Toda La Historia del Odio de los Nazis a los Judíos | El Antisemitismo de Hitler y Goebbels

Toda La Historia del Odio de los Nazis a los Judíos | El Antisemitismo de Hitler y Goebbels

El odio no nació en una trinchera ni en una cervecería de Munich. Nació en la frustración de un joven fracasado que llegó a Viena en 1907 convencido de su genio y encontró una ciudad donde el resentimiento antijudío era el combustible de la política popular. Lo que comenzó como una humillación personal se convirtió en un programa de exterminio que mató a seis millones de personas.

Adolf Hitler tenía 18 años cuando llegó a la capital austriaca con una carpeta de acuarelas y la certeza de que la Academia de Bellas Artes lo aceptaría. El jurado lo rechazó dos veces. La segunda ni siquiera llegó al examen final.

Esos rechazos han sido analizados durante décadas como posible raíz de su resentimiento, pero los historiadores advierten que la explicación es insuficiente.

El antisemitismo de Hitler tenía raíces ideológicas que trascendían cualquier frustración personal, concluye el historiador Ian Kershaw en su biografía del dictador. El caldo de cultivo ya existía. Viena era una ciudad de dos millones de habitantes donde una clase media en descomposición veía con pánico el ascenso de nuevas élites y descargaba su miedo en los judíos.

La comunidad judía vienesa contaba con 175. 000 personas, el 8,6 por ciento de la población. Pero su presencia en la medicina, el derecho, el periodismo y la banca era desproporcionada.

El sesenta por ciento de los médicos de la ciudad eran judíos. Cerca del cincuenta por ciento de los abogados también. Para un joven fracasado que se consideraba artista, esa visibilidad era irritante.

Hitler observó de cerca a Karl Lueger, el alcalde antisemita de Viena, y aprendió una lección clave. Lueger pronunciaba discursos contra los judíos pero se relacionaba con ellos cuando le convenía. Yo decido quién es judío, respondía a sus críticos.

Para Hitler, esa frase encarnaba la lección fundamental de que el antisemitismo era un instrumento modulable según la conveniencia política.

La segunda gran influencia fue Georg von Schönerer, un antisemita racial puro que atacaba a la Iglesia católica y al imperio. Hitler aprendió de su fracaso que la radicalidad sin cálculo político conduce al desastre. Lo que Viena le proporcionó no fueron solo ideas, sino un vocabulario visual del odio que absorbió de las revistas populares y folletos de la ciudad.

Hitler afirmó años después en Mein Kampf que su conversión al antisemitismo fue un proceso lento y científico de observación. Narró un supuesto momento de revelación al ver a un hombre con levita oscura y tirabuzones. Pero la historiadora Brigitte Hamann demostró que esa narrativa fue construida retrospectivamente para dar coherencia ideológica a una evolución más gradual.

Los compañeros de Hitler en el albergue de Meldling eran judíos y mantenía relaciones comerciales fluidas con comerciantes judíos de arte. Su antisemitismo durante los años vieneses fue difuso, absorbido del ambiente, no el sistema cerrado y obsesivo que desarrolló después de la Primera Guerra Mundial.

En mayo de 1913, Hitler abandonó Viena y se trasladó a Munich. La razón oficial era su deseo de vivir en suelo alemán. La razón práctica, documentada en archivos austriacos, era su intento de evadir el servicio militar obligatorio.

Las autoridades lo localizaron y lo declararon no apto por debilidad física. Cuatro meses después comenzó la guerra que definiría su vida.

Alemania ya estaba envenenada antes de que Hitler llegara al poder. En 1871, el año de la unificación del imperio, los judíos alemanes obtuvieron la emancipación legal. La integración fue extraordinariamente rápida.

Los judíos, que constituían apenas el 1,2 por ciento de la población, estaban desproporcionadamente representados en la medicina, el derecho, la banca y el periodismo.

El éxito judío no refutó los estereotipos. Los alimentó. El crash bursátil de 1873 arruinó a miles de pequeños inversores y los banqueros judíos fueron señalados como responsables.

La crisis creó por primera vez un mercado político para el antisemitismo económico entre sectores de la clase media que hasta entonces habían sido relativamente tolerantes.

Rudolf Stöcker, capellán de la Corte Imperial, fundó en 1878 el Partido Cristiano Social, el primer partido alemán con antisemitismo como programa central. Mezclaba argumentos religiosos y económicos para atacar a los judíos desde el púlpito. Fue recibido en los salones de la aristocracia y tolerado por Bismarck como un instrumento útil para canalizar el descontento social.

El historiador Heinrich von Treitschke fue el segundo vector del antisemitismo académico. En 1879 publicó un artículo en la revista académica más prestigiosa de Alemania acuñando la frase que se convertiría en eslogan durante décadas: Los judíos son nuestra desgracia. Treitschke dio al odio la pátina del pensamiento académico serio.

Décadas después, Julius Streicher usaría esa frase como epígrafe permanente en Der Stürmer.

Las elecciones de 1893 mostraron la fuerza electoral del antisemitismo. Partidos abiertamente antijudíos obtuvieron 16 escaños en el Reichstag. Colapsaron en la primera década del siglo veinte por peleas internas, pero su fracaso fue solo una pausa.

El caso Dreyfus en Francia fue presentado por la prensa antisemita alemana como prueba del poder oculto judío.

La migración masiva de judíos de Europa del Este fue el tercer gran factor. Entre 1880 y 1914, entre dos y tres millones de judíos huyeron de las persecuciones zaristas. Alemania era un país de tránsito.

Los recién llegados vestían de manera tradicional, hablaban yidis y practicaban formas de religiosidad que los judíos alemanes asimilados ya no reconocían como propias.

La figura del judío del este se convirtió en el objeto privilegiado de la propaganda antisemita. Era el judío auténtico, sin asimilar, portador de todos los rasgos que los estereotipos atribuían a la raza. Cuando Hitler llegó a Munich en 1913 no encontró un país virgen al que convencer.

Encontró cuarenta años de historia política antisemita organizada.

El 12 de septiembre de 1919, Hitler asistió como agente de inteligencia del ejército a una reunión del Partido Obrero Alemán en una cervecería de Munich. El partido tenía menos de 60 miembros activos. Allí descubrió su talento excepcional para la oratoria.

Su primer discurso público fue el 16 de octubre de 1919 ante 111 personas. La sala lo ovacionó.

El 24 de febrero de 1920 presentó el programa de 25 puntos del partido, que ese día adoptó el nombre de NSDAP. El programa era explícito en sus objetivos antisemitas. Ningún judío podía ser ciudadano alemán.

Los judíos eran clasificados como extranjeros. Los periódicos judíos debían ser prohibidos.

Hitler construyó alrededor del partido una liturgia pararreligiosa. Estandartes, antorchas, uniformes, himnos, todo calculado para crear un sentido de pertenencia sagrada. Alfred Rosenberg llegó a Munich con Los Protocolos de los Sabios de Sión bajo el brazo y construyó un sistema ideológico más elaborado que el de Hitler.

Julius Streicher fundó en 1923 Der Stürmer, un periódico que hablaba al instinto, no a la razón.

El 8 de noviembre de 1923, Hitler intentó tomar el poder mediante un golpe en Munich. Disparó un tiro al techo de la cervecería Bürgerbräukeller y anunció la revolución nacional. La marcha del día siguiente terminó en un tiroteo frente a la Feldherrnhalle en el que cayeron 16 nazis y cuatro policías.

Hitler se dislocó el hombro al tirarse al suelo.

El juicio que siguió fue el primer escenario nacional para Hitler. Los jueces, simpatizantes del movimiento nacionalista, permitieron al acusado pronunciar discursos de más de dos horas y convertir cada sesión en propaganda. La condena fue de cinco años con libertad condicional a los seis meses.

Ingresó en la fortaleza de Landsberg, donde dictó Mein Kampf.

El capítulo titulado Nación y raza es el corazón ideológico del libro. Hitler desarrolló su visión de la historia como lucha racial permanente y describió al judío como el parásito supremo. El lenguaje es biologicista.

Los judíos son comparados con bacilos, parásitos y gérmenes. Esa metáfora médica desplaza el discurso del ámbito político al sanitario.

El exterminio deja de ser un crimen y se convierte en una operación de higiene pública. Mein Kampf no fue leído masivamente durante los años de Weimar. La mayoría de los alemanes que votaron al partido nazi en 1932 no habían leído el libro.

Lo que vendió el partido no fue la ideología escrita sino la experiencia emocional de los mítines.

El 7 de noviembre de 1938, Herschel Grynszpan, un joven judío de 17 años, entró en la embajada alemana en París y disparó cinco veces contra un diplomático. El funcionario murió el 9 de noviembre, el día más sagrado del calendario nazi. Joseph Goebbels transmitió la orden de Hitler: dejar que las manifestaciones continuaran y retirar la policía.

Los judíos deben sentir por una vez la furia del pueblo.

Lo que siguió no fue espontáneo. Fue una operación coordinada. Las SA y las SS recibieron instrucciones específicas.

Podían destruir propiedades judías pero no saquear para enriquecimiento personal. Podían atacar a personas pero debían evitar matar. Los bomberos recibieron órdenes contradictorias: no apagar las sinagogas en llamas, pero proteger los edificios vecinos.

En la noche de los cristales rotos fueron destruidos unos 7. 500 negocios judíos. Se incendiaron cientos de sinagogas.

El número oficial de muertos reconocido por las SS fue de 91 personas, aunque investigaciones posteriores elevan la cifra considerablemente. Treinta mil hombres fueron arrestados por ser judíos y enviados a campos de concentración.

El régimen comunicó al mundo que la destrucción de propiedades había sido económicamente contraproducente. Se impuso a la comunidad judía una multa colectiva de mil millones de marcos. En la reunión del 12 de noviembre, Hermann Göring pronunció una frase que quedó registrada en las actas: hubiera preferido que en lugar de destruir propiedades hubieran matado a 200 judíos.

La indiferencia internacional envió su propio mensaje. Ninguna potencia occidental impuso sanciones económicas. La conferencia de Evian celebrada en julio de 1938 para discutir la acogida de refugiados judíos terminó con 32 países negándose a aumentar sus cuotas de inmigración.

El régimen fabricó un receptor de radio de bajo coste, el Volksempfänger, cuyo alcance de frecuencias era deliberadamente insuficiente para captar emisoras extranjeras. En los bares, las fábricas y los mercados se instalaron altavoces públicos que emitían los discursos de Hitler. La voz del Führer era omnipresente y pasiva.

Víctor Klemperer documentó cómo el nazismo transformó el alemán cotidiano. Palabras como fanático pasaron a tener connotación positiva. La palabra judío fue vaciada de contenido humano y rellenada de contenido amenazante.

Esa ingeniería lingüística fue el resultado de directivas semanales del Ministerio de Propaganda con instrucciones sobre qué palabras usar y qué encuadres aplicar.

Las películas antisemitas mezclaban el mensaje con entretenimiento popular. El judío eterno intercalaba imágenes de guetos polacos con secuencias de ratas en una cloaca. La exposición itinerante Der ewige Jude fue visitada por más de 412.

000 personas solo en Munich. Los libros de texto escolares incluyeron problemas de matemáticas sobre el coste de mantener enfermos mentales.

La juventud era alentada a informar de comentarios críticos de sus padres y vecinos. El historiador Robert Gellately analizó los archivos de la Gestapo y concluyó que la gran mayoría de las investigaciones no eran iniciadas por la propia policía sino por denuncias de ciudadanos ordinarios. La red de delatores voluntarios que la ideología había creado hacía innecesario un número masivo de agentes.

Cuando las tropas alemanas cruzaron la frontera austríaca en marzo de 1938, la recepción no fue la de un pueblo sometido. Multitudes vitorearon a Hitler desde los balcones. En las 48 horas siguientes, grupos de ciudadanos austríacos comenzaron a organizar partidas de fregado, obligando a judíos a limpiar de rodillas las calles con cepillos y cubos.

La arianización en Austria fue más rápida y brutal que en Alemania.

En Polonia, el antisemitismo institucional no era un producto de importación alemana. Movimientos nacionalistas propugnaban la emigración de los judíos a Madagascar o Palestina. Universidades aplicaban cuotas informales que reducían el acceso de estudiantes judíos.

El gobierno polaco propuso formalmente ante la Sociedad de Naciones un plan de emigración masiva de judíos que nunca prosperó.

La ocupación alemana transformó esas tensiones preexistentes en algo cualitativamente diferente. El gueto de Varsovia concentró en un área de 3,4 kilómetros cuadrados a más de 400. 000 personas.

La colaboración polaca con la persecución fue documentada con cientos de casos de denuncias por dinero, medio kilogramo de azúcar o un litro de vodka en algunas regiones. Pero esconder a un judío era castigado con la muerte de toda la familia.

En los países bálticos, la brutalidad de los pogromos indicó la profundidad del antisemitismo local. En Lituania, civiles asesinaron a más de 3. 800 judíos en dos días.

En Ucrania, unidades nacionalistas participaron en pogromos que mataron a miles. El antisemitismo no necesitaba modelos alemanes porque tenía raíces propias en cada territorio.

En Francia, el gobierno de Vichy elaboró por iniciativa propia un estatuto que excluía a los judíos de la función pública, el ejército y la enseñanza. La redada del Velódromo de Invierno en julio de 1942 fue organizada por la policía francesa. Las autoridades alemanas habían solicitado solo la detención de adultos.

Fue un funcionario francés quien ofreció incluir a los niños. Esa decisión fue francesa.

En los Países Bajos, la administración local colaboró con una eficiencia que los alemanes elogiaron. De los aproximadamente 140. 000 judíos neerlandeses, unos 107.

000 fueron deportados y asesinados. La tasa de mortalidad más alta de Europa occidental. El registro administrativo excepcionalmente detallado facilitaba la identificación racial.

En Rumanía, el movimiento legionario combinaba nacionalismo ortodoxo con un antisemitismo de raíces propias. Durante el pogromo de Bucarest en enero de 1941, los cuerpos de las víctimas fueron colgados con ganchos de carnicero en el matadero municipal y marcados con sellos que decían apto para el consumo. Rumanía fue el segundo estado responsable de mayor número de muertes judías después de Alemania.

En Hungría, la ambigüedad del regente Horthy protegió durante años a los judíos húngaros de la deportación. Eso terminó en marzo de 1944 con la ocupación alemana. En doce semanas, más de 437.

000 judíos fueron deportados a Auschwitz en trenes de mercancías. El director de los ferrocarriles húngaros negoció con Adolf Eichmann las tarifas del transporte.

El 20 de enero de 1942, quince altos funcionarios del régimen se reunieron durante 90 minutos en una villa a orillas del lago Wannsee. Coordinaron lo que llamaron la solución final de la cuestión judía. El protocolo redactado por Eichmann fue descubierto en 1947.

Su frialdad burocrática sigue siendo uno de los documentos más perturbadores de la historia. En Wannsee no se inventó nada. Las matanzas ya estaban ocurriendo.

Lo que se hizo fue coordinar la burocracia del exterminio.

La línea que va de la humillación de un joven pintor en Viena a las cámaras de gas no es metafórica. Es documental. El odio no fue espontáneo.

Fue construido, enseñado, difundido y normalizado durante décadas antes de convertirse en programa de gobierno. Cuando Hitler llegó al poder en 1933, no tuvo que convencer a Alemania del antisemitismo. Solo tuvo que darles a los alemanes permiso para actuar sobre lo que ya creían.