Berlín, 4 de junio de 1942. Reinhard Heydrich, el jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich y arquitecto de la Solución Final, ha muerto a las 4:30 de la madrugada en un hospital de Praga. Tenía 38 años.
La causa oficial: septicemia, un envenenamiento de la sangre provocado por las esquirlas de una granada lanzada por dos paracaidistas checoslovacos ocho días antes. El hombre que Hitler llamaba “el hombre con el corazón de hierro” sucumbió a una infección banal, un giro de la historia que ha dejado al régimen nazi en estado de shock y ha desatado una ola de represalias sin precedentes en el protectorado de Bohemia y Moravia.
La muerte de Heydrich no es un acontecimiento aislado. Es el resultado de una operación de resistencia que ha conmocionado al Tercer Reich. El atentado, ejecutado el 27 de mayo en la curva de Holesovice, en Praga, fue llevado a cabo por los soldados Jozef Gabčík y Jan Kubiš.
Su objetivo era decapitar al aparato represivo más eficiente que el mundo moderno había conocido. Heydrich, en su papel de Protector del Reich en funciones, había transformado la ocupación de Checoslovaquia en un régimen de terror calculado y productivo, pero su arrogancia, su negativa a viajar con escolta, le costó la vida. Ahora, el vacío de poder que deja es inmenso y el régimen responde con una furia que amenaza con borrar pueblos enteros del mapa.
La historia de Heydrich es la de un hombre construido sobre la humillación y el resentimiento. Nacido en 1904 en Halle, hijo de un músico, fue expulsado de la Marina en 1931 por una falta de honor, un escándalo que lo dejó sin carrera, sin pensión y en la ruina económica. Fue su esposa, Lina von Osten, quien lo orientó hacia las SS, donde Heinrich Himmler, buscando a un experto en inteligencia, lo contrató tras una prueba improvisada.
Desde esa pequeña oficina en Múnich, Heydrich construyó el SD, el servicio de seguridad, y luego la RSHA, unificando la Gestapo y la policía criminal. Su poder se basaba en la información: ficheros, delaciones y listas que lo convertían en el hombre más temido del Reich, incluso por sus superiores.
El ascenso de Heydrich fue meteórico. Organizó la Noche de los Cuchillos Largos en 1934, eliminando a las SA y consolidando el poder de las SS. Orquestó la Kristallnacht en 1938, un pogrom que, bajo la apariencia de espontaneidad popular, fue una operación de inteligencia para confiscar archivos y arrestar a 30,000 judíos.
Pero su obra maestra fue la Conferencia de Wannsee en enero de 1942, donde presentó a 15 altos funcionarios el plan para la “solución final de la cuestión judía”. En 90 minutos, Heydrich coordinó la industrialización del exterminio, comprometiendo a todos los ministerios en un plan que asesinaría a 11 millones de personas. El protocolo de esa reunión, encontrado tras la guerra, es la prueba más contundente de la burocracia del horror.
En Praga, Heydrich aplicó su doble estrategia de terror y zanahoria. Ejecutó a cientos de checos en sus primeras semanas, pero también mejoró las raciones de los trabajadores de las fábricas de armamento para maximizar la producción. Vivía en un castillo confiscado, tocaba el violín por las mañanas y jugaba con sus hijos, mientras firmaba órdenes de deportación por la tarde.
Su apodo, “El Carnicero de Praga”, refleja la eficiencia con la que gestionó el protectorado. Pero esa misma arrogancia lo hizo vulnerable. Se negaba a usar blindaje, convencido de que el terror que infundía lo protegía.
Esa convicción lo llevó a la muerte.
La operación Anthropoid, que acabó con su vida, fue un acto de desesperación calculada. El gobierno checoslovaco en el exilio, liderado por Edvard Beneš, necesitaba demostrar a los aliados que la resistencia era real. Gabčík y Kubiš, entrenados por el SOE británico, pasaron meses en Praga estudiando los hábitos de Heydrich.
El 27 de mayo, en una curva donde el Mercedes descapotable tenía que reducir la velocidad, Gabčík intentó disparar su metralleta Sten, pero se encasquilló. Fue Kubiš quien lanzó una granada modificada que explotó contra el guardabarros trasero, enviando fragmentos de metal y crines de caballo del asiento al cuerpo de Heydrich. El hombre herido, en lugar de huir, se puso de pie para disparar, un error fatal que permitió a los atacantes escapar.
La reacción del régimen no se hizo esperar. Hitler, furioso, ordenó una represalia ejemplar. Más de 13,000 personas fueron arrestadas en el protectorado.
La aldea de Lídice, falsamente vinculada a los atacantes, fue arrasada. Sus 173 hombres fueron fusilados, sus mujeres deportadas a Ravensbrück y sus niños, en su mayoría, gaseados en Chełmno. Dos semanas después, la aldea de Ležáky corrió la misma suerte.
El mensaje era claro: cualquier resistencia sería castigada con la aniquilación colectiva. La muerte de un hombre, el “cerebro del holocausto”, se pagó con la vida de más de 5,000 checos.
Los atacantes no sobrevivieron para ver el resultado. Traicionados por un colega, Karel Čurda, que entregó sus nombres a cambio de un millón de marcos, Gabčík, Kubiš y otros cinco paracaidistas se refugiaron en la cripta de la catedral de los Santos Cirilo y Metodio. El 18 de junio, unos 750 soldados de las SS rodearon el templo.
Durante más de seis horas, los siete hombres resistieron contra una fuerza que los superaba en más de cien a uno. Kubiš murió en el tiroteo en la nave. Gabčík y otros tres, acorralados en la cripta, se suicidaron cuando los nazis inundaron el sótano con mangueras de bomberos.
No se rindieron. Su sacrificio se convirtió en un símbolo de la resistencia checa.
El funeral de Heydrich fue una ceremonia de estado en Berlín, con Hitler pronunciando un elogio fúnebre. Pero detrás de la fachada, el alivio era palpable. Heydrich era un hombre que tenía un dossier sobre todos, incluido el propio Führer.
Su muerte, aunque dolorosa para el régimen, eliminó a una figura que muchos consideraban demasiado poderosa. Su esposa Lina, que lo sobrevivió décadas, luchó por recuperar sus bienes y su pensión, negando su responsabilidad en los crímenes. Murió en 1985, dejando unas memorias notables por lo que omiten.
El legado de Heydrich es el de la “Operación Reinhard”, el nombre en clave que se dio a los campos de exterminio de Bełżec, Sobibór y Treblinka, donde murieron 1. 7 millones de personas. Su sistema, diseñado para ser autónomo, continuó funcionando sin él.
Pero su muerte demostró que incluso el terror más sistematizado tiene fisuras. Dos hombres con una bicicleta y una granada lograron lo que los ejércitos aliados no habían conseguido: matar a un alto jerarca nazi en el corazón de su poder. Hoy, en el lugar del atentado en Praga, una placa conmemora el acto.
En la cripta de la catedral, donde las balas aún marcan las paredes, los bustos de los siete paracaidistas recuerdan que el corazón de hierro no era indestructible.


