Goebbels | El Ascenso a Reichminister

Goebbels | El Ascenso a Reichminister

El 30 de abril de 1945, en las entrañas del búnker de la Cancillería del Reich en Berlín, Joseph Goebbels, el arquitecto de la propaganda nazi, puso fin a su vida junto a su esposa Magda, después de asesinar a sus seis hijos. Este acto final selló el destino de un hombre que, desde una infancia marcada por la enfermedad y el ostracismo, ascendió hasta convertirse en el Reichsminister de Propaganda del Tercer Reich, moldeando la conciencia de una nación con mentiras y manipulación. Su legado, manchado por la sangre de millones, se desvaneció entre las cenizas de un cráter de obús, pero su historia revela las profundidades de la ambición y la maldad humana.

Nacido el 29 de octubre de 1897 en la apacible localidad de Reid, en Renania del Norte-Westfalia, Joseph Goebbels llegó al mundo en el seno de una familia católica profundamente arraigada en la fe. Su padre, el meticuloso contable Friedrich Goebbels, y su madre, María Oldenhausen, fueron los arquitectos de sus primeros días, pero la infancia del futuro maestro de la propaganda se vio ensombrecida por la adversidad. A la temprana edad de cuatro años, una osteomielitis asoló su pierna derecha, dejándolo ligeramente cojo, un desafío físico que no solo marcó su cuerpo sino también su alma.

Este defecto físico se convirtió en un crisol de humillación que moldeó su destino, impulsándolo a refugiarse en las profundidades de su hogar. El aislamiento forzado, unido a su estatura diminuta, le ganó el despectivo apodo de “un leichter Schrumpf Germane”, un germano encogido y sin blanquear, entre aquellos que lo consideraban inferior. Desde las raíces de una infancia marcada por la enfermedad y el ostracismo, brotó el hombre que con el tiempo se erigiría como el maestro de las artes persuasivas en los turbulentos días del Tercer Reich.

La tenacidad de Goebbels se reveló desde temprana edad, cuando la asimetría de sus piernas lo llevó a calzar zapatos ortopédicos para compensar la longitud desigual de su extremidad derecha. A pesar de esta adversidad física, su intelecto brilló con esplendor en el ámbito académico, alzándose como el mejor de su promoción al concluir con éxito el bachillerato en 1917. El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 sumió a Goebbels en la frustración, pues su anhelo de servir en el ejército imperial alemán se vio truncado por su condición física.

Incapaz de participar en la contienda, fue testigo impotente de la desgracia que asolaba Alemania ante la falta de un horizonte claro para su futuro. Sus padres, preocupados y deseosos de brindarle una dirección, sugirieron encaminarse hacia la senda del sacerdocio. Goebbels accedió a esta propuesta y se enroló en la Sociedad Albertus Magnus, donde recibió la tutela de Johannes Mollen, pero su corazón no halló satisfacción en los estudios eclesiásticos.

En un giro que contrarió las expectativas parentales, abandonó esta senda en busca de su verdadera vocación universitaria.

El camino de Goebbels hacia la academia no estuvo exento de desafíos financieros. La familia solicitó un préstamo de 964 marcos a la Sociedad Albertus Magnus, comprometiéndose a reembolsarlo a largo plazo y sin intereses. La solicitud fue respaldada por el elogio de Johannes Mollen, quien afirmó que “Goebbels es hijo de buenos católicos y su religión y moralidad le hacen digno de toda recomendación”.

La transición desde las sendas eclesiásticas hacia la universidad marcó el comienzo de una trayectoria que lo llevaría a desempeñar un papel crucial en los eventos tumultuosos del siglo XX.

Realizando un vertiginoso recorrido por las altas esferas académicas, Joseph Goebbels, beneficiario de becas, dejó su huella en ocho universidades antes de graduarse con distinción en la Universidad de Berlín en 1921. Ese mismo año culminó su periplo universitario al obtener un doctorado en la Universidad de Heidelberg, donde presentó una tesis magistral sobre Wilhelm von Schütz bajo la dirección del erudito Freiherr von Waldberg. Su travesía universitaria no solo se tradujo en éxitos académicos, sino que también fue un periodo marcado por un compromiso apasionado con la filología y la literatura alemana.

Sumergido en las obras de los grandes maestros literarios, Goebbels desplegó una innata habilidad para analizar y contextualizar las complejidades del lenguaje y la narrativa. Este fervor académico se convertiría en la cuna de su destreza en la manipulación verbal, una habilidad que desempeñaría un papel central en su futuro como ministro de propaganda del Reich. Sin embargo, más allá de los logros académicos, las circunstancias políticas de la época dejaron una marca indeleble en su experiencia universitaria.

Testigo de los remolinos tumultuosos de la posguerra y la agitación política en Alemania, Goebbels se vio inmerso en un caldo de efervescencia ideológica. Estas turbulencias políticas fertilizaron las semillas de sus creencias radicales, configurando las bases de su posterior compromiso con el nacionalismo extremo. Su participación activa en círculos estudiantiles nacionalistas y su entusiasmo por las teorías raciales en boga en la época anticiparon su adhesión al ideario nazi.

En este crisol de influencias, gestó una lealtad ferviente a las nociones de pureza racial y la regeneración de una Alemania que él percibía como amenazada.

Después de su paso por las aulas universitarias, Joseph Goebbels se sumergió en el tejido de la vida laboral, desempeñándose primero como empleado en Dresde y posteriormente como voceador de títulos industriales en la bolsa. No obstante, su corazón palpitaba con una pasión que trascendía los números y las transacciones financieras, ya que lo que verdaderamente encendía su alma era el arte de la palabra y la oratoria. Desde temprana edad, canalizó su amor por las letras y la elocuencia a través de la pluma, escribiendo ardientes artículos y dramas que enviaba con esperanza a periódicos y editoriales.

Pero la puerta del éxito artístico le fue cerrada. Persistente en su búsqueda de expresión y reconocimiento, Goebbels extendió sus tentáculos literarios al proponerse como redactor para la prestigiosa revista Berliner Tagblatt, pero la fortuna no sonrió a estos proyectos, dejando un rastro de desilusión en su camino. Fue en este momento de desencanto que el destino lo condujo hacia una nueva senda: la política.

De manera fortuita, se topó con folletos del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP), los cuales absorbió con ferviente interés y compartió con sus camaradas.

Este encuentro casual marcó el inicio de su inmersión en las aguas tumultuosas del nacionalismo alemán, un viaje que lo conduciría a las alturas del poder en los años venideros. La década de 1920 en Alemania era un caldo de cultivo para el surgimiento de movimientos políticos radicales, y en este contexto, Goebbels encontró un terreno fértil para el florecimiento de sus creencias extremistas. Inspirado por la promesa de un renacimiento nacional, se entregó con fervor a las filas del partido nazi, marcando el inicio de una relación simbiótica con Adolf Hitler.

En los albores de enero de 1924, Joseph Goebbels se vio inmerso en un decisivo debate político que trascendía las divisiones entre socialistas y nacionalsocialistas. En un instante trascendental, se le extendió la invitación de ascender al estrado y dirigir palabras a la concurrencia. Con una voz que resonaba como un llamado a la historia, inició su discurso con las inmortales palabras “mis queridos compatriotas alemanes”, pero la mera insinuación de su afiliación nacionalsocialista desató la furia de los socialistas presentes, quienes entre abucheos e insultos le increparon como capitalista y explotador.

Ante esta desafiante situación, Goebbels, imperturbable, señaló con determinación a sus detractores y proclamó: “Aquel señor de allí que me llama capitalista, que venga por favor y que enseñe cómo hago yo el dinero que lleva encima, vamos a ver quién tiene más”. En un giro teatral, reveló un monedero prácticamente vacío, un gesto simbólico que resonó en las fibras de la audiencia. El aplauso ensordecedor que siguió fue la respuesta efusiva de aquellos que reconocieron en Goebbels a un guerrero retórico valiente.

Este episodio, más que una mera anécdota, marcó el momento culminante que condujo a Goebbels hacia las filas del partido nacionalsocialista. Formalizó su entrada al partido con el número de carnet 876, un símbolo de su compromiso recién forjado con las doctrinas y aspiraciones del nacionalsocialismo. El encuentro providencial con Adolf Hitler en 1924 marcó un hito en su vida, ya que ambos maestros de la oratoria quedaron impresionados mutuamente.

Hitler, recién liberado de prisión tras el fallido Putsch de Múnich, vislumbró en Goebbels un instrumento vital para su lucha política.

En 1926, Hitler encomendó a Goebbels una tarea aparentemente insoslayable: ser enviado a Berlín, la plaza más desafiante para un nacionalsocialista. Berlín, una ciudad que mostraba su preferencia por partidos monárquicos, conservadores o de izquierdas, representaba un terreno hostil para el NSDAP. Armado con el libro “Mein Kampf” bajo el brazo, Goebbels desembarcó en la estación de Potsdamer Bahnhof, enfrentándose a la adversidad con determinación.

Como líder del NSDAP en Berlín, asumió la tarea titánica de imponer orden y disciplina entre los seguidores del partido en la capital.

Sus estrategias abarcaron desde medidas económicas, como la imposición de una paga mensual y la venta de billetes para los mítines, hasta la reorganización de las milicias pardas de las SA bajo el liderazgo de Kurt Daluege. Además, lanzó un periódico local titulado “Der Angriff” (El Ataque) y desplegó carteles impactantes con letreros en rojo fuego que desafiaban a la opinión pública: “Lenin o Hitler, o el Kaiser de América habla en Berlín”. Estas medidas audaces tenían un propósito claro: generar controversia y conversación en torno al partido.

Goebbels, consciente del poder de la notoriedad, expresó su intención con palabras contundentes: “Los berlineses deben insultarnos, calumniarnos, combatirnos, vapulearnos, pero tienen que hablar de nosotros”. En el crisol de la hostilidad berlinesa, forjó su reputación como estratega incansable y hábil manipulador de la percepción pública, cuyas tácticas reverberarían a lo largo de la tumultuosa historia política de la Alemania de entreguerras. En la propaganda, como en el amor, todo está permitido; una mentira repetida mil veces se convierte en realidad.

Los discursos de Joseph Goebbels se erigieron en auténticos espectáculos que nadie quería perderse, desplegando un magnetismo y una energía inigualables que movilizaban a las masas con una fuerza casi hipnótica. Antes de cada discurso, el genio del micrófono preguntaba a sus colaboradores “qué disco ponemos hoy”, marcando así el inicio de una experiencia propagandística sin precedentes. Cada alocución se convertía en un acontecimiento cargado de simbolismo, acompañado por marchas, desfiles, ondeo de banderas, cánticos y coros que amplificaban la atmósfera de fervor.

La puntualidad no era su virtud, consciente de que la demora añadía una tensión palpable entre el público, anticipando el clímax de la espera. Los mítines de Goebbels, inflamados por su temperamento ardiente, a menudo desembocaban en violentos disturbios cuando los comunistas intentaban boicotear a los nacionalsocialistas. Estos enfrentamientos, plagados de tensiones, resultaban en ocasiones en heridos de ambos bandos, pero Goebbels, hábil manipulador de la percepción pública, convertía a los heridos de su bando en mártires, elevándolos a la categoría de héroes ante la opinión pública.

No obstante, la violencia en estos eventos a veces llevaba a la intervención policial y la suspensión de las reuniones del NSDAP por motivos de orden público. Rápidamente, Goebbels adaptaba el propósito del mitin, transformándolo en un evento deportivo o turístico, demostrando una versatilidad estratégica que marcó su dominio en el arte de la propaganda. Tras la histórica victoria del NSDAP en las elecciones de 1933, que otorgó al partido 107 escaños en el Reichstag, Joseph Goebbels ascendió al estatus de diputado.

Este nuevo rol no solo le proporcionó una plataforma política más amplia, sino que también le brindó la oportunidad de intensificar la maquinaria propagandística del partido mediante tácticas innovadoras y medios más eficaces. Goebbels, hábil estratega de la propaganda, desplegó una gama de tácticas publicitarias sin precedentes. La transmisión de sus discursos por la radio llevó su mensaje a los rincones más remotos de Alemania, mientras que la distribución masiva de 50,000 discos de gramófono amplificó su presencia auditiva en todo el país.

Además, la proyección de documentales cinematográficos en diversos lugares, desde salas hasta polideportivos, jardines públicos, cafés y restaurantes, garantizó que su mensaje resonara en múltiples estratos de la sociedad. Incluso más allá de los límites convencionales, Goebbels demostró su ingenio al contratar aviones para lanzar pasquines desde el cielo, llevando consigo el mensaje impactante de “El Führer llega del cielo”. Estas tácticas audaces reflejaban su capacidad para adaptarse a los medios modernos y su determinación implacable para difundir la ideología nacionalsocialista.

El corazón de Joseph Goebbels encontró su máxima expresión en el amorío con Magda Quandt, una relación que culminaría en matrimonio. Magda encontró el amor con Goebbels mientras trabajaba como secretaria en los archivos del NSDAP; la conexión fue instantánea. El 12 de diciembre de 1931, con Adolf Hitler como padrino, Joseph Goebbels y Magda contrajeron matrimonio.

Este amor fructificó en una familia que encabezó la iniciativa de honrar a Hitler nombrando a sus seis hijos con la letra “H”.

Además, Goebbels asumió el papel de padrastro con Harald, el hijo de diez años del matrimonio anterior de Magda, quien eventualmente se convertiría en piloto de la Luftwaffe. Este vínculo familiar fortaleció el entrelazamiento de las vidas de Goebbels y Magda, marcando una conexión que persistiría en los años tumultuosos que se avecinaban. La intensidad y agresividad de los discursos de Joseph Goebbels en el Reichstag alcanzaron tal nivel que en febrero de 1932, el parlamento lo expulsó y retiró su acta de diputado por insultar al presidente Paul von Hindenburg.

Este momento crítico amenazó con convertir a Goebbels en un paria político, ya que en abril enfrentó acusaciones de alta traición por parte del Reichstag. Sin embargo, la fortuna de Goebbels dio un giro radical en enero de 1933, cuando el NSDAP alcanzó el poder tras las elecciones y Adolf Hitler se erigió como Führer del Tercer Reich. Este cambio de eventos restauró el prestigio perdido de Goebbels y lo colocó nuevamente en el centro de la escena política.

El 13 de marzo de 1933, fue designado ministro de Propaganda del Tercer Reich.

Simultáneamente, asumió el cargo de gobernador Gauleiter de Berlín, responsabilidades que desempeñó hasta el final de su vida, consolidando su posición como una figura central en el aparato propagandístico del régimen nazi. Hasta esa fecha, toda la travesía de Goebbels en la lucha por el poder quedó plasmada en dos memorias personales que él mismo redactó bajo los títulos “La batalla por Berlín” y “Camp un Berlin”, reflejando su perspectiva única sobre los eventos que le llevaron desde la periferia del ostracismo político hasta las altas esferas del régimen nazi.

Una de las primeras maquinaciones de Joseph Goebbels como ministro de Propaganda fue colaborar en la construcción de una engañosa narrativa destinada a consolidar la posición de Adolf Hitler en el poder. Esta intriga tomó forma en la creación de una falsedad diseñada para atribuir a los comunistas el incendio del Reichstag. La ejecución magistral de esta estratagema resultó ser un éxito rotundo, permitiendo a los nacionalsocialistas persuadir al presidente Von Hindenburg para que decretara la ilegalización de partidos políticos, sindicatos y asociaciones, consolidando así el control autoritario del régimen.

En el año siguiente, 1934, Goebbels desempeñó un papel crucial en otra artimaña destinada a desacreditar y purgar a las SA. Inventó una supuesta traición dentro de esta milicia paramilitar, lo que llevó a una purga brutal conocida como la Noche de los Cuchillos Largos. En esta operación, las SS lideradas por Heinrich Himmler llevaron a cabo ejecuciones sumarias, incluyendo al líder de las SA, Ernst Röhm.

Goebbels, al contribuir a esta maniobra maestra de manipulación política, consolidó aún más la posición de Hitler y las SS en el tejido del Tercer Reich.

Durante su incumbencia como ministro de Propaganda, Joseph Goebbels se propuso apropiarse por completo de la cultura alemana, creando una narrativa que reflejara los valores pangermánicos y las virtudes del nacionalsocialismo. Desplegando una maestría estratégica, rápidamente consolidó su control sobre la prensa, la radio y todos los medios de comunicación, pero su mayor conquista fue la industria cinematográfica. Goebbels aseguró su dominio sobre los estudios del Universum Film AG (UFA), convirtiéndolos en una herramienta propagandística poderosa para proyectar películas que exaltaban la ideología nacionalsocialista.

Entre sus notables logros se encuentra la contratación de la directora de cine Leni Riefenstahl, quien fue responsable de los destacados documentales “Olimpia” y “El triunfo de la voluntad”. Estas obras, internacionalmente elogiadas, se estrenaron en coincidencia con los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, sirviendo como vehículos cinematográficos para la proyección de la grandiosidad del régimen nazi en el ámbito internacional. Se catapultó a la fama a través de la agencia de prensa Transoceánica, un entramado político que tejía una extensa red de periodistas distribuidos por todo el mundo.

Esta red, compuesta por 83 expertos solo en Londres y una miríada de colaboradores en otros países, editaba 300 periódicos de ideología nacionalsocialista y contribuía con artículos en otras 350 publicaciones. La maquinaria propagandística de Goebbels se extendía por el globo, consolidando la presencia del nazismo en la esfera mediática internacional. Mientras promovía la cultura nacionalsocialista, no escatimó esfuerzos en neutralizar y silenciar las voces de la oposición, siendo su primera víctima la expropiación de la casa editorial Ullstein.

De manera ágil, elaboró una lista negra que incluía periódicos, revistas y editoriales consideradas antipatriotas, al tiempo que perseguía libros y publicaciones de escritores sospechosos de ser comunistas, masones o judíos. Entre ellos figuras como Karl Marx, Stefan Zweig, Erich Kästner, Heinrich Heine y Sigmund Freud. Estas obras fueron condenadas al fuego en grandes piras públicas en un acto simbólico de represión cultural.

Demostrando ingenio propagandístico, Goebbels incluso organizó una exposición de “arte degenerado” para denigrar obras de reconocidos artistas como Pierre-Auguste Renoir, Vincent van Gogh y Paul Gauguin.

Fuera del ámbito político, el patrimonio de Goebbels creció considerablemente gracias a su salario, los 4,000 marcos que recibía por cada artículo en el periódico “Das Reich” y las ganancias de su libro “El bolchevismo en teoría y práctica”. Este próspero flujo de ingresos le permitió adquirir varias fincas en lugares como Schwanenwerder, Wannsee, Lanke y Bogensee. Además, ostentaba un lujoso automóvil blindado Mercedes, regalo de Hitler, equipado con una carrocería de 8 mm a prueba de balas y minas.

La vida personal de Goebbels también estaba marcada por la opulencia y el escándalo. Su constante flujo de ingresos le permitió disfrutar de numerosas amantes, usualmente secretarias jóvenes del NSDAP o actrices. En 1938, su matrimonio con Magda estuvo al borde del colapso cuando ella descubrió su aventura con la actriz checoslovaca Lída Baarová, vecina en la finca de Schwanenwerder.

La intervención de Hitler, quien expulsó a la amante checa del país, impidió el divorcio y preservó la apariencia de estabilidad en el matrimonio de Goebbels.

Tres días después del inicio de la Segunda Guerra Mundial, el 3 de septiembre de 1939, el submarino alemán U-30 hundió al transatlántico británico SS Athenia, cobrándose la vida de 112 pasajeros, entre ellos varios ciudadanos estadounidenses. Goebbels aprovechó inmediatamente este trágico suceso para tejer una mentira maestra a través del periódico “Völkischer Beobachter”. En un artículo, afirmó que los propios británicos habían hundido el Athenia con la intención de culpar al Tercer Reich y forzar la entrada de Estados Unidos en la contienda.

Este incidente, junto con otros manipulados a lo largo de la guerra, ilustra la maestría de Goebbels en la manipulación propagandística. Una de las maquinaciones más notorias fue aceptar la rendición de Francia en 1940 en el mismo vagón donde se firmó el armisticio de Compiègne tras la capitulación alemana en la Primera Guerra Mundial. Esta humillación, que los franceses soportaron dos décadas después de haberla infligido a los alemanes, fue una idea astuta de Goebbels para consolidar la victoria alemana.

En 1941, con la invasión de la Unión Soviética, Goebbels se destacó por transmitir triunfos sobre el Ejército Rojo a través de la radio, acompañados de trompetas y música de Richard Wagner. En su implacable persecución contra los judíos, justificó su aislamiento en guetos polacos mediante películas como “El judío Süß”, “El judío eterno” y “Los Rothschild”. Goebbels no solo manejó la propaganda en el frente interno, sino que también brindó una plataforma en Radio Hamburgo a William Joyce, un inglés de la Unión de Fascistas Británicos, para emitir propaganda contra Inglaterra.

Además, Goebbels desempeñó el papel de astrólogo junto a Hitler, explorando horóscopos y profecías de Nostradamus para prever eventos en el campo de batalla. El 13 de febrero de 1943, apenas once días después de la derrota en la batalla de Stalingrado, pronunció la declaración de guerra total en un mitin en el Palacio de los Deportes de Berlín. A partir de ese momento, movilizó a la población alemana, incluyendo niños y ancianos, dentro del Volkssturm, conocido como el ejército del pueblo.

A principios de 1945, en un desesperado intento por resistir el avance imparable del Ejército Rojo desde el este y de los aliados desde el oeste, Hitler designó a Goebbels como el defensor de Berlín. Desde los micrófonos de la radio, emitió órdenes para llevar a cabo la táctica de la tierra quemada, instando a los alemanes a destruir todo a su paso y dejar solo cenizas para el enemigo que se acercaba. En un giro alarmante, denunció la Convención de Ginebra, alentando a los defensores de la capital a ejecutar a los pilotos norteamericanos y británicos.

Durante los últimos días de la guerra, Goebbels no abandonó su creencia en la astrología ni en las señales milagrosas. Por ejemplo, interpretó la muerte del presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, como un golpe de suerte proporcionado por las fuerzas astrológicas, asegurándose a Hitler en una llamada telefónica. Estos momentos finales marcaron la culminación de la carrera de Goebbels como estratega de la propaganda, llevando a extremos brutales sus tácticas y mostrando una fidelidad inquebrantable a Hitler incluso en los momentos más desesperados.

En los ardientes días de 1943, el doctor Goebbels escribía en su diario: “Stalingrado está perdido. A mediodía almuerzo solo con el Führer en su refugio. La entrevista comienza con el análisis de la situación militar.

Me muestra un resumen sobre la conducta de los italianos que ha sido transmitido al Führer por oficiales del frente. Parece casi una llamada de socorro. La información es tan atroz que el Führer me ordena no divulgar jamás su contenido.

Solo es posible revelarse ante tanta ligereza, cinismo y cobardía. Es cierto que los italianos han sido siempre una pandilla de cobardes, pero nunca se habían mostrado tan viles.”

“El Führer también está muy descontento con la Luftwaffe. Últimamente funciona algo mejor desde que Milch se encarga de la organización de los transportes aéreos hacia Stalingrado, pero sigue siendo insuficiente. Lo que recibe Stalingrado es lo justo para no morir, pero demasiado poco para vivir.

Probablemente tengamos que hacernos a la idea de que las 22 divisiones están perdidas. En medio de la entrevista se recibe una llamada telefónica de Zeitzler. La situación en Stalingrado es gravísima.

Los bolcheviques han roto las líneas alemanas en 6 km. Nuestras tropas no son capaces de resistir, idas por el hambre y el frío son incapaces de combatir.”

“La noticia afecta profundamente al Führer. Tenía la esperanza de que aún fuera posible mantener una fuerza armada en Stalingrado y liberarla más adelante. Esto me anima a exponer mi programa con mayor énfasis.

Repito todas las ideas que he definido tantas veces como mi programa, lo titulo ‘Conducción de la guerra total’. Incluye el servicio obligatorio para las mujeres, la disolución de todas las instituciones y empresas no necesarias para la guerra, y la subordinación de la vida civil al esfuerzo de la guerra. El Führer acepta de inmediato todo lo que le propongo.

Incluso en algunos puntos llega más lejos.”

“Desde ahora tenemos el campo libre. El Führer nos da rienda suelta. Sé perfectamente que a causa de estas medidas me crearé enemigos.

No me importa si estas permiten ganar la guerra, seré su artífice ante la historia. De momento, mi único temor es que le pase algo al Führer. Ya tiene 54 años y no es cosa que se deba tomar a la ligera.

Él me dice que de vez en cuando enferma y que ya no se siente capaz de afrontar duras pruebas. Debemos ahorrarle preocupaciones. A pesar de estas crisis, de todo este peso, su fuerza interior sigue siendo admirable.”

“Sabe también, como todos nosotros, que desde ahora luchamos por nuestra existencia, pero decidido a combatir hasta el final. Él sigue firmemente convencido de que esta lucha se saldará con nuestra victoria. El joven mayor que fue, por orden del Führer, el último en abandonar Stalingrado, presenta su informe en casa de Hitler y luego en la mía.

Su descripción sobre Stalingrado es conmovedora. Las tropas no tienen alimentos, ni munición, ni combustible. Están sentadas en fila en sus refugios, hambrientas y ateridas de frío.

La imagen de una antigua grandeza. Faltan palabras para describir este 𝒹𝓇𝒶𝓂𝒶 heroico.”

“Delgado, este oficial tiene la mirada hundida, habla de manera agitada pero se limita a los hechos. Describe la moral de las tropas como por encima de cualquier elogio. Solo se puede admirar el coraje que demuestran estas gentes sencillas por la causa del Reich.

En sus cartas se despiden de sus familias. A continuación, miran la muerte de frente y luchan hasta el último cartucho. En todas las unidades circula la pregunta: ¿para quién será la última bala, para el ruso o para mí?

Muy pocos se rinden. Qué heroísmo, qué dura y sangrienta lección para nosotros.”

“Una lección que no podemos olvidar. Si tenía reticencias en llevar a cabo mi programa, debería sentir vergüenza. En el refugio del Führer permanecemos ante la chimenea en compañía de Speer durante horas.

Reina un ambiente melancólico. Las noticias de Stalingrado son opresivas, pero debemos sobreponernos. El Führer se alegra de que me quede con él toda la noche.

Yo también me siento feliz de hacerle compañía en este día trágico. Me ruega insistentemente que vuelva. Dice que tiene muchas cosas que contarme y que mi presencia lo tranquiliza.

Esta confesión me llena de alegría.”

El 31 de enero de 1943, Goebbels escribió: “Queréis la guerra total. Por la tarde a las 5 tiene lugar la manifestación tan esperada en el Sportpalast. La afluencia es impresionante.

Recuerda el furor salvaje del pueblo. El público pertenece a todos los estratos sociales, desde el gobierno hasta el obrero anónimo. Mi discurso causa gran impresión.

La reacción del gentío apenas puede describirse. Nunca antes el Sportpalast fue testigo de escenas de tanta agitación como al final de la manifestación, cuando planteé al público 10 preguntas. La gente respondía con una tormenta de aprobaciones.”

“Esta manifestación causará gran impresión no solo en el Reich, sino también en países neutrales e incluso en el enemigo. Mi oratoria está en plena forma. Gracias a mí, la sala se encuentra en un estado que se asemeja espiritualmente a una movilización total.

Por la noche, algunos invitados declararon que esta manifestación fue una especie de golpe de estado silencioso. La guerra total ya no es cosa de unos pocos hombres sagaces. Desde ahora tiene el apoyo del pueblo.

Ya nadie del grupo de los dirigentes puede oponerse a ella. Esperemos que la frase que cerraba mi discurso se convierta en realidad: ‘Pueblo, álzate y que sople la tempestad’.”

El 27 de octubre de 1943, anotó: “Diferencias con el Führer en lo que se refiere a la posibilidad de una paz independiente con los ingleses o con los soviéticos. Mantengo mi punto de vista, que es diametralmente opuesto al del Führer. Él piensa que se podría alcanzar un acuerdo con los soviéticos basándose en lo que ocurrió en 1939 tras la campaña de Polonia.

De esta forma tendríamos las manos libres en el Oeste y podríamos aplastar a Inglaterra desde la base de operaciones que constituye la costa atlántica. Posteriormente habría que plantearse cómo conseguir en el Este el espacio vital que necesitamos.”

“Pero esto no tendrá lugar forzosamente en un futuro próximo. Con resignación, el Führer dice que ya será demasiado viejo para llevar a cabo esta lucha.” En julio y agosto de 1944, tras el atentado fallido contra Hitler, Goebbels escribió: “Me reúno de nuevo con el Führer.

Sale de su refugio para venir a mi encuentro. Nuestras primeras palabras me trastornan. Estoy emocionado hasta lo más profundo de verlo delante de mí sano y salvo.

La escena no está exenta de solemnidad. Tengo la sensación de estar frente a un hombre que trabaja bajo la protección de Dios. Sin embargo, su aspecto es el de una persona cansada.”

“Su frente muestra heridas superficiales, cojea ligeramente, ha sufrido quemaduras y en el brazo tiene contusiones. Aparte de esto no tiene nada. Lo único que me preocupa es que el Führer se ha hecho muy viejo.

Da impresión de fragilidad causada por sus heridas. Todo su ser se caracteriza por una extrema bondad. Nunca lo había visto tan entrañable como aquel día.

No se puede sentir más que afecto por él. Es el mayor genio vivo de nuestra época. Junto a él alcanzaremos la victoria o nos hundiremos heroicamente.”

“A mediodía vuelvo a hablar con Keitel sobre el proceso del juicio del 20 de julio. El Führer ha dado la orden de constituir un tribunal de honor formado por mariscales y generales, entre los que figuran Keitel, Guderian, Scherff, Specht y otros. Los condenados a muerte serán ahorcados vestidos de presidiarios.

Me parece una buena decisión y gustará a todo el pueblo alemán. En lo que se refiere al juicio del próximo lunes, el Führer se ha mostrado de acuerdo con el procedimiento que he propuesto. Enviaré un ejército de periodistas de primera clase que redactarán sobre el asunto un informe formidable destinado al gran público.”

“Previamente, el sábado me entrevistaré con Freisler y repasaré con él punto por punto el modo en que debe desarrollarse el juicio. No se tolerarán alegatos verbosos o debates prolijos. Los acusados no tendrán la posibilidad de proferir sandeces pacifistas.

Deberán expresarse únicamente con relación a los hechos. Estoy viendo la película del juicio de Geldorp. Observo abatido su hundimiento ante el tribunal.

Tienen un tono lloroso y declara abiertamente haber actuado como un traidor y haberse comportado sin fe ni ley hacia el Führer. Me resulta conmovedor ver a ese hombre tan cercano a mí en otros tiempos.”

El 23 y 26 de agosto de 1944, escribió sobre la Batalla de Francia: “En lo que se refiere a la batalla de Francia, los aliados tienen grandes esperanzas en la actividad del maquis francés. Efectivamente, nos hemos visto superados por los movimientos clandestinos, cosa que yo no había previsto. Nuestra inteligente y clarividente política extranjera ha conseguido convertir a unos franceses pacifistas en combatientes nacionalistas.

Apenas se puede imaginar peor fracaso. Ni ingleses ni americanos han tenido problemas para hacerse con la población gala. La política que hemos desarrollado allí les ha dado las condiciones más favorables.”

El 4 de diciembre de 1944, anotó: “Adolf viene a tomar el té. El Führer nos causa a todos extrema alegría al aparecer para tomar el té con nosotros. Causa sensación porque hace ya años que ha dejado de hacer visitas privadas, pero aceptó la invitación de Magda y se muestra encantado de encontrarse de nuevo en nuestra casa, en nuestro círculo familiar.

Es fácil imaginar nuestra felicidad. Se le recibe como aparte de la familia y los niños se han puesto pantalones largos para la ocasión. El Führer se alegra de que nuestra casa esté en relación con otras intacta.”

“Se entusiasma con los niños, que no había visto desde hace 4 años. Se maravilla con todos ellos, especialmente con Helga y Hilde, convertidas ya en auténticas señoritas. El Führer se queda con nosotros durante dos horas, de las que aprovechamos cada minuto para charlar y evocar recuerdos.

Se extiende sobre los problemas de la degeneración del arte a la vista de unos cuadros de buena factura que hemos colgado en su honor en las estancias de nuestra casa. También hablamos de música y de los combates. Él está muy impresionado por la violencia de la guerra aérea.”

“Las pérdidas que deploramos le causan gran dolor, pero una vez más subraya que ha hecho todo lo que estaba en su mano por evitar este tipo de guerra, lo que es totalmente cierto. No ha escatimado medio alguno para que la lucha se desarrolle de forma más humana. Es Churchill quien siempre ha querido que la guerra adopte esta forma bárbara.”

El 13 de marzo de 1945, escribió: “Ya no hay ministerio. El ataque de mosquitos de esta noche tiene consecuencias trágicas para mí, ya que alcanza a nuestro ministerio. El bello edificio de la Wilhelmstrasse ha sido destruido por una mina.”

“La sala del trono, la galería azul y la sala del teatro que yo mismo hice reconstruir son un campo de ruinas. Se me revuelve el corazón ante la idea de que una obra de arte haya sido arrasada en un segundo. Hace exactamente 12 años, este mismo día, 13 de marzo, entré como ministro en este ministerio.

Muy mal presagio para los próximos 12 años.” El 28 de marzo de 1945, anotó: “Un ambiente de fin del mundo. El jardín de la Cancillería del Reich ofrece un espectáculo desolador.

No es más que un montón de escombros.”

“Se están reforzando las instalaciones del refugio del Führer, que está firmemente decidido a quedarse en Berlín incluso si la situación se vuelve dramática. En su entorno militar reina un ambiente de fin del mundo, prueba de que el Führer solo ha reunido a su alrededor a personas débiles en las que no puede apoyarse en caso de emergencia. El Führer confía de forma inquebrantable en su buena estrella, lo que es admirable.

Siempre se tiene la impresión de que vive en otra parte, pero ya ha caído muy a menudo de las nubes.”

“Sigue convencido de que la crisis política en el seno del campo enemigo justifica nuestras mayores esperanzas, por pequeñas que sean. No realiza ya ningún cambio de personal, ya sea en el gobierno o en la diplomacia. Göring sigue en su puesto y Ribbentrop también.

El Führer muestra una amplitud de miras como en raras ocasiones. Me siento feliz de tener su confianza. Me gustaría tanto ayudarlo con sus preocupaciones, pero mis posibilidades están limitadas.

En cualquier caso, voy a hacer todo lo que está en mi mano para evitárselas.”

“Hay que luchar, aguantar y resistir. Debemos pensar como revolucionarios y más aún actuar como tales. Ha llegado la hora de romper las últimas cáscaras de huevos de los burgueses.

Las medias tintas ya no nos sirven. Ha llegado la hora de los hombres hechos y derechos y de las acciones integrales. Por terrible que sea la situación, podemos manejarla.

Por la noche, después del ataque de los mosquitos, ojeo una serie de papeles privados que se remontan a la época de nuestra lucha política. Esta lectura despierta en mí un cúmulo de recuerdos. Parece como si me enviaran un saludo desde la lejanía de aquellos tiempos felices que ya no volverán.”

En los postreros meses de la contienda, se evidenció una metamorfosis en el papel desempeñado por Joseph Goebbels en el seno de la nación alemana. Con la ausencia perceptible de Adolf Hitler, Goebbels asumió una carga monumental al liderar el Volkssturm. Con tenacidad y retórica hábil, se erigió como el portavoz de una nación en declive, arrostrando las responsabilidades de un liderazgo que hasta entonces había recaído principalmente en el Führer.

El exhausto ejército alemán encargado de proteger Berlín desplegó sus fuerzas en las afueras de la capital.

El noveno ejército del General Teodor Busse se situó al sureste junto al río Neisse, el tercer ejército Panzer del General Félix Steiner al noroeste, y el duodécimo ejército del General Walter Wenck al oeste junto al río Elba. En la capital alemana ya solo se encontraban los últimos 90,000 defensores del Reich, distribuidos entre veteranos regulares, milicianos del Volkssturm, combatientes de las Juventudes Hitlerianas y policías de la gendarmería berlinesa. Las Waffen-SS, lideradas por el Reichsführer Heinrich Himmler, eran el otro gran conglomerado de tropas.

Sus efectivos, integrados por voluntarios extranjeros, completaban un tercio del total de los defensores. Entre estas tropas se destacaban la división de granaderos francesa “Charlemagne” y la unidad SS española comandada por Miguel Ezquerra. El estado anímico de los alemanes en Berlín era una mezcla abrumadora de desesperación, temor y desconcierto.

La población civil que aún se encontraba en la ciudad estaba agotada por años de guerra, racionamiento y propaganda. Las familias se refugiaban en búnkeres y sótanos, buscando protección contra los bombardeos constantes.

Los ciudadanos se enfrentaban a la escasez de alimentos, la falta de agua potable y la carestía de suministros básicos. En un acto de fidelidad inquebrantable, Goebbels no solo se mantuvo junto a Adolf Hitler, sino que también se postuló en esencia como el heredero designado del Tercer Reich. Con Himmler y Göring distanciándose de las ruinas de un régimen en colapso, Goebbels asumió una posición central, dispuesto a cargar con el peso de la lealtad y la continuidad hasta el amargo final.

La relación entre Goebbels y Hitler se consolidó en estos momentos críticos, donde el ministro de propaganda no solo actuaba como defensor de la ideología nazi, sino también como un confidente cercano del líder germano. En sus discursos finales y en sus apariciones públicas, Goebbels no solo expresaba la voluntad de resistir hasta el último aliento, sino que también sutilmente se presentaba como el sucesor lógico en caso de que Hitler sucumbiera. El 21 de abril de 1945, la atmósfera en Berlín se caracterizaba por una aguda tensión.

Los nervios se hallaban en un estado de exacerbación. El derrumbe de la ineludible realidad y la falsa confianza en la victoria se manifestaban con mayor frecuencia. Las fuerzas soviéticas ya se encontraban a una distancia de aproximadamente 24 km al norte, en Múrberg.

Simultáneamente, se difundía en la ciudad la inquietante noticia de una nueva ofensiva rusa en desarrollo desde el sur hacia la capital del Reich. En este escenario, la resistencia residía exclusivamente en la fuerza de voluntad y la ilusoria esperanza en la anhelada desintegración de la coalición enemiga.

Refugiado en el cuartel general, Goebbels pronunció ese día su postrer discurso dirigido al pueblo alemán: “Mi pueblo berlinés del Volkssturm, en los últimos días ha sufrido las más graves pérdidas. Su despliegue no ha podido impedir que los bolcheviques se acerquen a las defensas de la capital del Reich. Con ello, Berlín se ha convertido en frente.

Berlín, los ataques están dirigidos contra vosotros, mujeres, madres y niños. Os han arrebatado vuestra vida, vuestra felicidad, vuestra salud y vuestro futuro. Conocéis ahora vuestra tarea y sé que la cumpliréis de manera ejemplar.”

“Ha llegado la hora de la prueba. Con la defensa militar de la capital del Reich, el Führer ha ascendido al comandante de la ciudad al grado de Caballero de la Cruz de Hierro. Todos los soldados y el Volkssturm pueden confiar incondicionalmente en su liderazgo, a menudo probado en esta guerra.

Yo me quedo con mis colaboradores en Berlín. También mi mujer y mis hijos están aquí y se quedan aquí. Con todos los medios activaré la defensa de la capital del Reich.

Mi pensamiento y mi acción están al servicio del bien y de la defensa de nuestro enemigo común.”

“En las murallas de nuestra ciudad, la tormenta mongola debe y será quebrada. Nuestra lucha será el faro para la lucha decidida de toda la nación. Llenos de la voluntad fanática de no dejar caer la capital del Reich en manos de los bolcheviques, hemos emprendido nuestra lucha solidaria.”

Coincidiendo con el 56 cumpleaños de Hitler, Goebbels se trasladó al búnker bajo la Cancillería para correr la misma suerte que él. Consigo trajo a su esposa Magda y a sus seis hijos, que se alojaron bajo las entrañas de la tierra para evitar ser alcanzados por las bombas.

Allí pasaron diez días, siendo testigos los dos Goebbels de la boda de Hitler con Eva Braun y del anuncio del Führer acerca de su intención de acabar con todo. Magda, sin poder ser contenida por su marido, suplicó a Hitler que no lo hiciera, pero de nada le sirvió. Finalmente, el 30 de abril de 1945, Hitler acabó con todo y Eva se envenenó.

Afligido por la muerte de su amigo, Goebbels participó en la incineración del cuerpo de su líder en el patio de la Cancillería, viéndose obligado a interrumpir el funeral por culpa de la caída de unos proyectiles mientras saludaba brazo en alto.

Un día después de la caída de Hitler, el 1 de mayo de 1945, tanto Goebbels como Magda decidieron correr la misma suerte para no caer en manos de los soviéticos. Ambos acordaron eliminar primero a sus hijos. Cuando anunció las siguientes palabras: “Mis hijos son demasiado hermosos para vivir en un mundo sin el nacionalsocialismo”, fue entonces cuando Magda durmió a sus seis pequeños en la cama mediante somnífero y a continuación les envenenó con cianuro, salvándose únicamente Harald, su hijo del anterior matrimonio, quien al ser piloto de guerra se encontraba prisionero en Gran Bretaña.

Solamente algunas horas después, a las 18:15 horas de la tarde, el matrimonio subió hasta el patio de la Cancillería agarrados del brazo el uno del otro. Primeramente, Goebbels levantó su pistola y disparó en el corazón a Magda. Acto seguido, se tragó una pastilla de cianuro e inmediatamente puso fin a todo.

Terminado el macabro ritual, los guardias de las SS trasladaron los cuerpos a un cráter de obús y los incineraron con gasolina. Con las cenizas de Joseph Goebbels, las palabras del que hasta ahora había sido uno de los principales jerarcas del Tercer Reich se disolvieron en el aire para siempre.

Este personaje fundamental para el triunfo histórico del nacionalsocialismo fue considerado como el mejor propagandista del siglo XX. Su legado, sin embargo, está manchado por la manipulación de la verdad y la promoción de narrativas peligrosas que contribuyeron a la maquinaria propagandística de un régimen infame. Desde las raíces de una infancia marcada por la enfermedad y el ostracismo, brotó el hombre que con el tiempo se erigiría como el maestro de las artes persuasivas, dejando una huella imborrable en la historia del siglo XX.