La nieve de los Alpes austríacos aún guardaba el secreto de su escondite cuando los cazadores del CIC, la contrainteligencia del ejército estadounidense, cerraron el cerco sobre la cabaña Wildensee. A 2. 400 metros de altitud, tras cinco horas de escalada nocturna por un terreno que parecía diseñado para borrar cualquier rastro, cuatro hombres emergieron con las manos en alto.
Entre ellos, un gigante de 1,93 metros y 100 kilos de peso, con el rostro surcado por cicatrices profundas que delataban su pasado en las fraternidades estudiantiles alemanas. Era Ernst Kaltenbrunner, el hombre que durante tres años había controlado el aparato de terror más sofisticado jamás construido: la Gestapo, el SD, la policía criminal y los servicios de inteligencia del Reich unificados bajo un solo comando. Su captura, ocurrida el 12 de mayo de 1945, marcó el fin de la carrera del criminal de guerra más escurridizo del Tercer Reich, un fantasma cuya firma autorizó el asesinato de millones y cuya red de espías se extendía desde Madrid hasta Estambul.
La invisibilidad de Kaltenbrunner no era un accidente. Mientras Hermann Göring coleccionaba condecoraciones y Joseph Goebbels pronunciaba discursos incendiarios, Kaltenbrunner operaba en las sombras, firmando órdenes de ejecución sin dejar rastro documental y supervisando genocidios sin aparecer en una sola fotografía clara. Heinrich Hoffmann, el fotógrafo oficial del Reich, no encontró en su archivo de miles de imágenes una sola toma nítida de él.
Los periódicos publicaban fotografías de otros nazis creyendo que eran suyas. Esta oscuridad deliberada era su herramienta más poderosa: un imperio de información que lo convertía en el hombre más peligroso del círculo íntimo de Hitler, precisamente porque nadie podía señalarlo con el dedo.
Nacido el 4 de octubre de 1903 en Ried im Innkreis, Alta Austria, Kaltenbrunner creció en Linz, en los mismos salones de clase que Adolf Hitler había pisado años antes. Esta conexión geográfica y personal forjó un vínculo que sobreviviría décadas y marcaría el destino de Europa. La Primera Guerra Mundial terminó cuando tenía 15 años, dejando a Austria-Hungría desintegrada y a una generación de austríacos de origen alemán sumidos en un resentimiento insoportable.
Kaltenbrunner absorbió ese odio. En 1921 ingresó a la Universidad de Graz para estudiar derecho, donde su físico imponente y su personalidad agresiva lo convirtieron en miembro destacado de las corporaciones estudiantiles, campos de entrenamiento para el nacionalismo alemán extremo. Las cicatrices en su rostro, producto de los duelos rituales con sables conocidos como Mensur, no eran símbolos de vanidad, sino credenciales de valentía y disciplina en la cultura nacionalista de la época.
Graduado en 1926 con un doctorado en derecho, estableció un bufete en Linz que durante los siguientes seis años sirvió como fachada para actividades de inteligencia nazi, entonces ilegal en Austria. Documentos, armas y dinero pasaban por las oficinas aparentemente respetables del Dr. Kaltenbrunner.
La policía austríaca lo arrestó varias veces, pero cada liberación por falta de pruebas demostraba su habilidad para operar en las sombras. El 12 de marzo de 1938, cuando las tropas alemanas cruzaron la frontera austríaca sin resistencia, el Anschluss representó la culminación de años de trabajo clandestino. Su recompensa fue inmediata: Heinrich Himmler, Reichsführer de las SS, lo nombró SS-Brigadeführer y jefe de las SS en Austria.
A los 34 años, Kaltenbrunner controlaba el aparato de seguridad de toda una nación anexada.
No perdió tiempo. En los meses siguientes estableció en Austria el mismo sistema de terror que las SS habían perfeccionado en Alemania: arrestos masivos de opositores, judíos forzados a limpiar calles mientras multitudes los humillaban, organizaciones disueltas, propiedades confiscadas y personas desaparecidas en medio de la noche. El campo de concentración de Mauthausen fue construido en 1938 cerca de Linz bajo su supervisión directa.
Diseñado como campo de categoría 3, el más brutal, estaba destinado a prisioneros considerados irrecuperables. La tasa de mortalidad superaba el 50%, con trabajos forzados en las canteras de granito que mataban a cientos cada mes. Kaltenbrunner inspeccionaba personalmente las instalaciones, evaluaba la eficiencia y ordenaba mejoras en los métodos de exterminio.
El subcampo de Ebensee, construido en 1943, fue aún peor: los prisioneros excavaban túneles en las montañas para instalar fábricas de armamento subterráneas, con turnos de 12 horas, sin protección contra el polvo de granito que destruía los pulmones y con una desnutrición sistemática. Cuando los prisioneros no podían trabajar más, eran enviados al crematorio. Kaltenbrunner visitó Ebensee en múltiples ocasiones y nunca expresó objeciones a lo que vio.
En Austria, Kaltenbrunner era conocido como “el pequeño Himmler”. El apodo no era irónico: capturaba perfectamente su rol de implementar en escala regional las políticas que Himmler diseñaba a nivel del Reich. Pero Kaltenbrunner no era simplemente un ejecutor.
Mostraba iniciativa, sugería mejoras y experimentaba con nuevos métodos. Su ambición era evidente, y tanto Himmler como Hitler lo notaron. El 27 de mayo de 1942, un comando checoslovaco atacó el Mercedes descapotable de Reinhard Heydrich en una curva de Praga.
Heydrich, jefe de la Oficina Principal de Seguridad del Reich (RSHA), murió ocho días después de septicemia. Con 38 años, había sido el hombre más peligroso del Reich después de Hitler, y su muerte dejó un vacío de poder que sacudió la estructura del terror nazi.
Hitler tardó meses en nombrar un sucesor. El cargo requería habilidades contradictorias: brutalidad suficiente para aterrorizar a millones, sutileza para navegar las intrigas de las cúpulas nazis, lealtad absoluta a Hitler e independencia suficiente para tomar decisiones sin consultas constantes. Himmler evaluó candidatos, pero cada uno tenía defectos.
Arthur Nebe, jefe de la Kripo, era poco confiable y secretamente involucrado en conspiraciones anti-Hitler. Heinrich Müller, jefe de la Gestapo, era leal pero carecía de visión estratégica. Otto Ohlendorf, del SD, era brillante pero demasiado intelectual.
El 30 de enero de 1943, Hitler anunció el nombramiento: Ernst Kaltenbrunner asumía como jefe de la RSHA. La decisión sorprendió a muchos, pero Hitler veía cualidades que otros pasaban por alto. Kaltenbrunner era de Linz, como él, y compartían la experiencia formativa de haber crecido en la Austria anterior a la Primera Guerra Mundial.
Esta conexión personal generaba una confianza que Hitler nunca otorgó a Heydrich.
Kaltenbrunner llegó a Berlín en febrero de 1943. Las oficinas de la RSHA ocupaban varios edificios en Prinz-Albrecht-Strasse, una dirección que se había convertido en sinónimo de terror en toda Europa ocupada. Desde allí se coordinaba el aparato que mantenía el Reich funcionando mediante miedo sistemático.
La estructura era compleja pero eficiente, con siete departamentos que se entrelazaban para crear una red omnipresente de vigilancia y represión. El Amt I manejaba personal y administración; el Amt II se encargaba de asuntos económicos y legales; el Amt III, dirigido por Otto Ohlendorf, era el SD interno que vigilaba la moral de la población; el Amt IV, dirigido por Heinrich Müller, era la Gestapo con poderes ilimitados de arresto y detención; el Amt V era la policía criminal; el Amt VI, inteligencia exterior, fue expandido agresivamente por Kaltenbrunner; y el Amt VII manejaba investigación ideológica y documentación, manteniendo expedientes sobre millones de personas.
La joya de la corona era la absorción del Abwehr, el servicio de inteligencia militar dirigido por el almirante Wilhelm Canaris. Heydrich había comenzado este proceso, pero Kaltenbrunner lo completó en 18 meses mediante una campaña metodológica: documentó todos los fracasos del Abwehr, infiltró la organización con agentes de la RSHA y conectó al Abwehr con la conspiración del 20 de julio de 1944 contra Hitler. En febrero de 1944, Hitler disolvió el Abwehr y sus funciones fueron transferidas a un nuevo Amt de la RSHA bajo el control de Walter Schellenberg.
De la noche a la mañana, miles de oficiales del Abwehr se encontraron trabajando para Kaltenbrunner. Canaris fue arrestado después del atentado, encarcelado en Flossenbürg y ejecutado en abril de 1945. Kaltenbrunner había completado la unificación total de todos los servicios de inteligencia y seguridad alemanes bajo un solo comando, convirtiéndose en el jefe de inteligencia más poderoso de Europa.
Teóricamente, Kaltenbrunner reportaba a Himmler, pero en la práctica operaba con autonomía casi total. Hitler le concedió acceso directo, y Kaltenbrunner podía presentarse en la cancillería sin cita previa. Esta relación directa alteraba toda la jerarquía nazi.
Himmler, nominalmente superior, se encontraba frecuentemente ignorado mientras su subordinado discutía política con el Führer. En conversaciones con Schellenberg, Himmler admitió: “Kaltenbrunner me tiene completamente a su merced, debo tener cuidado con él”. El estilo de gestión de Kaltenbrunner contrastaba con el de Heydrich: delegaba en sus jefes de Amt para operaciones diarias, enfocándose en estrategia, conexiones con Hitler y maniobras políticas.
Pero esta delegación no significaba debilidad. Leía resúmenes diarios de todas las operaciones significativas y castigaba fallos con transferencias a posiciones peligrosas o arresto.
Su interés principal era la política exterior. Según Schellenberg, Kaltenbrunner aspiraba a reemplazar a Joachim von Ribbentrop como ministro de relaciones exteriores. Odiaba a Ribbentrop, considerándolo incompetente.
Kaltenbrunner creía que la RSHA, con sus redes de inteligencia en cada capital europea, estaba mejor posicionada para dirigir la diplomacia alemana que el anticuado Ministerio de Relaciones Exteriores. Comenzó a enviar sus propios representantes a capitales neutrales y a establecer canales diplomáticos paralelos, socavando la autoridad de Ribbentrop. Esta ambición generaba tensiones constantes, pero Hitler generalmente favorecía a Kaltenbrunner, prefiriendo la verdad brutal de la inteligencia sobre el optimismo cortés de la diplomacia.
El 20 de julio de 1944, una bomba explotó en el cuartel general de Hitler en Rastenburg. El coronel Klaus von Stauffenberg había colocado un maletín con explosivos bajo la mesa de conferencias. La explosión mató a cuatro personas, pero Hitler sobrevivió, protegido por la mesa de roble macizo.
El golpe de estado planeado, la Operación Valquiria, fracasó en horas. Hitler confió la investigación a Kaltenbrunner, no a Himmler, una elección significativa que demostraba su confianza absoluta. Durante los siguientes meses, Kaltenbrunner dirigió personalmente los interrogatorios de los conspiradores en los sótanos de Prinz-Albrecht-Strasse, convertidos en cámaras de tortura.
Los métodos eran sistemáticos: privación de sueño, palizas con porras de goma, submarinos simulando ahogamiento y tortura psicológica amenazando familiares. Más de 7. 000 personas fueron arrestadas en la purga subsiguiente.
Los juicios comenzaron en agosto ante el Tribunal del Pueblo presidido por Roland Freisler, un juez fanático nazi conocido por gritar a los acusados y humillarlos públicamente. Las sesiones fueron filmadas por orden de Hitler, quien las veía repetidamente en su cine privado. Los acusados aparecían sin cinturones ni corbatas, obligados a sostener sus pantalones con las manos, despojados de dignidad antes de ser despojados de vida.
Las sentencias estaban decididas de antemano: muerte por ahorcamiento, pero no un ahorcamiento rápido con rotura de cuello. Hitler ordenó específicamente que fueran colgados con alambre de piano, una estrangulación lenta que podía tomar 10 o 15 minutos. Las ejecuciones fueron filmadas para entretenimiento personal de Hitler, y Kaltenbrunner supervisó personalmente las ejecuciones en la prisión de Plötzensee.
Más de 200 fueron colgados entre agosto de 1944 y abril de 1945, una purga que decapitó la oposición interna al nazismo.
La masacre de los conspiradores del 20 de julio consolidó la posición de Kaltenbrunner de manera definitiva. Hacia el final de la guerra, cuando el Reich se desintegraba bajo bombas aliadas y ofensivas soviéticas, Kaltenbrunner pasaba varias horas diarias con el Führer en el búnker de Berlín. Göring, Goebbels y Bormann notaban con preocupación y envidia esta intimidad.
Pero el poder de Kaltenbrunner se extendía mucho más allá de la política. Como jefe de la RSHA, heredó la responsabilidad operativa del genocidio. La Conferencia de Wannsee, celebrada el 20 de enero de 1942, había coordinado la “solución final de la cuestión judía”, un eufemismo burocrático para el exterminio sistemático de 11 millones de personas.
Kaltenbrunner no asistió a Wannsee, pero cuando asumió la RSHA 13 meses después, la maquinaria del exterminio ya funcionaba a toda capacidad.
Los campos en Polonia operaban según cronogramas establecidos: Auschwitz-Birkenau, Treblinka, Sobibor, Belzec, Chelmno, Majdanek. En el verano de 1943, en el pico de operaciones, Auschwitz asesinaba 10. 000 personas al día.
Los hornos crematorios no podían procesar tantos cadáveres, y los cuerpos eran quemados en fosas abiertas, el humo visible a kilómetros de distancia. Kaltenbrunner visitó Mauthausen regularmente durante su tiempo en Austria, y como jefe de la RSHA supervisaba todo el sistema de campos de concentración. Los registros administrativos muestran su participación directa: aprobación de presupuestos para construcción de nuevas cámaras de gas, autorizaciones para órdenes de Zyklon B, el gas venenoso usado en Auschwitz, y órdenes de transferencia de miles de prisioneros.
Su firma aparecía en documentos relacionados con “Sonderbehandlung”, tratamiento especial, el eufemismo burocrático para ejecución. Firmaba docenas de estas órdenes semanalmente, trámites rutinarios archivados entre informes de inteligencia y presupuestos departamentales.
La operación Reinhard, nombre en código para el exterminio de judíos polacos, generó ganancias masivas para las SS. Se confiscaron toneladas de oro, diamantes y moneda extranjera, todo pasando por oficinas de la RSHA. Informes semanales resumían productividad: número de ejecutados por campo, cantidad de propiedad procesada, problemas logísticos encontrados.
Kaltenbrunner recibía estos informes en su escritorio en Prinz-Albrechtstrasse, los leía y tomaba decisiones basadas en ellos. En Nuremberg, enfrentando acusación por crímenes contra la humanidad, Kaltenbrunner negó todo conocimiento del Holocausto. Afirmó nunca haber visitado un campo de exterminio e insistió en que su trabajo se limitaba a inteligencia y contrainteligencia.
Pero los documentos presentados por la fiscalía demostraron lo contrario. Su firma aparecía en órdenes de ejecución específicas, y Wilhelm Höttl, uno de sus subordinados en el Amt VI, testificó que Kaltenbrunner le había mencionado cifras específicas sobre judíos asesinados: aproximadamente 4 millones en campos de exterminio y 2 millones adicionales mediante Einsatzgruppen, escuadrones móviles de muerte que operaban en territorios soviéticos ocupados.
La defensa de Kaltenbrunner era simple pero legalmente inútil: “Seguía órdenes”. Hitler había ordenado la solución final, Himmler la había organizado, Heydrich la había coordinado. Kaltenbrunner simplemente administraba un sistema existente.
Pero esta defensa ignoraba la realidad de su poder. No era un burócrata menor atrapado en una maquinaria que no controlaba. Podía acelerar deportaciones o retrasarlas, asignar más recursos a campos específicos o reducirlos, transferir prisioneros de campos de trabajo a campos de exterminio.
Tenía poder discrecional sobre ejecuciones individuales mediante órdenes de tratamiento especial. Podía intervenir para salvar vidas si elegía hacerlo. Algunos funcionarios nazis lo hicieron: Oskar Schindler salvó más de 1.
000 judíos. Kaltenbrunner nunca usó su poder para salvar a nadie. Al contrario, lo usó consistentemente para acelerar el exterminio.
La participación de Kaltenbrunner incluía decisiones sobre experimentos médicos realizados en campos de concentración sin consentimiento de sujetos. Los doctores de las SS realizaban experimentación humana supuestamente para beneficiar el esfuerzo de guerra alemán: pruebas de hipotermia sumergiendo prisioneros en agua helada, inyecciones de enfermedades tropicales para probar medicamentos antimalaria, esterilizaciones masivas mediante radiación o inyecciones químicas, experimentos de altitud colocando prisioneros en cámaras de baja presión. Kaltenbrunner firmó autorizaciones permitiendo a doctores como Josef Mengele en Auschwitz y Sigmund Rascher en Dachau realizar sus investigaciones.
Los sujetos raramente sobrevivían. Los experimentos de hipotermia mataban aproximadamente el 80% de los sujetos mediante choque o paro cardíaco. Mengele realizó experimentos particularmente grotescos en gemelos, diseccionándolos vivos, inyectando químicos en sus ojos tratando de cambiar su color y amputando miembros sin anestesia.
Walter Schellenberg dirigía el Amt VI, inteligencia exterior de la RSHA. Bajo Kaltenbrunner, el Amt VI se expandió agresivamente, con estaciones en cada capital europea, redes de informantes en países neutrales y agentes infiltrados en gobiernos aliados. Una de las operaciones más exitosas fue la Operación Bernhard.
Bajo supervisión directa de Kaltenbrunner, la RSHA estableció en el campo de concentración de Sachsenhausen una operación secreta de falsificación. Prisioneros expertos en impresión, grabado y química fueron seleccionados para producir libras esterlinas británicas falsas de calidad perfecta. El objetivo era inundar la economía británica con moneda falsa, causando inflación descontrolada.
Entre 1942 y 1945, la operación produjo aproximadamente 9 millones de libras esterlinas en billetes falsos, tan buenos que los bancos británicos no podían distinguirlos de los reales. Kaltenbrunner usaba la operación Bernhard también para financiar operaciones de inteligencia: los billetes falsos pagaban informantes, sobornaban funcionarios y compraban influencia en países neutrales.
El Amt VI también desarrolló operaciones de sabotaje. Otto Skorzeny, oficial de las SS famoso por rescatar a Mussolini en 1943, dirigía unidades especiales dedicadas a misiones de alto riesgo. En septiembre de 1944, durante la Operación Market Garden, equipos de Skorzeny vestidos con uniformes aliados infiltraron líneas británicas.
En diciembre de 1944, durante la ofensiva de las Ardenas, la Operación Greif envió comandos alemanes disfrazados como soldados estadounidenses detrás de las líneas aliadas. Estas operaciones eran técnicamente crímenes de guerra, y Kaltenbrunner lo sabía. Aprobaba estas operaciones precisamente porque creaban terror desproporcionado a su efectividad militar.
Pero el mayor proyecto de inteligencia de Kaltenbrunner era algo diferente. A partir de 1943, comenzó a trabajar con un grupo de oficiales austríacos del antiguo Abwehr en un plan extraordinariamente ambicioso: establecer una Austria independiente que sirviera como estado tapón entre la Alemania nazi y la Unión Soviética, reconocida y protegida por las potencias occidentales.
El grupo argumentaba que los aliados occidentales no querrían una fuerte presencia soviética en Austria. Kaltenbrunner dio consentimiento tácito a estas maniobras, aunque no podía participar abiertamente sin traicionar a Hitler. En marzo de 1945, con la guerra claramente perdida, Höttl viajó a Suiza y contactó a representantes estadounidenses.
Allen Dulles, director de OSS en Europa, escuchó la propuesta. Los estadounidenses expresaron interés en la actitud de Kaltenbrunner hacia una Austria independiente. A principios de 1945, mientras los ejércitos aliados convergían en Alemania, comenzó a circular un rumor inquietante: los líderes nazis estaban preparando un último reducto en los Alpes austríacos.
Desde esta fortaleza natural, las SS y los fanáticos del partido descenderían como lobos para atacar las fuerzas de ocupación aliadas. El reducto nacional no era completamente mítico. Los aliados tenían razones para creerlo: fotografías de reconocimiento mostraban construcción de búnkers en las montañas al sur de Salzburgo, e interrogatorios de prisioneros alemanes indicaban movimiento de funcionarios del partido y unidades SS hacia los Alpes.
El 5 de mayo, mientras avanzaban hacia la zona del reducto, agentes del CIC encontraron una manifestación concreta del trabajo de Kaltenbrunner: el campo de concentración de Ebensee. Parecía más horrible incluso que Dachau. Cuerpos que uno nunca habría creído pudieran existir vivos caminaban alrededor cubiertos de llagas y piojos.
Adyacente al crematorio había habitaciones apiladas con cuerpos desnudos encogidos, cal arrojada sobre ellos para combatir el hedor. Peor aún era el hospital donde los moribundos y enfermos habían sido acinados para experimentación antes de ser llevados al crematorio. Cuando los soldados estadounidenses entraron, los prisioneros extendieron sus manos y rogaron por comida.
Cuando se les dijo que no había, se derrumbaron y sollozaron: “Hemos esperado por ustedes cuatro, cinco años. Ahora vienen con las manos vacías”.
Al día siguiente, 6 de mayo, la búsqueda de Kaltenbrunner se intensificó. En Bad Ischl, informantes reportaron que Kaltenbrunner y su esposa estaban en Strobl. La información venía de un teniente de la Wehrmacht que pertenecía al Movimiento de Libertad austríaco.
El camino a Strobl estaba congestionado con remanentes del Sexto Ejército Panzer SS retirándose ante los soviéticos. En Strobl, el burgomaestre admitió que el grupo Kaltenbrunner había estado alojándose en una finca en las afueras del pueblo. Allí fueron recibidos por una mujer rubia grande de aproximadamente 38 años, quien inmediatamente reconoció que era la señora Ernst Kaltenbrunner.
Con ella estaban sus tres hijos pequeños, pero no su esposo. Interrogada, la señora Kaltenbrunner reconoció que su esposo había estado con ella tan recientemente como el 3 de mayo, cuando había presidido una reunión a la que asistieron importantes funcionarios nazis, incluyendo a Otto Skorzeny.
El 9 de mayo era el Día de la Victoria en Europa. La guerra oficialmente había terminado, pero Ernst Kaltenbrunner permanecía libre, escondido en algún lugar de las montañas Totes Gebirge. Los agentes del CIC establecieron su base en Altaussee, pueblo de 4.
000 habitantes al final de un serpenteante camino de montaña. Se estableció una red de informantes desde la lista blanca de antinazis y los miembros más conocedores del Movimiento de Libertad. Los rumores proliferaban de que Kaltenbrunner, Ley, Aigruber y fuertes grupos de tropas SS se escondían en los recesos del Totes Gebirge.
Del 9 al 11 de mayo trabajaron 16 o 18 horas al día tratando de obtener alguna pista. El contacto más importante fue con Albrecht Gaiswinkler, agente británico que había sido lanzado en paracaídas en el área el 20 de abril. Gaiswinkler había descubierto que Wilhelm Waneck, jefe de la sección de inteligencia de la RSHA para el sureste de Europa, estaba operando una estación transmisora inalámbrica en la Villa Kerry.
Trabajando con Waneck estaban su adjunto Wilhelm Höttl, Werner Göttsch y varios otros funcionarios nazis. Los agentes arrestaron a este grupo y sellaron su cuartel general, deteniendo la operación de su transmisor. No sabían entonces que este era el centro de comunicaciones central para el reducto nacional y la única conexión de Kaltenbrunner con el mundo exterior.
Durante esos tres días, mientras buscaban rastros de los movimientos de Kaltenbrunner, identificaron diversos grupos sociales en Altaussee, cada uno ocupado tratando de establecer su premisa antinazi. Pero el grupo más prometedor comprendía a la condesa Gisela von Westarp, Iris Schiedler y el Dr. Rudolf Praxmar.
Gisela von Westarp era la amante de Kaltenbrunner, una rubia bonita de 22 años con ojos azules, vivaz y extremadamente inteligente. El 12 de marzo de 1945 le dio gemelos, Úrsula y Wolfgang. Iris Schiedler era la esposa de Arthur Schiedler, anteriormente ayudante de Heydrich y ahora de Kaltenbrunner.
El Dr. Rudolf Praxmar había sido compañero de clase y amigo de Kaltenbrunner en la Universidad de Graz y ahora era el jefe de hospitales de las SS y comandante militar de Altaussee. Los agentes recibieron una acusación contra Praxmar firmada por miembros de su propio personal: “Hasta dos días antes de la entrada de la fuerza de tarea estadounidense en Altaussee, Praxmar mantuvo asociación activa con el sabueso Kaltenbrunner.
No ha tenido miedo de albergarlo en el hospital y proveerle medicinas, comida y armas”.
Finalmente, en la mañana del 11 de mayo, recibieron su primera pieza sólida de información sobre la ubicación del escondite de Kaltenbrunner. Johann Brandauer reportó que el guardabosques de Altaussee, miembro del Movimiento de Libertad, había visto al general Kaltenbrunner, Schiedler y dos guardias de las SS cinco días antes en una cabaña llamada Wildensee Hütte, en lo alto del Totes Gebirge. Brandauer trajo no dos sino cuatro guías austríacos, todos exsoldados de la Wehrmacht.
Dijeron que tomaría cinco horas alcanzar la cabaña, con seis a nueve metros de nieve en el suelo y ninguna cobertura en los últimos cuatro kilómetros del camino. Tendrían que salir antes de medianoche para llegar bajo cobertura de oscuridad, mientras la corteza de la nieve todavía estuviera dura. El plan era sensible: el agente del CIC se vestiría con traje austríaco, Lederhosen, chaqueta y sombrero alpino y zapatos con clavos.
Se acercaría a la cabaña solo, desarmado, haciéndose pasar por un transeúnte cruzando las montañas camino a Stierling.
Esa tarde se envió por Gisela. Estaba extremadamente ansiosa por averiguar qué información tenían sobre Kaltenbrunner. Se le pidió que escribiera una nota instándolo a acompañar al portador a custodia segura con los estadounidenses en lugar de dejarse tomar y probablemente matar por los rusos.
Después de un momento de reflexión, cumplió. Esa noche, a las 11:30, la patrulla se reunió en la oficina del CIC para sesión informativa final. Los soldados de infantería, aunque se habían ofrecido como voluntarios, tenían algunas dudas sobre el plan y especialmente sobre ser guiados por exsoldados alemanes.
Querían que quedara claro que si daban un solo paso en falso, los guías serían patos muertos. Mientras partían a medianoche, el escuadrón de soldados cargados con rifles, granadas de mano y municiones parecía hacer tanto ruido como una compañía de tanques. Caminaron pasando el Hotel See, donde estaba acuartelado uno de los hospitales SS de Praxmar, y luego comenzaron a subir.
Había obstáculos inesperados: árboles derribados por fuertes avalanchas de nieve yacían a través del camino, y el puente peatonal sobre el arroyo Stammern había sido arrastrado en las inundaciones de primavera.
La infantería, cargada de armas y sin zapatos con clavos, los retrasó, y pronto fue claro que no podrían mantener su horario. Tres de los soldados, heridos por caídas, fueron dejados en el camino. A las 5 de la mañana, cuando el día comenzó a tocar el cielo, finalmente alcanzaron un paso cubierto de nieve desde el cual, a través de anteojos, podían ver la Wildensee Hütte.
Yacía a través de una gran extensión de pendiente expuesta hacia abajo y luego hacia arriba por una larga cresta desnuda, justo debajo de la cresta. Decidieron proceder directamente a plena vista en lugar de tomar una ruta circular para ganar cobertura de riscos sobresalientes. Se estaba haciendo tarde.
Todos estaban completamente cansados de romper la corteza hasta la pantorrilla a cada paso, y la cabaña parecía estar completamente desierta. Detrás de una cresta de nieve a unos 300 metros de la cabaña, dejaron a los cuatro guías austríacos y lo que quedaba del escuadrón de infantería, y trabajaron su camino alrededor al lado oeste ciego de la cabaña, aprovechando cualquier cobertura que hubiera.
Mientras se reía de sí mismo por ser tan cauteloso al acercarse a una cabaña evidentemente desierta, escuchó una señal de llamada de pájaro a la derecha. No era un pájaro. La cabaña era una típica choza alpina, dos habitaciones, un refugio de madera, un porche que daba hacia abajo de la pendiente.
Las persianas estaban cerradas herméticamente. No salía humo de la chimenea, no eran visibles huellas frescas en la nieve. Caminó hacia el porche y golpeó la puerta.
No hubo respuesta. Probó la puerta y la encontró cerrada con llave. Pero entonces un gemido somnoliento vino de la habitación de la izquierda.
Golpeó fuertemente la persiana de la ventana. Alguien salió de la cama y cruzó la habitación. La persiana se abrió revelando un hombre de aspecto rudo de aproximadamente 35 años.
“¿Kaltenbrunner?” preguntó. El agente dijo en alemán de sonido muy estadounidense que tenía frío y quería entrar, pero claramente no iba a invitarlo a entrar, así que fue directo al punto y le entregó la nota de Gisela para Kaltenbrunner.
El hombre la leyó cuidadosamente, pero luego dijo que no conocía a estas personas, que era solo un transeúnte en su camino a Bad Ischl.
En ese momento, el agente miró por encima del hombro pendiente abajo y vio a los cuatro guías subiendo con rifles colgados sobre sus hombros, observando que nada le había pasado. Habían decidido que no había peligro. Rápidamente, el hombre cruzó la habitación y tomó un revólver de sus pantalones colgando junto a la cama.
El agente se retiró a la protección del lado oeste de la cabaña, y el hombre cerró la persiana de golpe. Los guías alarmados trajeron a los ocho soldados de infantería en semicírculo alrededor del frente de la cabaña. Mientras se ejecutaba esta maniobra, el hombre en la cabaña abrió la puerta y salió al porche, quizás para negociar, pero cuando vio los refuerzos, rápidamente reentró, cerrando de golpe y atornillando la puerta detrás de él.
Con los hombres en posición, llamaron a los ocupantes a salir con las manos sobre las cabezas. Durante 10 minutos siguieron repitiendo este llamado sin resultados. No deseando empezar a disparar, fueron al porche y comenzaron a derribar la puerta.
Pero inmediatamente se abrió y cuatro hombres salieron con las manos sobre las cabezas. Habían decidido venir pacíficamente.
Dentro de la cabaña encontraron cuatro rifles de la Wehrmacht, cuatro revólveres, gran cantidad de municiones, dos pistolas ametralladoras y una ametralladora, esta última escondida en el hueco de la chimenea. También una caja de botellas de champán vacías, algunos bombones franceses, algunos cigarrillos estadounidenses libres de impuestos y gran cantidad de dinero falso estadounidense y británico. En el pozo de cenizas, en la base de la chimenea, había una foto de Kaltenbrunner con su esposa e hijos, copia de su último mensaje de radio a Fegelein para Himmler y Hitler, su tarjeta de identificación como jefe de la SIPO y el SD, y sus discos de identificación metálicos como hombre número dos.
Se interrogó a cada uno de los cuatro hombres. Dos de ellos admitieron que eran guardias de las SS, pero afirmaron que no tenían conexión con Kaltenbrunner. Kaltenbrunner y Schiedler, aunque no había error, al menos con el primero, se negaron a admitir sus identidades.
Tenían papeles falsos: Kaltenbrunner los de un médico dado de alta de la Wehrmacht y llevaba un kit médico y todos los accesorios usuales. Más tarde se tomó dolores para explicar que estos papeles no eran falsificados, sino la identificación auténtica de personas fallecidas. Esta distinción bastante fina era característica de sus esfuerzos por aparecer como un caballero austríaco y un buen católico.
Se mantuvo rígidamente en posición de atención durante el interrogatorio, tratando de crear una buena impresión inicial, siendo sincero y cooperativo. Schiedler era la antítesis. No hizo ningún intento de ocultar su ira.
Sus ojos destellaban furiosamente mientras cargaban pesadas mochilas en los cuatro hombres para el viaje de regreso al pueblo.
A las 11:30 de la mañana llegaron de vuelta a Altaussee, donde aparentemente había circulado la noticia de que una patrulla de montaña estaba regresando. Una multitud estaba reunida en la calle del pueblo. Al pasar al príncipe Johannes Lobkowitz comentó: “Veo que tienen a su hombre Kaltenbrunner”.
Y al mismo tiempo, Iris y Gisela se separaron de la multitud y corrieron y abrazaron a sus respectivos hombres. Kaltenbrunner y Schiedler ahora tuvieron que dejar caer sus máscaras. Con el tiempo, a través del interrogatorio y testimonio de Kaltenbrunner y otros, fue posible armar la historia de sus recientes esfuerzos por salvar algo de la derrota alemana.
El 18 de abril, Himmler lo había nombrado comandante en jefe de todas las fuerzas en el sur de Europa. Había reorganizado sus servicios de inteligencia como red de resistencia clandestina, dividiendo el comando entre Otto Skorzeny, jefe de las unidades de sabotaje, y Wilhelm Waneck, cuya estación de radio en la Villa Kerry mantenía contacto no solo con Kaltenbrunner y otros centros en el reducto y en Alemania, sino también con agentes de resistencia en las capitales del sur de Europa.
Waneck, sin embargo, con Werner Göttsch, Wilhelm Höttl y otros, concluyendo ya en 1943 que los nazis perderían la guerra, habían estado intrigando por una paz negociada con los aliados occidentales y un frente común contra Rusia. El plan era establecer un estado austríaco independiente en rebelión contra el Reich Nazi y apoyado por los angloamericanos. Kaltenbrunner fue informado de esta conspiración y dio consentimiento tácito, aunque no podía participar activamente.
En marzo de 1945, Höttl fue a Suiza y contactó a Allen Dulles. Los estadounidenses, se le dijo, no querían una fuerte influencia rusa en Austria y estaban particularmente interesados en la actitud de Kaltenbrunner hacia un estado austríaco independiente. Kaltenbrunner celebró dos reuniones con miembros de este grupo de Austria libre, en las que se discutió un gabinete provisional y se decidió que Kaltenbrunner, de acuerdo con los deseos estadounidenses, debería ser un asesor.
El 26 de abril en Strobl, Höttl reportó a Kaltenbrunner sobre los resultados de una segunda visita a Suiza. Se acordó en ese momento tratar de organizar una reunión entre Allen Dulles y Kaltenbrunner en Feldkirch, en Austria cerca de la frontera suiza. Pero las arenas se estaban agotando.
La guerra estaba llegando a un final inesperadamente rápido. Kaltenbrunner no podía continuar la salida política por más tiempo. Enfrentando captura mientras las tropas rusas y estadounidenses se cerraban, se retiró a Altaussee para despedirse de Gisela y desde allí con sus dos guardias de las SS y su ayudante Schiedler, hizo el ascenso al escondite de montaña entre los riscos nevados del Totes Gebirge.
Interrogado brevemente por el CIC en Altaussee antes de ser enviado al Tercer Ejército, Kaltenbrunner dijo que había tenido la intención de bajar de su retiro después de que las cosas se hubieran calmado y, sobre la base de las fuerzas clandestinas bajo su comando, su proyecto de Austria libre y su conocimiento del bolchevismo, llegar a términos con los aliados occidentales. “Si hay un hombre en Europa que conoce el bolchevismo, soy yo”. Se permitió a Gisela e Iris una última despedida llena de lágrimas antes de enviar a los dos hombres a cuarteles superiores.
Había un plan en marcha que nunca se materializó de tener a Kaltenbrunner hablando con el general Eisenhower y luego emitiendo una declaración llamando a la resistencia clandestina a terminar toda resistencia. Durante interrogatorios subsiguientes, Kaltenbrunner permaneció muy cooperativo, decidido a establecer su coartada. En el Tercer Ejército dijo que con el consentimiento de Hitler comenzó en 1945 a usar el servicio de inteligencia exterior para contrarrestar la influencia perniciosa de Ribbentrop y encontrar una salida política.
Escribió una carta a su esposa Lisl, claramente diseñada para ojos estadounidenses: “Mi propio destino yace en las manos de Dios. Estoy contento de que nunca me separé de él. No puedo creer que se me considere responsable de los errores de nuestros líderes, porque en el corto tiempo de mi actividad me he esforzado mucho por una actitud razonable, tanto interna como externa.
Deberían haber prestado más atención a mis palabras. No tenemos propiedad que valga la pena mencionar. Quizás el único recurso para ti será mi pequeña colección de sellos.
No era mi deber abrir la puerta al socialismo y la libertad como los imaginábamos y deseábamos. No he perdido la esperanza de que se descubra la verdad y de una decisión legal justa”.
Pero nunca negó su relación positiva con Hitler, una aparentemente bordeando la adoración. Su subordinado Wilhelm Höttl dijo de él que estaba fascinado por Hitler. “Creía en él sin reservas.
Creía que tenía una misión de servir a Hitler con toda su RSHA. Llegó a creer que Hitler era el hombre enviado por Dios. Esto se desarrolló en una manía”.
En julio, Kaltenbrunner fue enviado al Centro de Interrogación Británico 020 en las afueras de Londres. Allí, en un momento en que los horrores de los campos de concentración estaban saliendo a la luz, fue tomado como el primer prisionero que había jugado un papel significativo y responsable en el programa de exterminio. Se le dio tratamiento de tercer grado.
El resultado fue que de allí en adelante no solo no cooperó, sino que se negó incluso a admitir que tenía alguna responsabilidad en el sistema nazi. Se negó a admitir que conocía hombres que habían sido sus asociados más cercanos. Negó que alguna vez había estado cerca de un campo de concentración.
Se negó a admitir que firmó órdenes encarcelando personas en campos de concentración. En resumen, negó ese momento cualquier conexión con crímenes nazis o personas responsables de tales crímenes. Fue llevado a Nuremberg para el juicio con esposas, el único de los 21 principales acusados tratado de esta manera.
En noviembre, dos semanas antes de la apertura programada del juicio, se estableció un plan de seguridad. Los comandantes militares estadounidenses estaban ansiosos sobre asesinos solitarios, y Robert Ley había logrado suicidarse a pesar de las elaboradas precauciones supuestas. Kaltenbrunner parecía demacrado y pálido.
Claramente mostraba los efectos de lo que había pasado desde el 12 de mayo. No dio indicación de querer recordar. Parecía como si se hubiera hipnotizado a sí mismo en un estado de olvido completo.
Solo cuando se mencionó el nombre de Gisela, asintió y hizo varias preguntas sobre ella y los gemelos. Pero eso fue todo. En el día de apertura del juicio, para gran decepción de todos, Kaltenbrunner no estaba en el banquillo de los prisioneros.
Había sufrido una hemorragia cerebral la noche anterior. Pasaron tres semanas antes de que estuviera lo suficientemente bien para hacer su declaración: “No creo haberme hecho culpable en el sentido de la acusación”. El 10 de diciembre estaba presente en la escena descrita en el comunicado de prensa de la Oficina de Relaciones Públicas del Tribunal Militar Internacional: “Ernst Kaltenbrunner recibió una bienvenida fría de sus coacusados cuando hizo su aparición inicial en el juicio el lunes por la tarde.
Al entrar en el banquillo de los prisioneros, justo antes de que comenzara la sesión de la tarde, no se le ofrecieron manos de bienvenida para saludarlo. Cuando ofreció estrechar la mano de algunos de los acusados, hubo una reticencia notable de su parte. Tomando su asiento en el banquillo entre Wilhelm Keitel y Alfred Rosenberg, intentó entablar conversación con sus vecinos sin mucha suerte.
Cuando fue abordado por su propio abogado defensor, Kaltenbrunner extendió su mano. Su abogado, sin embargo, con estudiada casualidad, había cerrado sus manos detrás de su espalda”.
Ese día había recibido por correo una nota de Gisela para él, una nota de amor juvenil diciéndole que su corazón nunca debía enfriarse, que estaba pensando en él y siempre lo amaría. Más tarde esa semana, Kaltenbrunner sufrió una recurrencia de la hemorragia cerebral y no pudo regresar al banquillo hasta enero, pero sobrevivió a través de todo el juicio para ser ahorcado el 15 de octubre de 1946 con 11 de sus coacusados. El fantasma del Reich, el hombre que había administrado el Holocausto sin aparecer en fotografías, que había enviado millones a la muerte mientras permanecía invisible, finalmente encontró su fin al final de una soga en Nuremberg.
Su historia, marcada por la brutalidad más extrema y la invisibilidad más calculada, permanece como uno de los capítulos más oscuros de la historia humana, un recordatorio escalofriante de cómo el poder absoluto, ejercido desde las sombras, puede corromper absolutamente y destruir a millones.


