El rugido de los cañones soviéticos retumbó sobre los escombros de Berlín en la primavera de 1945, mientras la capital del Tercer Reich se hundía en un abismo de destrucción, hambre y terror. La ciudad que había sido el epicentro del poder nazi en Europa se convertía en un infierno de ruinas humeantes, con millones de civiles atrapados entre el avance implacable del Ejército Rojo y la obstinada resistencia de una maquinaria de guerra moribunda.
Las bombas aliadas habían transformado el paisaje urbano en un cementerio de edificios derrumbados y calles intransitables. Los ataques aéreos estadounidenses y británicos habían generado millones de metros cúbicos de escombros y habían segado la vida de aproximadamente 52. 000 berlineses, mientras miles más yacían heridos en hospitales colapsados.
La población, que superaba los tres millones de habitantes, se había reducido drásticamente tras el éxodo de más de un millón de personas que huyeron buscando refugio en zonas menos bombardeadas.
Las raciones de emergencia apenas alcanzaban para ocho días: un kilogramo de salchicha, unos gramos de arroz, treinta de café, una lata de verduras y un paquete de sucedáneos. El hambre comenzó a cobrar víctimas, y los berlineses, famélicos y desesperados, recurrieron al mercado negro, donde un litro de gasolina llegó a venderse por treinta cigarrillos. En marcado contraste con esta penuria, los zoológicos de la ciudad aún albergaban animales que deambulaban entre los escombros, ajenos al colapso de la civilización que los rodeaba.
A pesar del caos, la vida cotidiana intentaba continuar con una normalidad fantasmagórica. Más de 600. 000 trabajadores acudían cada mañana a fábricas y talleres que milagrosamente seguían operativos.
Los cines proyectaban películas, los teatros abrían sus puertas y la prensa local, controlada por la propaganda nazi, publicaba artículos que ya nadie creía. Era una fachada desesperada que ocultaba la realidad inminente: la caída de Berlín era cuestión de días.
La defensa de la capital recayó sobre un ejército exhausto, mal equipado y disperso. El general Theodor Busse comandaba el Noveno Ejército al sureste, a lo largo del río Neisse, mientras que Félix Steiner lideraba el Tercer Ejército Panzer hacia el norte y Walter Wenck dirigía el Duodécimo Ejército al oeste, junto al Elba. Pero las líneas defensivas eran vulnerables y la retaguardia apenas contaba con 94.
000 defensores para proteger los accesos a la capital, incluyendo a veteranos malheridos, miembros de la Volkssturm, jóvenes de las Juventudes Hitlerianas y policías berlineses.
Las SS, bajo el mando de Heinrich Himmler, representaban otra fuerza significativa en la ciudad, con unidades compuestas por voluntarios extranjeros que constituían casi un tercio de los defensores. Entre ellos destacaban la División de Granaderos francesa Charlemagne, comandada por el general Edgar Puaud, y unidades españolas de las SS lideradas por Miguel Ezquerra. Estos combatientes, conscientes de que no esperaban clemencia, luchaban con un fanatismo que sorprendería a los atacantes soviéticos.
La moral de los civiles era un páramo de desesperanza, miedo y confusión. Tras años de racionamiento, bombardeos y propaganda engañosa, la mayoría comprendía que la derrota era inevitable, lo que generaba una atmósfera de fatalismo. Familias enteras se refugiaban en sótanos y búnkeres, huyendo de las bombas y de la incertidumbre del futuro.
La escasez de alimentos y agua potable se agravaba cada día, y las colas para obtener productos básicos se formaban incluso durante los bombardeos, pues nadie quería perder su lugar.
La comunicación con el exterior se desmoronaba. Los periódicos apenas circulaban, y cuando aparecían, eran ediciones de dos páginas con noticias censuradas y desalentadoras. Las emisoras de radio transmitían informes pesimistas, y entre la población corrían rumores aterradores: que los soviéticos dejarían morir de hambre a los alemanes o que se vengarían de las atrocidades cometidas por el régimen nazi.
Las mujeres, en particular, vivían presas del pánico ante lo que podría sucederles cuando las tropas soviéticas tomaran la ciudad.
El liderazgo alemán, refugiado en el búnker de la Cancillería, permanecía desconectado de la realidad que se vivía en las calles. Adolf Hitler mantenía la ilusión de una victoria final imposible, aferrado a una propaganda que ya no podía ocultar las evidencias de la derrota inminente. El 20 de abril de 1945, día de su quincuagésimo sexto cumpleaños, la artillería estadounidense y británica le ofreció un saludo macabro: cientos de bombas cayeron sobre el centro de la ciudad, sepultando edificios y sumiendo a Berlín en la oscuridad permanente, sin servicio postal ni recolección de basura.
Durante la celebración de su cumpleaños, muchos generales se despidieron de Hitler para regresar a sus unidades, aunque la mayoría nunca volvería a verlo con vida. Esa noche, el Führer salió al jardín de la Cancillería para condecorar a jóvenes de las Juventudes Hitlerianas que habían combatido con valentía. Tras estrechar sus manos y otorgarles cruces de hierro, pronunció unas palabras estremecedoras: “Ustedes son lo único bueno que queda de Alemania.
Los mejores han muerto”. Acto seguido, descendió a los doce metros de profundidad de su búnker de hormigón.
A la mañana siguiente, el 21 de abril, la Fuerza Aérea estadounidense lanzó miles de toneladas de bombas sobre Berlín, mientras las primeras salvas de artillería soviética alcanzaban el centro de la ciudad. Un proyectil impactó en el almacén de Karstadt, causando una masacre entre los berlineses que hacían cola para comprar raciones. La violencia se desataba con furia, y las tropas soviéticas, alimentadas por el odio acumulado contra Alemania, cometían robos, asesinatos, saqueos y ejecuciones sumarias contra la población civil.
El 23 de abril, los aviones soviéticos lanzaron miles de panfletos instando a la rendición, seguidos de nuevas descargas de cohetes Katyusha que obligaron a cientos de civiles a refugiarse en la estación de Anhalt, donde hasta 12.000 personas se hacinaban sin agua ni servicios sanitarios. Las escenas de terror se multiplicaban en los hospitales, donde las enfermeras eran agredidas y asesinadas por soldados soviéticos, mientras las SS, por su parte, colgaban de las farolas a presuntos desertores con carteles que decían: “He abandonado a mi pueblo”.
En el búnker, Hitler estalló en cólera al enterarse de que el general Steiner había desviado a su ejército hacia el Elba en lugar de acudir en auxilio de Berlín. El Führer vociferó improperios contra sus generales, tildándolos de traidores e incompetentes ante el asombro de todos. Cuando Eva Braun le suplicó que huyera de la ciudad, él se negó rotundamente, igual que la mayoría de sus colaboradores, quienes afirmaron que permanecerían en Berlín hasta el final.
Esa misma noche, Magda Goebbels se instaló en el búnker con sus seis hijos, de edades comprendidas entre los cinco y los doce años.
El 25 de abril, la víspera del asalto final, las tropas soviéticas lanzaron un triple ataque contra la capital. Aunque inicialmente avanzaron sin encontrar resistencia en la Plaza de Praga, la llegada de los voluntarios franceses de la División Charlemagne y de un centenar de niños de las Juventudes Hitlerianas, armados con lanzagranadas Panzerfaust, logró destruir catorce tanques soviéticos T-34 y hacer retroceder al resto. Ese mismo día, las fuerzas estadounidenses y soviéticas se encontraron en el río Elba, cerca de Torgau, partiendo en dos el territorio del Tercer Reich y sellando su destino.
El 26 de abril, los soviéticos asaltaron el Ayuntamiento de Berlín, defendido heroicamente por un puñado de jóvenes de las Juventudes Hitlerianas que resistieron durante horas hasta que fueron exterminados con lanzallamas, convirtiéndose en antorchas humanas. La resistencia alemana se recrudecía a medida que el Ejército Rojo penetraba en el laberinto de calles de la capital, donde los defensores abandonaron sus posiciones fijas para emboscar a los atacantes desde ventanas y tejados, causando numerosas bajas entre las filas enemigas.
Para el 28 de abril, la situación en el metro de Berlín era apocalíptica. Miles de civiles se apiñaban en túneles subterráneos para escapar de las bombas, mientras el hambre arreciaba y las violaciones por parte de los soldados soviéticos se multiplicaban sin control. Las patrullas de las Juventudes Hitlerianas y de las SS ahorcaban a sospechosos de deserción y disparaban contra casas que mostraban banderas blancas.
En el búnker de la Cancillería, Hitler recibió la noticia de que Himmler negociaba en secreto con los aliados occidentales, lo que desencadenó su furia homicida.
El Führer ordenó el arresto y ejecución de Himmler, aunque la orden era imposible de cumplir pues este se encontraba fuera de Berlín. En su lugar, su oficial de enlace, Hermann Fegelein, fue arrastrado desde su cama y fusilado en el patio de la Cancillería, pese a las súplicas de Eva Braun, quien rogó por su vida al ser cuñado de su hermana embarazada. Hitler rechazó cualquier clemencia y lo acusó de alta traición.
Esa misma noche, el búnker fue testigo de un acto surrealista: la boda civil entre Hitler y Eva Braun, oficiada por un funcionario y con Goebbels y Bormann como testigos.
Mientras tanto, en las calles, la batalla alcanzaba niveles de ferocidad inusitada. El 29 de abril, una columna blindada soviética fue emboscada en la estación de la U-Bahn por voluntarios franceses de la División Charlemagne, que destruyeron más de 128 tanques en una sola acción, la mayor cantidad de blindados eliminados en un solo enfrentamiento por tropas francesas en toda su historia militar. La hazaña, sin embargo, apenas retrasó el avance inevitable del Ejército Rojo.
El 30 de abril de 1945, Adolf Hitler despertó sabiendo que sería su último día de vida. Temiendo ser capturado vivo, ordenó probar la eficacia de sus cápsulas de cianuro. Por la tarde, el silencio del búnker se rompió con el disparo de su pistola contra su perro Blondi.
Luego, el Führer ingirió una cápsula de cianuro mientras disparaba una bala en su sien derecha; su esposa, Eva Braun, yacía ya sin vida a su lado, también envenenada. Los oficiales envolvieron los cuerpos en mantas y los llevaron al jardín de la Cancillería, donde fueron rociados con gasolina e incinerados entre los bombardeos soviéticos. Así, el fundador del Tercer Reich desapareció para siempre en el fuego de su propia destrucción.
Mientras las llamas consumían los restos de Hitler, la batalla por el Reichstag alcanzaba su clímax. Los soviéticos lanzaron su primer asalto al amanecer del 30 de abril, pero fueron masacrados a solo cincuenta metros de su punto de partida por los defensores alemanes, que se atrincheraban en trincheras y en los pisos superiores del edificio. La carnicería continuó durante horas, con miles de muertos a ambos lados.
Finalmente, al anochecer, los soldados del Ejército Rojo lograron penetrar en el edificio e izar la bandera soviética en su cúpula, aunque la resistencia de grupos aislados de alemanes persistió hasta la noche siguiente.
En medio de la batalla, ocurrió una de las mayores tragedias del asedio: la inundación del túnel del Landwehrkanal. Unos zapadores de las SS escandinavas, pertenecientes a las divisiones de granaderos noruega y danesa, colocaron cargas explosivas demasiado cerca de las compuertas del canal. La explosión abrió una brecha y miles de toneladas de agua se precipitaron en los túneles del metro, que estaban repletos de heridos, refugiados y soldados.
Cerca de 15. 000 personas, en su mayoría civiles berlineses, perecieron ahogadas en la oscuridad, incapaces de escapar mientras el agua subía implacablemente.
Para el 1 de mayo, la rendición alemana era inminente. Al día siguiente, las tropas soviéticas que entraron en el búnker de la Cancillería encontraron los cadáveres del general Krebs y del general Burgdorf, así como los cuerpos sin vida de los seis hijos de Joseph Goebbels, tendidos en sus camas como si estuvieran dormidos. Sus padres se habían suicidado tras envenenar a sus pequeños.
El 7 de mayo, el general Alfred Jodl firmó la capitulación incondicional de todas las fuerzas armadas alemanas en Reims, Francia, ante los representantes aliados. El 8 de mayo, los combates cesaron oficialmente en toda Europa.
La ciudad que emergió de la batalla era un paisaje de devastación apocalíptica. Los monumentos históricos, los edificios emblemáticos y los barrios enteros habían quedado reducidos a escombros humeantes. Las calles, cubiertas de cascotes y restos de edificios, eran el escenario de una población famélica que deambulaba buscando agua, comida y refugio.
Las condiciones de vida eran inhumanas, y el trauma emocional de los supervivientes era indecible.
La ocupación soviética impuso un control absoluto sobre la ciudad. El mariscal Georgi Zhukov estableció un consejo militar que supervisaba todos los aspectos de la vida berlinesa, desde la seguridad hasta la distribución de alimentos y recursos. Se prohibieron las reuniones públicas, las manifestaciones y cualquier actividad cultural o religiosa que pudiera cuestionar la autoridad de los ocupantes.
Los medios de comunicación fueron censurados sin piedad, y la propaganda comunista se difundió masivamente para moldear la opinión pública.
La era de la ocupación trajo consigo un horror específico para las mujeres de Berlín. Las tropas soviéticas, alentadas por el odio acumulado contra Alemania y por la permisividad de sus mandos, convirtieron la ciudad en un territorio de caza. Mujeres de todas las edades, desde adolescentes hasta ancianas, fueron violadas sistemáticamente.
Las estimaciones hablan de decenas de miles de víctimas en las semanas posteriores a la caída de la ciudad. Algunas murieron como consecuencia de los abusos, mientras que otras, incapaces de soportar la vergüenza, se quitaron la vida.
Los testimonios recogidos en diarios como el de Martha Hillers describen un infierno cotidiano: mujeres que se entregaban a oficiales soviéticos a cambio de protección contra los soldados rasos, familias enteras que se escondían en sótanos durante días, madres que veían cómo sus hijas eran arrastradas por los invasores. La impunidad era total, y cualquier queja ante los comandantes era desoída. El propio Stalin justificó estos crímenes como una recompensa natural para los soldados que habían luchado y sacrificado tanto por la victoria.
La batalla de Berlín marcó el fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa, pero a un costo humano y material inconmensurable. La capital del Tercer Reich, que había sido concebida como la sede de un imperio de mil años, quedó reducida a un montón de ruinas habitado por fantasmas. La ciudad y su población comenzaron un largo y doloroso camino hacia la reconstrucción, mientras una cortina de hierro descendía sobre el continente, definiendo el futuro del mundo durante las próximas décadas.
La historia nunca olvidaría la ferocidad de aquellos días de abril, ni el precio que Berlín pagó por los crímenes del régimen que tanto había adorado.
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