saludaban.

Dönitz respondía con la cabeza erguida. Era el último acto de una autoridad que ya no existía. Casi a la misma hora en que Kaltenbrunner caía en manos americanas en Austria, a más de mil kilómetros hacia el norte, en las afueras de Bremen, una patrulla británica de rutina detuvo en un control a un hombre de aspecto ordinario, con la cabeza rapada y un parche en el ojo.

El hombre presentó documentos a nombre de Heinrich Hitzinger, un agente de campo de seguridad. El nombre no aparecía en ninguna lista, pero algo en aquel hombre detuvo al oficial británico. Fue conducido para interrogatorio.

Era Heinrich Himmler, el jefe de las SS, el artífice del Holocausto, el hombre que había supervisado el asesinato industrial de seis millones de judíos y millones de eslavos, gitanos, prisioneros de guerra soviéticos y opositores políticos.

Había intentado en vano incorporarse al gobierno de Dönitz. Al final de la guerra, Dönitz lo rechazó. Himmler había pedido también que se lo nombrara negociador con los aliados.

También fue rechazado. Disfrazado como un simple soldado, con documentos falsos y un parche que ocultaba el ojo izquierdo, intentaba cruzar las líneas aliadas y desaparecer en la Alemania de la posguerra. Durante el interrogatorio, antes de que los británicos pudieran extraer información de valor, Himmler mordió una cápsula que llevaba escondida entre los molares.

La cápsula había sobrevivido a los registros corporales porque Himmler la había ocultado en una cavidad dental específicamente preparada para ello. Murió en minutos. Su cuerpo permaneció dos días en el suelo de la habitación donde murió, en una casa requisada cerca de Luneburgo, sin ataúd, sin lápida, sin nombre grabado en ningún lugar.

Fue enterrado en una fosa cavada en una colina boscosa. Ninguno de los presentes habló durante el entierro. Al terminar, un soldado británico rompió el silencio con una frase en inglés: “Let the worm go to the worms”, que el gusano vuelva a los gusanos.

La búsqueda continuaba. Faltaban tres nombres importantes: Joachim von Ribbentrop, ministro de exteriores; Baldur von Schirach, jefe de las Juventudes Hitlerianas durante una década; y el gran almirante Erich Raeder, predecesor de Dönitz al mando de la Kriegsmarine. Moscú protestaba por el retraso.

Stalin llegó a acusar formalmente a los angloamericanos de sabotaje deliberado para proteger a los fugitivos. Von Schirach resultó ser el más curioso de resolver. Se había dejado crecer el bigote, se había procurado documentos falsos a nombre de Arthur Falk y se había refugiado en la ciudad tirolesa de Schwaz, junto a Innsbruck.

Conocía algo de inglés y se ofreció como intérprete voluntario a los americanos de la zona. De día trabajaba con ellos, traduciendo, facilitando la comunicación con la población local. De noche, en su habitación, escribía sus memorias en un diario grueso que había camuflado bajo el título “El secreto de Myrna Loy”, tomando prestado el nombre de la actriz americana de moda.

Era una ocultación que decía mucho sobre el estado de su mente. Rodeado de americanos, fingía ser uno más mientras escribía para la posteridad. Pero cuando llegó la información de que todos los jefes de la Hitlerjugend habían sido detenidos y que incluso jóvenes militantes de las juventudes habían sido encarcelados, algo se quebró en él.

Él había sido el jefe. Él les había dado una ideología, los había formado, los había enviado a morir y ahora se escondía. El 5 de junio de 1945 se presentó voluntariamente al comandante americano del Tirol.

Von Ribbentrop fue traicionado por el champán. Desde el 20 de abril de 1945, el exministro de exteriores vivía en el quinto piso de un edificio modesto en Hamburgo, bajo el nombre falso de Riese, en el apartamento de una mujer divorciada de treinta y cinco años, de cuya identidad los registros no conservan el nombre. Llevaba casi dos meses sin que nadie lo hubiera reconocido.

Pero en su juventud, antes de entrar en política, von Ribbentrop había trabajado como agente de ventas de una empresa de importación de vinos en Alemania y Canadá, donde ejerció también como empleado de coches cama. Ese conocimiento enológico acumulado durante años resultó ser la grieta en su cobertura. Un día entró en una taberna y comenzó a disertar con tal erudición y entusiasmo sobre las variedades de champán francés y sus métodos de elaboración, que el propietario del local levantó sospechas y avisó a la policía británica.

Nadie que fuera simplemente Riese hablaba así del vino. Al amanecer del 14 de junio de 1945, cuatro soldados y un subteniente inglés entraron en el apartamento. Von Ribbentrop llevaba puesto un pijama de rayas rojas y blancas.

Se mostró visiblemente incómodo por la presencia de la mujer durante el registro. En el cacheo le encontraron pegada a la piel del abdomen, fijada con esparadrapo, una cápsula de cianuro de potasio. También entregó tres cartas que llevaba escritas dirigidas al mariscal Bernard Montgomery, al ministro de exteriores Anthony Eden y al primer ministro Winston Churchill.

En el sobre de la carta a Churchill había un error que los investigadores británicos encontraron revelador. El hombre que había sido embajador en Londres entre 1936 y 1938, que había conocido personalmente a Churchill en numerosas ocasiones, había escrito “Vincent Churchill” en lugar de “Winston”.

El último en ser capturado fue Erich Raeder. Los soviéticos habían protestado tanto por el retraso en su localización que los servicios angloamericanos empezaron a sospechar que Moscú lo estaba ocultando deliberadamente para tenerlo como moneda de cambio en las negociaciones de posguerra. La realidad resultó ser mucho más banal.

Raeder vivía tranquilamente con su esposa en el sector soviético de Berlín, en su domicilio habitual, sin disfraz, sin documentos falsos, sin haberse movido de donde siempre había vivido. Los propios soviéticos sencillamente no lo habían buscado allí. El 23 de junio de 1945, casi dos meses completos después de la capitulación alemana, seis oficiales del Ejército Rojo se presentaron en su casa, lo arrestaron y lo deportaron junto a su esposa a Moscú, donde fue mantenido aislado en una prisión durante quince días antes de ser trasladado eventualmente a Núremberg.

El aeródromo de la capital del Gran Ducado de Luxemburgo tenía cada vez más tráfico. Aviones aliados llegaban y partían noche y día. El sábado 12 de mayo llegó el Feldmarschall Keitel.

El primero de todos había sido Arthur Seyss-Inquart, trasladado directamente desde Flensburg. Y después, a lo largo de las semanas siguientes, uno a uno, en coche o camión, escoltado siempre por jeeps con ametralladoras en los laterales, todos los jerarcas capturados recorrieron la carretera estrecha y llena de curvas que lleva a Mondorf-les-Bains. En las cuatro, en la Europa destruida, aquel hotel era una anomalía que perturbaba a quienes lo conocían.

Tenía luz eléctrica, agua corriente caliente y fría, ascensores que funcionaban, manteles blancos en las mesas, sábanas y pijamas que se renovaban diariamente, lámparas en las mesillas de noche y un parque arbolado para pasear. El capitán médico Clint E. Miller había montado consultorios con equipamiento suficiente para una intervención quirúrgica de urgencia.

En todo Luxemburgo no había instalación médica comparable. Los prisioneros eran visitados regularmente por los médicos y sometidos a múltiples interrogatorios. Pero en el intervalo, cualquier observador externo podría confundir aquello con un balneario.

Los huéspedes eran llamados “M” por los soldados americanos. Comían en la planta baja, en un gran comedor, servidos por seis camareros alemanes con chaqueta blanca: Joseph Jackes, Theodor Kema, Wilhelm Girlish, Joseph Mayer, Otto Henke y Bernhard Jansen, todos ellos prisioneros de guerra seleccionados por el coronel Andrus por su fiabilidad. En las torretas había ametralladoras cargadas.

Por la noche, los reflectores iluminaban sin pausa cada rincón del jardín y la fachada entera del Palace, y el doble recinto de alambre de espino cubierto por lonas de camuflaje seguía en pie, invisible desde la calle. A Göring, que llegó el 21 de mayo, se le asignó la habitación más grande del edificio, en el tercer piso. Los seis camareros alemanes se alojaban directamente en el piso de arriba.

“Dormimos encima del gobierno”, comentaban entre sí con ironía genuina. Dönitz tenía una habitación contigua a la de Göring; von Ribbentrop, una muy pequeña en el piso superior. El único que no convivía con los demás era Franz von Papen, alojado, por razones que el coronel Andrus nunca explicó, en el hotel Hemeridinger, a cierta distancia del Palace.

Cada prisionero tenía asignado un guardián personal que lo seguía discretamente. El de Göring era un sargento de origen griego al que todos llamaban Phil. El mariscal del Reich fue sometido de inmediato a una rigurosa desintoxicación de los opiáceos.

Llevaba años tomando dosis masivas de dihidrocodeína, un analgésico sintético que le habían recetado inicialmente después de que en 1923 fuera herido de gravedad durante el fallido Putsch de la Cervecería de Múnich y cuya dependencia fue creciendo hasta consumir veinte pastillas o más al día. En pocas semanas adelgazó notablemente y recuperó agilidad. Empezó a fumar gruesos cigarros Wolf fabricados en Hamburgo que con frecuencia regalaba a su guardián Phil.

Durante una inspección rutinaria a su habitación se descubrió una cápsula de cianuro de potasio que le fue confiscada. Andrus sabía que el mariscal tenía más escondidas en algún lugar de su persona o del cuarto. Nunca logró encontrarlas todas.

La vida del Palace estaba gobernada por un código de timbres instalados en los techos de pasillos y habitaciones. Un toque por la mañana para levantarse, dos para el aseo personal, tres para bajar al desayuno en la planta baja. A mediodía y por la noche, dos timbres para prepararse, tres para bajar al comedor.

Un timbre largo y sostenido después del anochecer era el toque de queda. Todas las luces de las habitaciones debían apagarse mientras los reflectores exteriores se encendían al máximo. Los prisioneros daban largos paseos por el parque durante las horas permitidas, agrupándose naturalmente por afinidades o por la necesidad de no estar solos.

Göring, cada vez más delgado y más lúcido conforme avanzaba la desintoxicación, fumaba y no disimulaba su irritación: “No comprendo por qué se me tiene aquí cuando hay tanto que hacer en Alemania”. Dönitz protestaba que lo querían procesar simplemente por haber asumido la jefatura del estado en el momento del hundimiento, cuando nadie más quería cargar con aquella responsabilidad. Von Ribbentrop, Baldur von Schirach y otros discutían animadamente, a veces incluso riendo, mientras los americanos los observaban sin intervenir.

Hjalmar Schacht, el banquero de mayor coeficiente intelectual del grupo, 143 puntos según las pruebas administradas durante su detención, se negaba a mezclarse con la mayoría de sus compañeros. Distinguía entre quienes consideraba caballeros, como von Papen y von Neurath, con quienes sí deseaba relacionarse, y el resto, a quienes describía sin ambajes como delincuentes. Procuraba tener el menor contacto posible con el grupo mayoritario.

El 28 de julio de 1945, durante un violento temporal que sacudió Mondorf-les-Bains, Göring empezó a sudar de forma intensa y se desvaneció en su habitación. Su pulso era apenas perceptible. El médico, llamado de urgencia, creyó por un momento que el mariscal podía morir allí mismo.

La desintoxicación acelerada había debilitado profundamente un organismo que durante años había dependido de los opiáceos para funcionar. Göring se recuperó tras varias inyecciones. El médico le redujo la ración diaria de cigarros de veinte a doce y le prescribió reposo.

El 10 de agosto llegó la noticia de Hiroshima. El teniente coronel Owen se la comunicó personalmente a Göring. La primera reacción del mariscal fue categórica: “No lo creo”.

El oficial le tendió el número del periódico Stars and Stripes con los detalles del bombardeo. Göring leyó en silencio y murmuró: “Es algo formidable, pero no quiero meterme en estos problemas. Estoy a punto de desaparecer de este mundo”.

Dönitz, que escuchaba la conversación, comentó que Alemania también había trabajado en el problema atómico, pero que le habían faltado los materiales necesarios, y añadió que le entraba un escalofrío al pensar que los americanos habrían podido lanzar esa bomba sobre Alemania. Von Ribbentrop, presente también, dijo: “Es una revolución. Ahora nadie será tan estúpido como para empezar otra guerra”.

Luego, Dönitz tomó el periódico y lo tradujo del inglés en voz alta para los que no entendían el idioma. Los demás escucharon en silencio. Dos días después, el grupo de detenidos salió a los balcones y terrazas del Palace con el torso desnudo a tomar el sol como cualquier tarde.

En pocas semanas llevaban todos la piel bronceada. Ninguno de ellos parecía comprender o querer comprender lo que se estaba preparando a trescientos cincuenta kilómetros de distancia.

El traumático paso de un poder que en sus intenciones debía haber durado mil años a una prisión de hotel no había atenuado en lo más mínimo el carácter de estos hombres. Los Feldmarschall Keitel, Jodl y otros altos mandos militares presentaron quejas formales al coronel Andrus porque consideraban indigno tener que ocuparse personalmente de la limpieza de sus propias celdas. Apelaron a la Convención de Ginebra.

Andrus respondió por escrito recordándoles que un grupo de oficiales americanos prisioneros en campos nazis había pedido simplemente que los fusilaran en lugar de torturarlos, y que el comandante del campo había respondido con una sola orden: “Latigazos, más latigazos”. Keitel, en particular, parecía haber olvidado que cuando le señalaron que sus órdenes de ejecutar a pilotos ingleses que se habían escapado de un campo de prisioneros violaban el derecho internacional, su respuesta había sido “escupo en él”. La Europa que estos hombres habían construido se estaba desmoronando a su alrededor y ellos pedían sábanas limpias.

No todos los jerarcas llegaron intactos al banquillo. El comandante americano de la 101 División Aerotransportada, el general Blit, circulaba por los alrededores de Berchtesgaden cuando tuvo que detenerse en una carretera donde un anciano pintaba con su paleta y su caballete. El comandante lo saludó.

El hombre de larga barba blanca devolvió el saludo, pero algo en aquel rostro le resultó conocido. Había visto esa fotografía en todas las dependencias aliadas. “Se parece usted a Julius Streicher, ¿sabe?”

, dijo Blit de repente. El viejo palideció. “¿Me conoce?”

Streicher fue detenido allí mismo. Pidió permiso para cambiarse los zapatos antes de partir. Era el hombre que durante décadas había dirigido el periódico antisemita Der Stürmer, el que había publicado en portada caricaturas de judíos devorando niños cristianos, el que había incitado desde las páginas impresas al exterminio sistemático con una constancia que sus propios correligionarios encontraban embarazosa.

Retirado de su cargo de Gauleiter de Franconia en 1940 por escándalos de corrupción y conducta depravada que el propio Hitler consideró inaceptables, había pasado los últimos años de la guerra en su finca de Pleikershof, pintando acuarelas y escribiendo memorias que nadie publicaría. Ahí lo encontraron.

El caso de Gustav Krupp von Bohlen und Halbach, el rey del acero y los cañones, fue diferente. El fiscal jefe americano Robert Jackson había exigido desde el principio que un representante de la industria pesada alemana sentara en el banquillo. Krupp era el nombre obvio.

Su empresa había fabricado los cañones del Káiser en la Primera Guerra Mundial, había financiado en parte el ascenso del nazismo y durante la segunda conflagración sus fábricas habían funcionado con decenas de miles de trabajadores esclavos procedentes de los campos de concentración, incluidos prisioneros de Auschwitz, transferidos específicamente para trabajar en sus instalaciones de Essen. Jackson describió el crecimiento del imperio Krupp ante el tribunal con cifras precisas. En 1935, el activo neto de la empresa era de cincuenta y siete millones de marcos.

En 1941 había ascendido a ciento once millones. El valor de sus fábricas, calculado en setenta y seis millones en 1937, llegó a doscientos treinta y siete millones en 1943. Era el enriquecimiento de quien había apostado por el régimen correcto en el momento correcto.

Pero Krupp no estaba en condiciones de escuchar aquellas cifras. En 1944 había sufrido una apoplejía que le paralizó medio cuerpo. En noviembre de ese año, en el parque de su castillo de Blühnbach en Austria, se cayó.

El coche que lo llevaba a toda velocidad a la clínica frenó bruscamente para evitar un choque y Krupp se golpeó la frente y la nariz contra una barra de hierro del vehículo. Desde entonces fue deteriorándose.

Seis médicos aliados, uno británico, uno americano, uno francés y tres soviéticos, fueron en verano de 1945 a examinarlo al hotel donde su mujer Berta lo tenía internado. Encontraron a un hombre pálido como pergamino, casi en los huesos, con los ojos hundidos. Solo articulaba un gutural “Guten Tag” y cuando algo le molestaba, un murmurado “Donnerwetter”.

No conseguía incorporarse ni sentarse en la cama. Soportó pasivamente todos los exámenes sin pronunciar palabra. Los médicos firmaron un certificado unánime: Gustav Krupp no comparecería jamás ante ningún tribunal.

El presidente del tribunal, Lord Jeffrey Lawrence, leyó en la sala un documento que había encontrado en el expediente, una carta fechada el 24 de julio de 1942, dirigida por Krupp al Führer, en la que el rey del acero anunciaba que el famoso cañón Gustav había superado todas las pruebas y podría emplearse en el asedio de Leningrado. La sala escuchó en silencio. Luego Lawrence cerró la carpeta y pasó a los demás asuntos del día.

El fiscal francés Charles Dubost propuso en ese momento una solución que produjo una de las pocas escenas de humor involuntario del proceso: “¿No podría el tribunal procesar en lugar de Gustav Krupp a su hijo Alfred Jodl?” El juez Henri Donnedieu de Vabres, el representante francés en el tribunal, cerró de golpe su cuaderno de tapas negras y se volvió hacia su compatriota: “¿Pensaba usted de verdad, señor Dubost, sugerir al tribunal sustituir un nombre por otro en la acusación fiscal?” Dubost enrojeció: “Verdaderamente, pensamos…”

Lawrence lo interrumpió con una sola palabra: “Gracias”. El médico forense del proceso, el capitán Nayib Clan de Cambridge, no llegaría a examinar el cerebro de Krupp. Sí examinaría, en cambio, el de otro.

La noche del 25 de octubre de 1945, Robert Ley se ahorcó en su celda. Ley era el jefe del Deutsche Arbeitsfront, el sindicato unificado que el régimen había creado el 2 de mayo de 1933, el día después de que la Gestapo ocupara las sedes de todos los sindicatos independientes alemanes y detuviera a sus dirigentes. Él mismo había proclamado ese día a los trabajadores alemanes que sus instituciones eran sagradas para los nacionalistas y que nadie les arrebataría lo que tenían.

Veinticuatro horas después era él quien lo había arrebatado todo.

En esa misma jornada de mayo de 1933, mientras la radio retransmitía el gran acto del Día del Trabajo en el aeródromo de Tempelhof con un millón de asistentes, las SS ya estaban ocupando las sedes sindicales en todo el país. El decreto que instituía el Frente del Trabajo, una organización que agrupaba por la fuerza a trabajadores, empleados y empresarios bajo control del partido, se publicó tres días después. Ley se convirtió en uno de los hombres más poderosos de Alemania.

Era tartamudo. Según el psiquiatra del proceso, el Dr. Douglas M.

Kelley de San Francisco, el defecto venía de un accidente de aviación en 1917 en el frente occidental, cuando Ley se fracturó el cráneo al caer su avión. Cuando recobró el sentido, solo podía pronunciar frases con enorme esfuerzo. Descubrió que bebiendo un poco la tartamudez tendía a desaparecer.

Bebía desde entonces y bebía de todo, whisky, kirsch, vino, en cantidades que sus propios camaradas consideraban excesivas. Su apodo en los círculos del partido era “el borracho del Reich”. Había sido capturado el 16 de mayo en un chalet de Obersalzberg, al sur de Berchtesgaden.

Llevaba días bajo vigilancia estrecha porque ya había intentado quitarse de en medio, pero la cápsula le fue encontrada por un enfermero de la cárcel.

En la noche del 25 de octubre, en el bloque C de la prisión de Núremberg, donde ya habían sido trasladados los acusados, rasgó su ropa interior en silencio bajo las sábanas, ató un trozo de toalla alrededor del cuello y lo sujetó a la tubería de la cisterna del inodoro. Era lo bastante pequeño para hacerlo sin necesitar apenas espacio. No hubo ningún sonido, ningún gemido.

Un guardia que miraba por la mirilla lo encontró ya sin vida. Según el guardia que entró en la celda aquella noche, la toalla la había preparado con una precisión metódica que contradecía la imagen pública de un hombre siempre descontrolado. “Lo bastante pequeño para hacerlo”, dijo el guardia.

“Si hubiese sido más grande, habría tenido dificultades”. Sobre la mesa había dos cartas. En la primera escribió: “No puedo soportar más esta vergüenza.

Materialmente no me falta nada. La comida es buena, los americanos son correctos y en parte amistosos. Tengo para leer y puedo escribir lo que quiero.

Recibo papel y lápiz. Hacen por mi salud más de lo necesario y puedo incluso tener tabaco. Puedo dar todos los días un paseo de por lo menos veinte minutos, pero lo que no puedo soportar es ser considerado un criminal”.

En la segunda, una especie de testamento político, escribió: “Yo soy uno de los responsables de los delitos cometidos por los nazis. Habiendo estado con Hitler cuando la suerte le sonreía, no quiero abandonar a mi jefe en la desgracia. Dios ha guiado en todos mis actos.

Él me hizo subir y ahora me deja caer”.

Tres horas después de su muerte, el cerebro de Ley fue extraído por el capitán Clan y enviado en avión a Washington para estudio. El coronel Andrus ordenó silencio absoluto, pero la noticia llegó a todas las celdas antes del amanecer. La reacción de Göring fue inmediata: “Alabado sea Dios.

Ese borracho nos desacreditaba a todos”. Era el cuarto jerarca que se quitaba de en medio, después de Hitler, Goebbels e Himmler. Andrus lo tomó como un fracaso personal desde que se le encomendó la tarea de dirigir la prisión de Núremberg.

Había estado obsesionado con la seguridad. Había garantizado que los acusados, salvo enfermedades imprevistas, comparecerían en la sala. Ley fue la primera grieta en esa garantía.

No sería la última. A finales de agosto de 1945, Andrus fue a inspeccionar Núremberg. Recorrió la nueva prisión contigua al Palacio de Justicia que en pocas semanas iba a recibir a sus prisioneros.

El trabajo lo habían ejecutado en tiempo récord dos jóvenes oficiales, el teniente Dan Kiley, un arquitecto de New Hampshire, y el capitán John O. Bonettes de Nueva York. En julio de 1945 alguien les había dicho con toda la informalidad del mundo: “Tienen que hacer en un mes el trabajo de seis, preparando la prisión y el palacio de justicia para el proceso más grande del siglo.

Háganlo como quieran, pidan lo que quieran, pero el trabajo tiene que estar terminado en los primeros días de octubre”.

Kiley y Bonettes sintieron que el pelo se les ponía de punta. Kiley tenía a su disposición un batallón americano del cuerpo de ingenieros, un centenar de trabajadores civiles y cuatrocientos prisioneros de guerra. Sus hombres debían reparar seiscientas cincuenta habitaciones en las tres plantas del ala oriental del palacio y reconstruir por completo la parte occidental destruida por las bombas incendiarias.

El primer piso entero había que transformarlo en una cafetería a la americana capaz de servir a quinientas personas. En el segundo piso, una gran sala común para los periodistas del mundo entero y otros pequeños despachos con centenares de teléfonos y altavoces. En el tercer piso, la sala de audiencias ampliada para dar cabida a cuatro jueces y cuatro sustitutos, veintidós fiscales, veintidós acusados, ocho intérpretes, ocho secretarios, sesenta abogados y consejeros, doscientos cincuenta periodistas y fotógrafos y ciento cincuenta personas de público.

Kiley derribó paredes, construyó balcones, instaló ascensores, reconstruyó escalinatas, montó aire acondicionado y los primeros aparatos de traducción simultánea en cuatro idiomas jamás utilizados en un tribunal. Hizo venir en avión desde Nueva York a técnicos de IBM. Gastó en poco más de cuarenta días cerca de un millón de dólares.

La lista de materiales fue impresionante: ciento treinta mil kilos de cemento, cien mil ladrillos, veinte mil tejas, ocho mil kilos de yeso, cien kilos de clavos, cuatro mil quinientos metros cuadrados de cristal, diez mil tubos fluorescentes y trescientos treinta y cinco mil metros de cable eléctrico. Lo examinó todo. Al terminar hizo una sola observación: “Quiero que los marcos de las puertas y ventanas estén barnizados de negro, como los coches fúnebres”.

Cuando regresó y comprobó que la orden se había cumplido, dijo satisfecho: “Ahora puedo venir con mis prisioneros”.

El traslado desde Mondorf se produjo a lo largo de octubre. Los hombres llegaron de distintos campos de internamiento por toda la zona aliada. En Núremberg las reglas eran distintas a las del Palace.

Los acusados solo podían hablar durante los interrogatorios. La luz de las celdas permanecía encendida toda la noche. Dormirían boca arriba, con las manos sobre las mantas, visibles en todo momento.

La norma era que los reclusos se tumbasen de modo que mostraran su rostro de frente al guardia. Cuando, dormidos, giraban el cuerpo, el brazo del soldado los devolvía a la posición correcta. A veces les gritaban para que lo hicieran ellos mismos.

Los relevos de guardia, varios a lo largo de la noche, eran muy ruidosos y habitualmente los despertaban. El resultado era invariable: por la mañana estaban agotados y les costaba concentrarse. Después de la caída de Ley, las medidas se endurecieron aún más.

Se colocó permanentemente un guardia de pie ante cada puerta, con orden de entrar en segundos si fuera necesario. Se realizaban controles estrictos alrededor del edificio. Se temían intentos de rescate por parte de fanáticos nazis que aún podían estar activos en la zona.

Cada acusado tenía su defensor, que podía ser elegido de una lista o propuesto por el propio encausado. El tribunal quería evitar cualquier crítica sobre la rectitud del proceso y aceptó prácticamente a todos los letrados propuestos, incluso a algunos de convicciones nazis conocidas. La defensa se quejó desde el principio de la desigualdad de medios.

No tenían colaboradores, no tenían archivos, no tenían material de escritorio, no tenían oficinas privadas. Veintidós abogados compartían una gran sala con un solo teléfono en un largo corredor. La acusación había tardado años en preparar sus archivos.

La defensa tuvo semanas. Göring eligió como defensor al Dr. Otto Stahmer, un hombre pequeño, nervioso y agresivo, a quien se le encomendó además presentar ante el tribunal una moción de la defensa para invalidar el proceso en su conjunto.

Junto a él, el Dr. Robert Servatius, defensor de Saukel, un gigante de cabello claro que años después asumiría la defensa de Adolf Eichmann en Jerusalén. Dönitz eligió al juez de la Marina alemana Otto Kranzbühler, que se presentó ante el tribunal en uniforme de oficial naval alemán y que construyó una de las defensas técnicamente más sólidas del proceso.

El 20 de noviembre de 1945, a las 10:15 de la mañana, en una mañana fría y gris, con los álamos y los abedules inclinados por el viento del norte ante el Palacio de Justicia, el Tribunal Militar Internacional abrió la sala 600 al primer día de sesiones. La sala tenía forma de té y una ligera pendiente similar a la de un cine. En la parte más ancha, las paredes estaban cubiertas por paneles de oscura encina con bajorrelieves de escenas bíblicas: el árbol del pecado, Adán y Eva, la serpiente en el paraíso terrenal, Caín y Abel.

En la pared de la izquierda, el banquillo de los acusados con dos largos bancos de madera, uno más alto que el otro. Ante ese banquillo, las mesas de los abogados y, en el centro, la tribuna reservada a los testigos y a los fiscales. El estrado de los jueces era muy alto, con amplios asientos similares a los de los coros de las iglesias, coronado por un grupo de banderas.

Los taquígrafos en la parte baja, las cabinas de cristal de los intérpretes en los ángulos. La sala podía acoger a quinientas personas y esa primera mañana estaba llena. Entraron de tres en tres por el ascensor que comunicaba directamente la prisión con la sala.

Keitel, sesenta y tres años, con uniforme verde, sin insignias. Von Papen, sesenta y cinco, el cabello brillantinado, el pañuelo en el bolsillo del pecho. Göring pasó rápido ante los demás.

Entró en el banquillo con gesto decidido y se sentó en el extremo izquierdo junto al micrófono. Durante doscientos dieciocho días no abandonaría ese asiento.

A su lado, Rudolf Hess con un traje de tweed y un libro de historias bárbaras entre las manos. Cuando llegó a Núremberg, Hess había afirmado haber perdido la memoria. El fiscal Amen había intentado hacer que Göring le hablara durante un interrogatorio para provocar alguna reacción.

Göring entró en la sala, enumeró todos sus títulos: “Mariscal del Reich, comandante en jefe de la Luftwaffe, ministro del Interior de Prusia”. Y Hess respondió a todo que lo lamentaba, pero que no podía recordarlo. Días después, cuando la posibilidad de ser declarado no apto para el proceso se cernió sobre él, Hess habló: “A partir de ahora, mi memoria también está disponible para otros”.

Las razones de la pretendida pérdida de memoria eran tácticas. Los fiscales lo anotaron en silencio. Luego von Ribbentrop, envejecido prematuramente.

Kaltenbrunner, delgadísimo, que cuando entró por primera vez en la sala produjo, según el psicólogo Gilbert, una ola gélida en el banquillo, como si una corriente fría hubiera entrado por la puerta abierta. Sus compañeros lo recibieron con frialdad y trataron de ignorarlo. Era el sustituto de Himmler, el hombre al que nadie quería tener al lado, porque su presencia haría inevitable que el exterminio de judíos copara la atención de la sala.

Alfred Rosenberg, silencioso y distante. Hans Frank, de negro, los ojos ocultos tras gafas oscuras. El verdugo de Varsovia se había convertido al catolicismo durante su detención y consideraba el proceso, según registró Gilbert, un juicio divino.

Wilhelm Frick, aturdido y nervioso. Julius Streicher, con un traje a cuadros de corte deportivo y corbata de lazo, que desde el primer día denunció que la fiscalía le había negado el derecho a un abogado defensor antisemita.

En la segunda fila, Karl Dönitz con la barbilla saliente y el cuello como el de un pavo. Erich Raeder, impasible. Baldur von Schirach, rostro de un niño que ha crecido demasiado rápido.

Fritz Saukel, grueso y calvo. Alfred Jodl, muy pálido. Arthur Seyss-Inquart, las gafas sobre la nariz aguileña.

Albert Speer, de cuarenta años, el más joven de los ministros de Hitler, que desde el principio adoptó una estrategia de distanciamiento del régimen que lo distanció también de sus compañeros de banquillo. Göring lo consideraba un traidor. Constantin von Neurath, el más viejo, setenta y dos años.

Hans Fritzsche, con un tic insistente en el ángulo de la boca. Uno de los asientos permanecería vacío, el de Robert Ley. Cuando se pidió a los acusados que se pronunciaran sobre los cargos, Göring intentó dar un discurso antes de contestar.

El tribunal lo interrumpió. Debía declararse culpable o no culpable. “No culpable”, dijo entonces con énfasis y añadió: “Con respecto a los cargos”.

Era, como observaría el hijo de Jackson, una primera indicación de su capacidad para decir lo que quería en lugar de responder preguntas. Los demás lo siguieron. Keitel afirmó que podía responder con la conciencia tranquila ante Dios y la historia.

Von Papen declaró que de ninguna manera se consideraba culpable. Ninguno se declaró culpable. Todos sabían que serían condenados y todos querían defenderse de todos modos.

El psicólogo judicial Gustav Gilbert, con acceso libre a las celdas, comenzó a registrar sistemáticamente lo que los acusados decían entre sí durante las pausas del juicio. Su diario, publicado por primera vez en 1947 bajo el título “Nuremberg Diary”, sigue siendo uno de los testimonios directos más importantes sobre el comportamiento psicológico de los acusados durante el proceso. Lo que describía Gilbert no eran monstruos incapaces de razonar, eran hombres de inteligencia medida y registrada.

Schacht encabezaba la lista con 143 puntos. Göring y Dönitz compartían 138. Seyss-Inquart alcanzaba 141 y el más bajo era Streicher con 106.

Hombres que habían dirigido una maquinaria de destrucción continental y que ahora se negaban a aceptar que aquello tuviera algo que ver con ellos. Lo que los unía por encima de sus diferencias y sus rencores mutuos era una sola cosa: la convicción compartida, expresada de distintas formas y con distintos matices, de que no era culpa suya, que había sido Hitler, que habían obedecido órdenes, que no sabían, que otros sabían, pero ellos no. La estrategia de Göring fue la más audaz: se hizo responsable de todo lo que ha hecho el gobierno, pero de nada que fuera un crimen.

La de Speer, la más calculada: asumió la responsabilidad general del programa de trabajo esclavo que él mismo había gestionado como ministro de armamentos, pero negó la culpa personal, incriminó a Saukel y presentó ante la sala la historia no probada de que al final de la guerra había incluso querido asesinar a Hitler. Göring no se lo perdonó: “Nunca deberíamos haber confiado en él”. Desde el banquillo, los viejos camaradas se miraban como lo que ahora eran: rivales en una competición cuyo premio era la vida o al menos los años que les quedaran de ella.

Los ciento cincuenta periodistas acreditados habían enviado en doscientos dieciocho días más de catorce millones de palabras. Habían pasado por la sala dos mil seiscientos treinta documentos de cargo y dos mil setecientos de la defensa. Habían declarado testigos que describieron ante el tribunal hechos que la mente humana se resistía a procesar como reales.

El 3 de enero de 1946, un testigo llamado Otto Ohlendorf había comparecido ante el tribunal. El psicólogo Gilbert, que lo observó desde el banquillo, describió después que los acusados parecieron quedarse paralizados cuando aquel oficial alemán habló. Gilbert le había preguntado simplemente qué había hecho durante la guerra.

Ohlendorf respondió que en 1941 había dirigido el grupo de operaciones D. “¿Cuántas personas había matado su grupo?” “Noventa mil hombres, mujeres y niños en un solo año”.

Los Einsatzgruppen, cuatro grupos de operaciones que siguieron a las tropas alemanas en los territorios ocupados del este, habían reunido a judíos y a otros considerados indeseables, gitanos, comisarios políticos, pacientes de hospitales psiquiátricos, y los habían asesinado en campo abierto. Göring, mientras Ohlendorf hablaba, susurró al vecino: “¿Qué espera ganar ese cerdo? Lo ahorcarían de todos modos”, añadió, pero su mirada ya no era la de antes.

El 29 de noviembre de 1945, en una de las sesiones más tempranas, la fiscalía había proyectado en una pantalla gigante el documento 2430-PS, una película certificada de una hora sobre los campos de concentración nazis. Las imágenes habían sido filmadas por camarógrafos aliados en el momento de la liberación. Los acusados, que hasta entonces habían mantenido expresiones de desafío o de indiferencia calculada, vieron las imágenes y algunos lloraron.

El psicólogo Gilbert se giró y les preguntó directamente a Göring, Dönitz y Hess si nadie había sabido nada. Göring respondió: “Bueno, ya sabes cómo es. Los de arriba no se enteran de mucho”.

Al día siguiente, como si la noche le hubiera servido para recalibrar su posición, volvió a fingir leer un libro durante las sesiones, bostezando visiblemente y haciendo comentarios sarcásticos en voz baja a Hess y von Ribbentrop. En el estrado de los testigos, el 13 de marzo de 1946 fue el turno de Göring. Llevaba cuatro meses esperando ese momento.

Había superado la adicción a los opiáceos, había recuperado peso y claridad y entró al estrado con la misma energía que, según observó la prensa, recordaba al agitador que en los años veinte había asaltado el poder junto a Hitler. Su aparición fue espectacular. Engominado, con la cabeza altiva y la mirada desafiante, llevó las sesiones por donde a él le convenía.

Sabía inglés, pero el fiscal Jackson no entendía alemán. Mientras se hacía traducir las preguntas, Göring meditaba sus respuestas, lo que lo hacía parecer ágil y seguro. Jackson tenía que esperar pacientemente, algo a lo que no lo había acostumbrado una vida profesional desarrollada en los tribunales de primera instancia de su país.

En una escena que se hizo célebre, Göring consiguió que Jackson perdiera la paciencia y arrojara los auriculares sobre la mesa. Desesperado, Jackson llegó a pensar en retirarse del proceso. La fiscalía inglesa lo convenció de que no lo hiciera.

Incluso el juez francés Donnedieu de Vabres reconoció en privado que Göring estaba dotado de una cierta distinción. El abogado de Speer, su mortal enemigo en el banquillo, no pudo evitar exclamar: “Ese Göring es todo un hombre, un verdadero matador”. Baldur von Schirach, que en Núremberg se arrepintió públicamente de su pasado nazi, admitió: “Ahora comprendo por qué era tan popular”.

Pero los documentos eran los documentos. No se podía contrainterrogar un documento, decía el hijo de Jackson resumiendo la estrategia de su padre. Los archivos de los ministerios, las actas taquigráficas de las reuniones de Hitler con sus generales, los diarios de Jodl hallados tras una pared simulada en un castillo de Renania, los archivos del Ministerio de Exteriores descubiertos en una mina de sal de Marburgo, las órdenes de ejecución firmadas por Kaltenbrunner que los investigadores encontraron tiradas por el suelo en oficinas de la Gestapo.

Todos llevaban firmas, todos llevaban fechas, todos llevaban nombres. El comandante Cugan del ejército americano, que había examinado más de cien mil documentos para seleccionar los cuatro mil más relevantes, reducidos después a dos mil por las limitaciones de tiempo del proceso, describió el hallazgo de la colección completa de diarios y correspondencia de Alfred Rosenberg: “Lo que encontramos era suficiente por sí solo para mandarlo a la horca. Demostraba su responsabilidad directa en la matanza de millones de judíos y deportados”.

Después de doscientos dieciocho días de sesiones, los ocho jueces del Tribunal Militar Internacional se retiraron a deliberar durante cuatro semanas. El núcleo de la acusación, el cargo de conspiración, preocupaba especialmente a los americanos. Podía considerarse conspirador infame a un subalterno obtuso como Keitel, cuyo apodo en el banquillo era “La Cabeza de Hierro”.

Los jueces franceses rechazaban tanto la pena de muerte como la absolución en ciertos casos. Los jueces soviéticos estaban convencidos de que todos los acusados, sin excepción, merecían la muerte. Las deliberaciones fueron tensas.

Algunos veredictos se decidieron rápidamente, otros generaron una controversia que los jueces suprimieron del registro oficial.

El 1 de octubre de 1946, el mundo volvió a mirar hacia Núremberg. Los acusados entraron a la sala de uno en uno. Las cámaras habían sido prohibidas para ese momento, aunque los fotógrafos habían registrado todo el proceso durante meses.

Estaban presentes reporteros de radio y periodistas de prensa. Antes de conocer su sentencia, el 31 de agosto, el tribunal había concedido a los acusados la oportunidad de pronunciar unas últimas palabras. La mayoría afirmó haber actuado de buena fe o haber seguido órdenes.

Göring reveló al psicólogo forense lo que sería también el contenido de su nota de caída: “No quise provocar una guerra. Hice todo lo posible en las negociaciones por evitarla. Cuando estalló, hice todo lo posible por asegurar la victoria.

Me equivoqué. No fui capaz de evitar lo que debería haber sido evitado. Esa es mi culpa”.

Keitel dijo que era trágico tener que reconocer que lo mejor que tenía para dar como soldado, la obediencia y la lealtad, fue utilizado para fines irreconocibles, y que no haber visto que el cumplimiento del deber de un soldado tiene un límite era su destino. Speer señaló que el mundo aprenderá de estos acontecimientos no solo a odiar la dictadura como forma de gobierno, sino a temerla. El tribunal los llamó por orden.

Göring fue el primero. Sobre la base de los cargos por los que fue declarado culpable: muerte en la horca. Rudolf Hess: cadena perpetua.

Joachim von Ribbentrop: muerte en la horca. Wilhelm Keitel: muerte en la horca. Ernst Kaltenbrunner: muerte en la horca.

Alfred Rosenberg: muerte en la horca. Hans Frank: muerte en la horca. Wilhelm Frick: muerte en la horca.

Julius Streicher: muerte en la horca. Fritz Saukel: muerte en la horca. Alfred Jodl: muerte en la horca.

Martin Bormann, cuyo paradero seguía siendo un misterio, aunque evidencias posteriores confirmarían que había muerto en Berlín en mayo de 1945, condenado a muerte en ausencia. Baldur von Schirach y Albert Speer: veinte años de prisión. Karl Dönitz: diez años de prisión.

Erich Raeder: cadena perpetua. Walter Funk: cadena perpetua. Constantin von Neurath: quince años de prisión.

Franz von Papen: absuelto. Hjalmar Schacht: absuelto. Hans Fritzsche: absuelto.

Los tres se mostraron aliviados ante la prensa. El juez Jackson, que no había considerado siquiera la posibilidad de que hubiera absoluciones, lo recibió como un golpe inesperado. Doce de los condenados subirían al cadalso.

Las ejecuciones estaban programadas para la noche del 15 al 16 de octubre de 1946. Los aliados habían discutido durante meses acerca del mejor modo de ejecutar las sentencias. Habían dudado entre la horca y la guillotina.

Los soviéticos, acostumbrados a sus propios procedimientos en los juicios contra criminales de guerra celebrados en la URSS desde 1943, donde los prisioneros condenados eran colgados ante ingentes masas de espectadores apenas minutos después de leída la sentencia, no estaban dispuestos a dilatar demasiado el cumplimiento. El tira y afloja sobre los plazos de apelación duró hasta comienzos de septiembre de 1946, cuando se llegó a un compromiso: cuatro días para presentar la apelación ante el Consejo de Control Aliado, que no era un organismo judicial, sino político. Gran Bretaña ya había dado orden de que no se facilitara la reducción de ninguna condena.

Dicha orden procedía del premier laborista Clement Attlee y naturalmente se cumplió. Las apelaciones fueron rechazadas. El encargado de ejecutar las sentencias era el sargento John C.

Woods. Era bajito, aunque fornido. Había mentido al ejército para obtener el trabajo, haciéndose pasar por un fogueado verdugo.

Aunque antes de 1944 no había tenido la más mínima experiencia. De hecho, con dieciocho años había ingresado en la US Navy, pero lo habían licenciado declarándolo inepto con diagnóstico de inferioridad psicopática. Reingresó años después en el ejército silenciando su pasado.

Ahorcó a unos treinta y cuatro soldados estadounidenses durante 1944 y 1945 y actuó en otros once ahorcamientos. Ese era su currículum cuando afrontó las ejecuciones de Núremberg. Había sido elegido en detrimento de Albert Pierrepoint, su célebre colega británico, que procedía de una familia de verdugos, cuyo padre y cuyo tío habían desempeñado la misma profesión y cuya eficiencia era proverbial.

Andrus, sin comprobar la hoja de servicios de Woods, lo prefirió a él.

Woods tenía sus propias preocupaciones. No había podido medir la altura de los condenados, ni conocer su peso exacto, ni valorar su constitución. Con la excepción de Göring, ninguno era particularmente grueso e incluso el mariscal del Reich había perdido mucho peso en cautiverio.

Se había conformado con las fotografías que le habían entregado y una fugaz visita a la sala del tribunal. Confiaba en las cuerdas de cáñamo italiano de la firma Edington, proveedores oficiales de las ejecuciones para el Reino Unido, que le llegaron desde Inglaterra. Eran resistentes, de tres metros de longitud.

La piel de becerro de la que estaban recubiertas favorecía el deslizamiento del nudo. Artesanales. La elaboración de cada una de ellas exigía casi una semana de trabajo.

Eso al menos lo tranquilizaba. Durante varios días previos a la ejecución, practicó en el gimnasio del Palacio de Justicia, repitiendo casi obsesivamente los mecanismos de la horca con sacos de noventa kilos rellenos de arena. Cada noche era devuelto a su cuartel del aeródromo de Fürth, en el que se alojaba en medio de discretas pero efectivas medidas de seguridad.

Se cree que en dos ocasiones estuvieron a punto de matarle, una por envenenamiento tras unas ejecuciones en Dachau y otra mediante un tiroteo en París. En ambos casos, se supuso que habían sido miembros del Werwolf, el movimiento de resistencia nazi clandestino.

Los sonidos metálicos de los martillos, las sierras y los clavos llegaban desde el patio hasta las celdas de los condenados. En la de Julius Streicher era donde se oían con más intensidad. Streicher preguntaba al peluquero de la prisión, un alemán llamado Herman Witcam: “¿Terminarán pronto de construir nuestras horcas?

Escuche, subiré valiente los peldaños. Ya tengo pensado cuáles serán mis últimas palabras”. El Consejo de Control había autorizado la presencia de cuarenta y cinco personas en la ejecución.

A los delegados de las cuatro potencias, el soviético Molotov y tres generales occidentales, había que sumarles ocho periodistas de entre los cuatrocientos cincuenta acreditados, fotógrafos, médicos y funcionarios aliados y dos políticos alemanes al servicio de las potencias ocupantes, el fiscal Friedrich Leisner y el presidente de Baviera, Wilhelm Hoegner. Estos dos acompañaron al coronel Andrus a notificar a los condenados, uno por uno, que sus peticiones de clemencia habían sido rechazadas. El primero fue Streicher, que se limitó a mascular, visiblemente molesto: “Ya lo sabía”.

Aunque las autoridades habían determinado que los condenados ignorasen la fecha exacta de su ejecución, de algún modo todos la conocían. Sus actividades el último día, el 15 de octubre de 1946, lo delataban. Göring permaneció echado sobre su camastro con una novela de Fontane en lugar de dar sus habituales paseos por el patio.

Von Ribbentrop estuvo escribiendo cartas y leyendo a Gustav Freytag. Rosenberg prefería a Rudolf G. Binding.

Jodl se enfrascó en la lectura de Knut Hamsun, el Nobel noruego que había apoyado públicamente a Hitler. Keitel leía relatos de Paul Alverdes. Streicher leía “Der Soldat” de Mirko Jelusic.

Frick leía “Hannibal”, también de Jelusic. Saukel se entretenía con “La juventud de grandes alemanes de la historia”. Seyss-Inquart con las “Conversaciones con Goethe” de J.

P. Eckermann. Hans Frank reunió a una parte del personal alemán de la cárcel y les habló de las maravillas de la catedral de San Pedro en Roma.

Luego leyó en voz alta la poesía de Ludwig Thoma y pasó el resto del día escribiendo cartas. Junto a Kaltenbrunner y Seyss-Inquart acudió a misa, confesó y comulgó.

A las 3:30 de la tarde del 15 de octubre, Göring estaba redactando una carta. No era la que se publicaría como su nota de muerte, era otra, encontrada sin fecha entre sus pertenencias, en la que escribió: “Encuentro de un extremo mal gusto exhibir nuestras muertes como si fuese un espectáculo para los periodistas, fotógrafos y curiosos hambrientos de sensacionalismo. Yo moriré sin toda esa sensación y publicidad.

Déjenme repetir una vez más que no siento la más mínima obligación moral o de otro tipo a someterme a la sentencia de muerte o ejecución de mis enemigos y de los de Alemania. Lo que voy a hacer lo haré con alegría y considero la muerte una liberación”. Y la firmó: Hermann Göring.

La prisión de Núremberg se reforzó con carros de combate y antiaéreos. Andrus, hasta el último día, estuvo obsesionado con un ataque de fanáticos nazis que intentaran liberar a los condenados. Los once que quedaban, Göring sería el duodécimo antes de que llegara su turno, eran vigilados minuto a minuto.

Dormían boca arriba con las manos visibles bajo luz permanente. Göring había pedido formalmente que lo fusilaran en lugar de ahorcarlo. Era la muerte de un soldado, argumentó.

La solicitud fue rechazada. Meses antes, Göring había establecido una relación de confianza con un guardia americano llamado Tex Willis. Según la investigación posterior, a cambio de una fotografía firmada, Willis habría sacado del maletín de Göring ciertos objetos sin registrarlos correctamente.

La investigación nunca llegó a una conclusión definitiva. Lo que sí es seguro es que una cápsula de cianuro llevaría meses escondida en la celda del mariscal del Reich sin que ninguna inspección la encontrara. Cuando tras las ejecuciones, el coronel Andrus ordenó revisar a fondo las celdas de todos los condenados, encontró en ellas un pequeño arsenal que nadie había detectado.

Un tornillo de acero en la de von Neurath. Una botella de cristal en la de von Ribbentrop. En la de Keitel, un imperdible, cuatro tuercas de metal, dos pedacitos de hierro y una cinta de acero afilada.

En la de Schacht, una cuerda de un metro de largo. En la de Jodl, un alambre de treinta centímetros. Dönitz había anudado cinco cordones de zapatos.

Incluso Saukel disponía de una cuchara con los bordes afilados.

En la tarde del 15 de octubre, poco antes de las diez de la noche, el médico de la prisión, el doctor Fluer, pasó a visitar a Göring como solía hacer. Estuvieron hablando unos tres minutos en voz baja. Fluer le entregó algo que Göring introdujo en su boca, luego le tomó el pulso y le estrechó la mano.

Göring se echó en el camastro. Permaneció en completa quietud durante un cuarto de hora, de cara a la pared, con los ojos cubiertos con las manos. A las 22:44 horas del 15 de octubre, extendió ambos brazos a los dos lados del cuerpo.

Segundos después, apretó fuertemente los dientes, produciendo un chasquido de cristales al que sucedió una convulsión que sacudió todo su cuerpo. El soldado de guardia dio la voz de alarma. Cuando llegaron los oficiales, el médico y el capellán ya habían certificado su muerte.

Hermann Göring, la estrella principal del proceso, se había salido con la suya. En su nota de muerte escribió: “No quise provocar una guerra. Hice todo lo posible en las negociaciones por evitarla.

Cuando estalló, hice todo lo posible por asegurar la victoria. Me equivoqué. No fui capaz de evitar lo que debería haber sido evitado.

Esa es mi culpa”. Y en la carta que había redactado esa tarde, la que no estaba destinada a la posteridad, sino al presente, dejó claro que no había ninguna culpa, solo un rechazo final y deliberado a morir en el escenario que otros habían preparado para él. La caída del mariscal del Reich robó los titulares de la prensa internacional antes incluso de que comenzaran las ejecuciones.

Los diarios de la mañana ya llevaban tipografía de guerra. El cuerpo de Göring fue llevado a la sala de ejecuciones junto con los demás.

Pasadas las 00:07 del 16 de octubre de 1946, el sargento Woods y su asistente subieron a la plataforma de la horca. El gimnasio del Palacio de Justicia, una sala de diez por veinticuatro metros de paredes enyesadas recorridas por numerosas grietas que olía a café, a whisky y a tabaco rubio americano, albergaba tres patíbulos de madera pintada de negro. La plataforma estaba a dos metros y medio de altura.

Dos patíbulos se usarían de manera alterna, el tercero quedaba en reserva. Los testigos, semiocultos en la oscuridad, apenas resultaban visibles para los reos. Cada soga se empleaba solo una vez.

Los reos desaparecían de la vista cuando se abría la trampilla y allí abajo era donde se producía el forcejeo del hombre con la muerte. Los condenados serían ejecutados de uno en uno, pero las autoridades no querían que la ceremonia se alargara demasiado, así que los policías militares llamaban a un preso cuando el anterior aún pendía de la cuerda. El periodista de radio Arthur Gaeth fue uno de los pocos testigos autorizados y describió lo que vio en una transmisión en directo para emisoras americanas: “Fui testigo ocular de la ejecución de la flor marchita y podrida del nazismo”.

Von Ribbentrop había ocupado el lugar de Göring. Fue el primero en subir. Entró en el gimnasio con expresión estoica.

Apenas movió la cabeza para ver los tres patíbulos. Mantuvo la vista al frente en el camino al cadalso. Hubo que preguntarle dos veces por su nombre antes de que contestara de modo audible.

En la plataforma, antes de que le pusieran la capucha, pronunció sus últimas palabras en alemán: “Dios proteja a Alemania. Mi último deseo es que Alemania encuentre su ser y que se alcance un entendimiento entre el este y el oeste. Deseo la paz en el mundo”.

Le sustituyeron las esposas por una cinta de cuero para evitar que se llevara las manos a la garganta mientras la soga le partía el cuello. Su cuerpo cayó con rapidez en la trampilla sin emitir un quejido. Von Ribbentrop murió a la 1:29 de la madrugada.

Ribbentrop aún colgaba de la cuerda. Habían transcurrido solo dos minutos desde su ejecución cuando el Feldmarschall Wilhelm Keitel era introducido en la sala. Parecía menos tenso que Ribbentrop, aunque mantuvo la característica cabeza erguida en el camino al cadalso.

Desde lo alto de la plataforma observó a los presentes con una caricaturesca arrogancia prusiana. En voz alta y clara recordó a sus hijos muertos en combate: “Ruego a Dios todopoderoso que tenga misericordia del pueblo alemán. Más de dos millones de soldados alemanes han encontrado la muerte luchando por la patria antes que yo.

Ahora sigo a mis hijos. Todo por Alemania. Alemania sobre todo”.

La trampilla se abrió en la plataforma número dos a la 1:33. Las ejecuciones sufrieron una pequeña demora porque Keitel y Ribbentrop aún colgaban y se permitió a los presentes fumar. Dos médicos, uno norteamericano y otro soviético, certificaron la muerte del primero de los ejecutados.

Kaltenbrunner entró a continuación. Caminó con determinación hacia la horca, humedeciéndose los labios una y otra vez. En la plataforma quedó de frente a un capellán católico del ejército americano.

“He amado a mi pueblo alemán y a mi patria con todo mi corazón”, dijo. “He cumplido con mi deber de acuerdo a las leyes de mi pueblo y lamento que en estos tiempos mi pueblo haya estado dirigido por personas que no eran soldados y que se cometieran crímenes de los que no tenía conocimiento”. Subió los escalones profundamente perturbado, visiblemente pálido.

Sus últimas palabras mientras le ajustaban la soga: “Buena suerte, Alemania”. Era la 1:39 cuando se abrió la trampilla. Alfred Rosenberg estaba completamente sereno cuando entró en el gimnasio.

Parecía incluso aburrido. No quiso decir nada cuando se le preguntó. Aunque le acompañaba un pastor protestante, respondió negativamente cuando este le preguntó si quería rezar.

Instantes antes de que el verdugo le colocara la capucha, miró al pastor sin añadir nada. Fue la ejecución más rápida de la noche.

Hans Frank sonreía levemente, aunque tragaba saliva con frecuencia. Convertido al catolicismo en la prisión, consideraba su ejecución un acto de expiación. En voz muy baja, dijo sus últimas palabras: “Agradezco el trato amable que se me ha dispensado durante mi cautiverio y ruego a Dios que me acoja en su misericordia”.

Al colocársele la capucha sobre la cabeza, se le vio tragando saliva de nuevo. Cuando Wilhelm Frick entró en la sala eran ya las 2:05 de la madrugada. Estaba inquieto, aunque no temeroso.

Tropezó con el último peldaño. Cuando le pusieron la capucha, se limitó a decir: “Larga vida a la Alemania eterna”. Julius Streicher no dudó en encararse a sus verdugos.

Cuando lo llevaron ante el cadalso y miró fijamente al grupo de testigos, prorrumpió en un extenso “Heil Hitler”. Cuando le preguntaron su nombre, contestó despreciativo: “Sabe muy bien mi nombre”. El intérprete repitió la pregunta.

Streicher contestó de nuevo: “Julius Streicher”. Mientras subía los escalones, murmuró: “Ahora voy con Dios”. Ya sobre la plataforma, se volvió hacia los testigos y dio su último grito: “Purim Fest, 1946”.

Se despedía del mundo con la profesión de fe antisemita que había sostenido toda su carrera. El Purim es una fiesta hebrea en la que se celebra la supervivencia del pueblo judío frente al exterminio planeado por Amán en el siglo V antes de Cristo. Al abrirse la trampilla, Streicher comenzó a patalear con toda su energía.

Pudieron oírse los estertores de su agonía durante un rato hasta que el verdugo tuvo que descender a la parte de abajo. Fue la muerte más larga de la noche. Fritz Saukel pretendió hasta el último momento que su sentencia se debía a un error de traducción.

Sus últimas palabras fueron: “Dios proteja a Alemania y la haga grande de nuevo. Viva Alemania. Dios proteja a mi familia”.

También Saukel forcejeó durante largo rato. El nudo no se había ajustado bien y durante unos instantes pudo oírse con claridad un gemido ahogado.

Alfred Jodl estaba visiblemente nervioso, con el rostro demacrado y la boca seca. Ascendió con alguna dificultad los peldaños que conducían a la horca. Una vez allí, pronunció sus últimas palabras con voz segura: “Te saludo, mi Alemania”.

El último en subir los escalones fue Arthur Seyss-Inquart, ayudado por los guardias a causa de las dificultades para andar provocadas por su pie deforme. Hombre de gran inteligencia, no había dudado de que sería condenado a muerte y había preferido afrontar el proceso con lealtad a la causa que había defendido toda su vida. No había abjurado de Hitler ni por un instante.

Con voz decidida, aunque en un tono bajo, pronunció sus últimas palabras: “Espero que esta ejecución sea el último acto de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial y que la lección aprendida en esta guerra sea que debe haber paz y entendimiento entre los pueblos”. Eran las 2:45 horas del 16 de octubre de 1946. Con cada trampilla que caía, la noche avanzaba sobre Núremberg.

Los cuerpos fueron fotografiados. Esa misma noche fueron trasladados a Múnich en camiones militares. Antes del amanecer del 16 de octubre de 1946, los restos de los doce condenados, incluyendo el de Göring, fueron incinerados.

Las cenizas se arrojaron en el río Isar, cerca de Múnich, para que no existiera ningún lugar que pudiera convertirse en un lugar de peregrinación. No habría tumbas, no habría monumentos, no habría ningún punto en el mapa donde venerar lo que habían representado.

Muchos años después, en las últimas horas del 30 y 1 de enero de 1977, un viejo coronel del ejército norteamericano se incorporó repentinamente en su lecho de muerte y, con los ojos muy abiertos y la mirada perdida en la lejanía, exclamó angustiado: “Tengo que llegar a la celda de Göring. Ha matado”. El coronel Burton C.

Andrus murió poco después. Göring lo había perseguido hasta el final. Los condenados a prisión fueron trasladados a la prisión de Spandau, en el sector británico de Berlín.

Albert Speer cumpliría íntegramente sus veinte años y sería liberado en 1966, publicando unas memorias que lo retratan como un tecnócrata que no quiso ver lo que ocurría a su alrededor. El Tribunal Penal de Núremberg en la República Federal Alemana revisaría años después esta caracterización. Baldur von Schirach también cumplió los veinte años.

Karl Dönitz fue liberado en 1956 tras cumplir sus diez años. Erich Raeder, condenado a cadena perpetua, fue liberado por razones de salud en 1955, con setenta y nueve años. Walter Funk, también con cadena perpetua, fue liberado en 1957.

Rudolf Hess, el único condenado a cadena perpetua que no fue liberado anticipadamente, permaneció en Spandau durante muchos años como único recluso hasta 1987, cuando murió a los noventa y tres años en circunstancias que nunca fueron totalmente aclaradas. Tenía artritis tan severa que apenas podía caminar. Sus últimas décadas en Spandau las pasó en una celda de un edificio diseñado para cuatrocientos hombres.

Franz von Papen, Hjalmar Schacht y Hans Fritzsche fueron absueltos en Núremberg, aunque los tres fueron posteriormente juzgados por tribunales de desnacificación alemanes y condenados a distintas penas. Von Papen falleció en 1969. Schacht vivió hasta 1970 y volvió a trabajar como banquero privado.

Fritzsche murió en 1953. El general Telford Taylor, que había formado parte del equipo fiscal americano, organizó en los años siguientes doce procesos adicionales en Núremberg, los llamados juicios subsiguientes, contra médicos que habían realizado experimentos humanos, jueces que habían aplicado leyes raciales, generales responsables de masacres de civiles, industriales que habían utilizado trabajo esclavo y funcionarios de las SS directamente involucrados en el funcionamiento de los campos de exterminio. El proceso principal, sin embargo, había establecido algo que el derecho internacional no había afirmado con tanta claridad antes: que los líderes de un estado podían ser juzgados personalmente por los crímenes cometidos en nombre de ese estado, que la obediencia debida no era defensa suficiente, que la guerra de agresión era en sí misma un crimen.

Las sentencias de Núremberg fueron incorporadas a la Carta de las Naciones Unidas. La Corte Penal Internacional, fundada en La Haya en 2002, es la heredera directa de esa lógica jurídica.