TODA la Segunda Guerra Mundial desde la Perspectiva de la URSS | A PURO COLOR

TODA la Segunda Guerra Mundial desde la Perspectiva de la URSS | A PURO COLOR

La Segunda Guerra Mundial no fue una sola guerra, sino dos conflictos paralelos que se libraron con ferocidades radicalmente distintas. Mientras el mundo occidental recuerda el desembarco de Normandía y las bombas sobre Londres, en el Este se desarrolló una carnicería de una escala tan colosal que redefine el significado mismo de la guerra total. Esta es la historia del Ejército Rojo, la fuerza que, partiendo de la aniquilación casi total en 1941, logró detener, rodear y finalmente destruir a la máquina de guerra más letal que Europa había producido jamás, pagando un precio en sangre que aún hoy resulta difícil de comprender.

En 1918, la Rusia revolucionaria no tenía un ejército profesional. Tenía milicias de obreros armados, marineros amotinados y el fantasma disperso del antiguo ejército imperial. León Trotski, comisario de asuntos militares, necesitaba construir una fuerza combatiente desde cero en medio de la guerra civil más sangrienta que el país había presenciado.

La solución fue brutal y pragmática: reclutar a decenas de miles de exoficiales zaristas, los llamados especialistas militares, y mantenerlos bajo vigilancia política mediante un sistema de comisarios. Cada unidad tenía un comandante militar y un oficial político cuya firma era necesaria para validar cualquier orden significativa. Era un sistema de desconfianza institucionalizada que funcionó porque debía funcionar.

La guerra civil de 1918 a 1921 forjó la mentalidad militar soviética de una manera que persistiría durante décadas. Los trenes blindados que transportaban reservas de un frente a otro, desplazando unidades enteras para taponar brechas, crearon lo que se conocería como la guerra de escalones. Algunas divisiones de infantería cambiaron de frente hasta cinco veces en el transcurso del conflicto.

Esta experiencia generó una comprensión profunda de la necesidad de reservas estratégicas escalonadas en profundidad, una lección que el Ejército Rojo nunca olvidaría. Pero la guerra civil también enseñó algo más: los ejércitos modernos eran demasiado grandes para ser derrotados en una sola batalla catastrófica.

Mijaíl Tujachevski y el teórico Vladímir Triandafílov llegaron a una conclusión que cambiaría la historia del arte militar. Necesitabas desarticular al enemigo con sucesivas operaciones ofensivas, cada una seguida de una explotación rápida hacia la retaguardia antes de que el defensor pudiera reorganizarse. De ese principio nació lo que los soviéticos llamarían el arte operacional y, dentro de él, la operación en profundidad.

No era simplemente atacar, era atacar simultáneamente en múltiples profundidades, neutralizando todas las defensas del enemigo al mismo tiempo, empleando tanques, artillería, aviación e infantería mecanizada en una danza coordinada que impidiera al defensor crear un frente firme.

En los años treinta, mientras el mundo miraba hacia otro lado, el Ejército Rojo se convirtió en el laboratorio más avanzado de guerra mecanizada del planeta. Para 1936, la Unión Soviética había formado sus primeros dos cuerpos mecanizados, tres años antes de que Alemania creara sus primeras divisiones Panzer. Las regulaciones de campaña provisionales de ese año codificaron conceptos que los teóricos alemanes apenas comenzaban a articular.

El arsenal soviético incluía miles de tanques, con una producción que había alcanzado tres mil vehículos blindados por año desde 1933. Los ejercicios de gran escala probaban el uso combinado de fuerzas aerotransportadas, blindadas e infantería motorizada para penetraciones operativas de cien kilómetros o más.

Había un problema llamado Iósif Stalin. La obsesión paranoica del dictador con el control absoluto lo llevó en 1937 a desencadenar una purga del cuerpo de oficiales que rivaliza con cualquier desastre militar de la historia. Tujachevski, el genio que había concebido la operación en profundidad, fue arrestado el 27 de mayo de 1937 y ejecutado el 12 de junio junto con el comandante de dos distritos militares y seis colegas de alto rango.

Las cifras de lo que siguió son casi inconcebibles. Los comandantes de los dieciséis distritos militares del país fueron purgados, así como el noventa por ciento de los comandantes adjuntos, jefes de Estado Mayor y jefes de sección, el ochenta por ciento de los comandantes de cuerpos y divisiones, y el noventa y uno por ciento de los comandantes de regimiento.

En total, entre treinta y cuatro mil y cincuenta y cuatro mil setecientos oficiales fueron destituidos, encarcelados o ejecutados. De los cinco mariscales de la Unión Soviética, tres fueron fusilados. El historiador militar David Glantz concluye que las purgas no solo eliminaron la élite intelectual del ejército, sino que crearon un clima donde cualquier muestra de juicio independiente podía costar la vida.

Oficiales jóvenes sin experiencia de combate fueron elevados de repente a mandos de división. El ejército que existía en 1941 era, en palabras de un análisis contemporáneo, magnífico pero hueco. Tenía la estructura formal de una fuerza poderosa, pero no tenía el cerebro para operarla.

Entre 1938 y 1941, el Ejército Rojo libró tres conflictos que revelaron todo lo que estaba mal y, al mismo tiempo, dieron destellos de lo que podía llegar a ser. En el lago Jasán en 1938, las fuerzas soviéticas chocaron con tropas japonesas durante semanas antes de ganar un combate costoso y mal coordinado. Menos de un año después, en el río Jaljin Gol, en la remota Mongolia Exterior, un oficial que había sobrevivido a las purgas, Georgi Zhukov, recibió el mando de las fuerzas soviéticas.

Lo que Zhukov hizo el 20 de agosto de 1939 fue una clase magistral. Concentró en secreto cincuenta y siete mil hombres, cuatrocientos noventa y ocho tanques y trescientos ochenta y cinco vehículos blindados.

Organizó un ataque de envolvimiento clásico mientras una división territorial atacaba de frente para fijar al enemigo. En pocas horas, las fuerzas japonesas estaban encerradas. El asalto del 27 de agosto para romper el cerco fracasó.

El 15 de septiembre, Japón firmó un acuerdo de alto el fuego. Zhukov había llevado a cabo casi perfectamente los principios de la operación en profundidad que Tujachevski había articulado. Las bajas japonesas llegaron a sesenta y un mil entre muertos, heridos y capturados.

Pero la verdadera revelación llegó ese mismo invierno, cuando en noviembre de 1939 Stalin ordenó la invasión de Finlandia después de negociaciones fallidas.

Lo que siguió fue una catástrofe. El Ejército Rojo, privado de sus mejores comandantes y doctrina por las purgas, atacó ciegamente las defensas de la línea Mannerheim. La cuadragésima cuarta división de fusileros fue destruida casi en su totalidad en los bosques de Suomussalmi.

Sus hombres, mal equipados para el combate ártico, se congelaron en sus posiciones mientras los esquiadores finlandeses los cercaban y desmembraban metódicamente. El comandante de la división fue fusilado y docenas de oficiales reemplazados. Las fuerzas soviéticas sufrieron ciento treinta y un mil cuatrocientos setenta y seis muertos y desaparecidos antes de que la situación se reorganizara lo suficiente como para romper las defensas finlandesas en febrero de 1940.

El mundo exterior y particularmente los altos mandos alemanes vieron solo el desastre inicial. El historiador Carl Van Dyke señala que los informes finlandeses de la mejora soviética en la segunda fase de la guerra de invierno llegaron a la inteligencia alemana y fueron ignorados. Hitler y el OKH extrajeron la conclusión que querían: el Ejército Rojo era incapaz de defenderse.

Fue el error de cálculo más caro de la historia militar. El 23 de agosto de 1939, Joachim von Ribbentrop aterrizó en Moscú. En pocas horas, los representantes de dos regímenes que se habían proclamado mutuamente enemigos mortales durante una década firmaron el pacto Molotov-Ribbentrop.

Públicamente era un acuerdo de no agresión. En sus cláusulas secretas dividía Europa Oriental en esferas de influencia con una frialdad que habría escandalizado a cualquier diplomático del siglo anterior. Stalin firmó porque desconfiaba de todos por igual.

La conferencia de Múnich de 1938, donde Francia y Gran Bretaña entregaron los Sudetes checoslovacos a Hitler sin invitar a los soviéticos, fue una señal inequívoca. Stalin calculó que si Hitler atacaba primero a Occidente, la guerra resultante duraría años, dándole tiempo para reconstruir su ejército destrozado por las purgas. Lo que no previó fue la velocidad del colapso francés, que cayó en seis semanas en mayo y junio de 1940.

Stalin se encontró de repente enfrentando a una Alemania que controlaba toda Europa Occidental, mientras su propio ejército aún estaba en recuperación. El pacto había dado a la Unión Soviética tiempo, pero no el suficiente, y había comprado territorio que ahora se convertía en una trampa. Las defensas de la antigua frontera polaco-soviética habían sido desmanteladas para construir nuevas posiciones en los territorios recién adquiridos, pero esas nuevas defensas estaban incompletas.

El ejército estaba adelantado, expuesto, en posiciones que no podía defender. En la primavera de 1941, los dos ejércitos más poderosos del mundo se miraban a través de una frontera que ambos sabían que no duraría.

Del lado alemán, ciento cincuenta y dos divisiones, incluyendo diecinueve acorazadas y catorce de infantería motorizada organizadas en tres grupos de ejércitos, con aproximadamente tres mil trescientos cincuenta tanques, siete mil ciento cuarenta y seis piezas de artillería y dos mil setecientas setenta aeronaves. Un cuerpo de oficiales con dos años de guerra relámpago en Polonia y Francia, acostumbrado a la victoria. Pero los alemanes también tenían limitaciones ocultas.

La Wehrmacht no era una fuerza completamente motorizada. Más de seiscientos mil caballos participaban en la invasión inicial arrastrando artillería y suministros. Las unidades de infantería marchaban a pie como en 1914.

Los logísticos alemanes calculaban que el ejército tenía combustible suficiente para avanzar entre quinientos y ochocientos kilómetros desde la frontera. Después de eso, necesitaría una pausa para reabastecerse. El sistema ferroviario soviético usaba un ancho de vía diferente al europeo, lo que significaba que los trenes alemanes no podían usar las líneas capturadas sin reconvertirlas.

Del lado soviético, sobre el papel, un ejército formidable. En la realidad, un organismo en transición convulsionado por reorganizaciones simultáneas, cambios de mando masivos y despliegues defensivos incompletos. Los veintinueve nuevos cuerpos mecanizados aprobados en febrero de 1941 no habían recibido sus equipos, y muchos tenían menos del cuarenta por ciento de sus tanques autorizados.

El cuarto cuerpo mecanizado, considerado el más poderoso del ejército soviético, tenía novecientos setenta y nueve tanques, incluyendo cuatrocientos catorce de los modernos KV y T-34. Pero la mayoría de los cuerpos mecanizados tenían mezclas de vehículos obsoletos, camiones requisados de empresas civiles que no podían funcionar en campaña y tripulaciones que apenas llevaban semanas con sus máquinas. Sin embargo, el T-34 era, en casi todos los aspectos técnicos, superior a cualquier tanque alemán desplegado en junio de 1941.

Su blindaje inclinado de cuarenta y cinco milímetros resistía la mayoría de los cañones anticarro alemanes, y su cañón de 76,2 milímetros de alta velocidad perforaba el blindaje de los Panzer III y IV a distancias de combate normales.

El tanque pesado KV-1 de 47,5 toneladas era directamente invulnerable a casi todas las armas alemanas, excepto los famosos cañones de 88 milímetros antiaéreos de la Luftwaffe. Si el Ejército Rojo hubiera tenido cuatro años más para prepararse, el panorama habría sido radicalmente diferente. No los tuvo.

A las tres de la mañana del 22 de junio de 1941, treinta tripulaciones de bombarderos de la Luftwaffe cruzaron la frontera soviética a gran altitud. En grupos de tres, golpearon diez bases aéreas soviéticas principales exactamente a las 3:15, en el momento exacto en que una breve preparación artillera señalaba el inicio de la guerra terrestre.

Cuando el sol salió, quinientos bombarderos, doscientos setenta bombarderos en picada y cuatrocientos ochenta cazas atacaron sesenta y seis aeródromos soviéticos. El Ejército del Aire Rojo perdió más de mil aeronaves en la primera mañana de la guerra, la mayoría destruidas en tierra antes de que sus pilotos pudieran despegar. Las comunicaciones soviéticas colapsaron en horas.

La red telefónica civil, de la que dependía gran parte del ejército, fue destruida por los ataques aéreos y la abrumadora masa de reportes de emergencia. Las unidades de sabotaje alemanas, los Brandenburger, infiltradas con uniformes soviéticos, cortaron líneas telefónicas, capturaron puentes clave y sembraron el caos en la retaguardia.

En el Frente Occidental, el general Dmitri Pavlov perdió el control de sus fuerzas en las primeras horas. Sus ejércitos del sector de Bialystok, el tercero y el décimo, quedaron atrapados en una trampa mientras los grupos Panzer alemanes los envolvían desde el norte y el sur. Para el 26 de junio, Pavlov envió a Moscú un mensaje desesperado: hasta mil tanques del tercer grupo Panzer están envolviendo Minsk desde el noroeste.

No hay manera de oponer resistencia. No era exageración, era la realidad. Para finales de junio, los grupos Panzer segundo y tercero habían cerrado sus tenazas alrededor de un bolsillo enorme al oeste de Minsk, conteniendo la mayor parte de los ejércitos tercero y décimo del Frente Occidental.

Más de cuatrocientos diecisiete mil soldados soviéticos habían sido muertos o capturados. El Frente Occidental como fuerza organizada había dejado de existir. Pavlov fue ejecutado poco después.

Pero incluso en este caos sin precedentes había señales de lo que vendría. En el sur, el general Mijaíl Kirponos, comandante del Frente Suroeste, había mantenido contacto estrecho con las guardias fronterizas en los días previos y alertó a sus unidades cuando los alemanes se concentraron en la frontera. Su frente era bendecido con ocho cuerpos mecanizados.

Ninguno estaba completamente equipado, ninguno estaba completamente entrenado, pero el general Konstantín Rokossovsky, comandante del noveno cuerpo mecanizado, tomó una decisión que ilustró el nacimiento de una nueva capacidad.

En lugar de atacar según órdenes imposibles, estableció posiciones defensivas y emboscó a la columna principal de la decimotercera división Panzer que avanzaba hacia Rivne. Por primera vez en la guerra, el ejército alemán encontró fuego masivo de artillería soviética y sufrió bajas severas. La encarnizada batalla por el flanco soviético suroeste retrasó al Grupo de Ejércitos Sur al menos una semana, ganando tiempo crucial que permitiría la evacuación parcial de la industria soviética hacia los Urales.

El 24 de junio de 1941, Stalin firmó la orden que creó el Consejo de Evacuación. Bajo la dirección de Nikolái Shvérnik y con Alekséi Kosiguin como su adjunto, el Estado soviético emprendió una de las hazañas logísticas más extraordinarias del siglo XX.

Fábricas enteras, con sus máquinas, sus ingenieros, sus obreros y sus familias, fueron desmontadas y cargadas en trenes que partían hacia los Urales y Siberia. La planta metalúrgica de Zaporozhie en el Donbás requirió ocho mil vagones ferroviarios solo para su traslado a Magnitogorsk. En el área de Leningrado, donde el avance alemán fue tan rápido, solo noventa y dos fábricas pudieron ser relocalizadas antes de que la ciudad fuera rodeada.

Una antigua planta de tanques se convirtió en el complejo conocido como Tankogrado en Cheliábinsk, que para finales de 1941 ya producía más de quinientos tanques pesados KV.

Para el 12 de diciembre de 1941, quinientas veintitrés empresas y quinientos sesenta y cuatro mil doscientos cuarenta y ocho trabajadores con sus familiares habían sido evacuados de la región de Moscú en cien mil trescientos treinta y cuatro vagones ferroviarios. La Unión Soviética afirmó haber trasladado un total de mil novecientas diez grandes fábricas, incluyendo ochocientas veinticuatro relacionadas con armamento, hacia el Volga, Siberia y Asia Central en casi treinta mil trenes con un millón y medio de cargas ferroviarias entre julio y diciembre de 1941. Las maquinarias llegaban a sus destinos en un horario confuso y escalonado, a veces con solo una fracción de los trabajadores calificados.

Con frecuencia se descargaban en construcciones de madera recién levantadas sin calefacción en pleno invierno siberiano. Los obreros trabajaban bajo luces eléctricas colgadas en árboles, suplementadas con hogueras, mientras afuera las temperaturas caían muy por debajo de cero. Algunas fábricas estaban produciendo de nuevo en cuestión de semanas.

Otras tardaron más de un año. El resultado fue que, a pesar del colapso inicial, la Unión Soviética produjo aproximadamente seis mil quinientos noventa tanques en 1941, dos tercios de ellos los modernos T-34 y KV. Comparativamente, Alemania produjo cinco mil doscientos.

La URSS también produjo el doble de aeronaves de combate que Alemania ese año, el doble de cañones y once veces más morteros.

Una maquinaria de guerra completamente nueva nacía en las entrañas de los Urales, construida literalmente sobre nieve y sacrificio. Cuando el general Halder anotó en su diario el 3 de julio de 1941 que la campaña rusa ha sido ganada en el espacio de dos semanas, era una afirmación que en ese preciso momento parecía respaldada por los hechos. Las tres armas de primera línea del Frente Occidental habían sido destruidas.

Los alemanes estaban en el Dniéper y el Pina occidental, a menos de cuatrocientos kilómetros de Moscú. Lo que Halder no sabía era que al otro lado del Dniéper esperaban cinco ejércitos que el mariscal Budionni había comenzado a ensamblar desde finales de mayo.

Estos ejércitos no eran formaciones de primera línea. El vigésimo, el vigésimo primero, el vigésimo segundo, el decimosexto. Eran formaciones mal equipadas, muchas de ellas compuestas por reservistas convocados de urgencia, con escasas comunicaciones, artillería anticarro insuficiente y estados mayores que apenas conocían sus propias unidades.

Sin embargo, eran algo que los alemanes no habían previsto: nueva carne para el molino. Stalin puso al mariscal Timoshenko al mando del Frente Occidental el 1 de julio. En los días siguientes, los alemanes encontraron que cruzar el Dniéper era mucho más difícil que cruzar el Dviná.

Las contraofensivas soviéticas eran crudas, mal coordinadas y costosas, pero existían.

Las divisiones Panzer alemanas, que habían avanzado setecientos kilómetros en dos semanas, se encontraron de repente fijadas en una defensa encarnizada a la que no estaban acostumbradas. El 18 de julio, el Panzergruppe de Guderian había capturado las alturas de Yelnya a ochenta y dos kilómetros al sureste de Smolensk. Sus tanques habían llegado al límite logístico de su avance inicial.

Los tanquistas alemanes podían ver a lo lejos las cúpulas de las iglesias de la ciudad que los mapas describían como la puerta a Moscú, pero estaban sin combustible y sin munición. Las divisiones se reducían a compañías, las compañías a pelotones. El comandante de la decimoctava división Panzer escribió una nota que capturó el estado de ánimo: necesitamos reducir nuestras bajas si no pretendemos ganarnos a la muerte.

El 23 de julio, Zhukov coordinó la primera contraofensiva genuinamente organizada de la guerra. Cuatro grupos operacionales atacaron simultáneamente desde el norte, el este y el sur contra el Grupo de Ejércitos Centro al este de Smolensk. Los ataques fueron descoordinados, costosos y, en gran medida, fallidos en términos tácticos, pero fueron continuos.

Por primera vez en la guerra, el Grupo de Ejércitos Centro tuvo que detenerse para defenderse. El 30 de julio, la Directiva del Führer número 34 ordenó al Grupo de Ejércitos Centro pasar a la defensiva y preparar sus fuerzas para operaciones futuras. Era la primera vez que los alemanes emitían tal orden desde que había comenzado la Blitzkrieg en 1939.

Mientras Timoshenko contenía al Grupo de Ejércitos Centro cerca de Smolensk, al sur se estaba desarrollando el mayor desastre de toda la guerra. El mariscal Semión Budionni, comandante de la Dirección Suroeste, tenía órdenes de mantener Kiev a toda costa. Stalin estaba convencido de que la ofensiva alemana principal vendría eventualmente hacia Moscú y que el movimiento hacia el sur era una distracción.

Zhukov, en una de las pocas ocasiones en que se atrevió a contradecir directamente al dictador, advirtió en agosto de 1941 que Kiev era una trampa. El Grupo de Ejércitos Sur estaba siendo reforzado para una pinza enorme. La advertencia le costó a Zhukov el cargo de jefe del Estado Mayor, y el propio Zhukov pidió ser transferido al mando del Frente de Reserva.

La premonición se cumplió con una precisión escalofriante. Guderian giró su grupo Panzer hacia el sur, detrás de las líneas del Frente Suroeste. Kleist hizo lo propio desde el sur.

El 14 de septiembre de 1941, los dos grupos se unieron al este de Kiev. En las semanas siguientes, cuatro ejércitos soviéticos fueron destruidos dentro del cerco: el quinto, el trigésimo séptimo, el vigésimo sexto y el trigésimo octavo. Un total de cuarenta y tres divisiones con cuatrocientos cincuenta y dos mil setecientos veinte hombres y tres mil ochocientos sesenta y siete cañones y morteros.

El general Kirponos, que había advertido del peligro y pedido permiso para retirarse, fue muerto durante un intento de ruptura del cerco.

La cifra alemana de seiscientos sesenta y cinco mil prisioneros probablemente triplicó el número de captivos reales, pero aproxima bien las pérdidas totales soviéticas en la operación. Y sin embargo, incluso en Kiev, los alemanes pagaron un precio. Habían desviado su energía y sus recursos del eje de avance principal.

El tiempo perdido en el sur, casi dos meses críticos, no podía recuperarse. El invierno ruso se aproximaba. El camino a Moscú estaba intacto, pero el reloj corría en contra de los invasores.

La Operación Tifón, el último intento alemán de capturar Moscú en 1941, comenzó el 2 de octubre. Tres grupos Panzer, reagrupados y parcialmente reabastecidos, golpearon las líneas soviéticas a lo largo de un frente de trescientos cincuenta kilómetros.

Lo que siguió fue uno de los momentos más dramáticos de toda la guerra. En los primeros días, los bolsillos de Viazma y Briansk engulleron más de seiscientos cincuenta mil soldados soviéticos. En Moscú, el 13 de octubre, Stalin ordenó la evacuación de la mayoría de las oficinas gubernamentales y del partido a Kúibyshev, en el Volga.

El anuncio de esta evacuación, combinado con rumores sobre los combates en Viazma, produjo el 16 y 17 de octubre una situación cercana al pánico en la capital. Solo el anuncio radiofónico de que Stalin permanecía en la ciudad sofocó el caos. Zhukov fue enviado desde Leningrado para tomar el mando del Frente Occidental.

Encontró que prácticamente no había fuerzas para defender el camino a Moscú.

La batalla desesperada en el bolsillo de Viazma, dirigida por el general Lukin, ganó días cruciales mientras unidades frescas llegaban desde Siberia. El general Katukov y su cuarta brigada de tanques, equipada con los nuevos T-34, usaron por primera vez tácticas que se convertirían en características del ejército soviético: emboscadas desde el bosque, ataques desde los flancos, repliegues controlados que atraían a los Panzer alemanes hacia líneas antitanques preparadas. Cerca de Mtsensk, el 6 de octubre, Katukov infligió tal daño al grupo de combate de la cuarta división Panzer de Guderian que se abrió una investigación especial en el Estado Mayor Alemán.

Para noviembre, el terreno se había congelado, restaurando la movilidad alemana, y Bock lanzó su embestida final. El tercer ejército Panzer llegó a Klin el 24 de noviembre. Un puente sobre el canal Moscú-Volga fue cruzado, colocando tanques alemanes a menos de treinta y cinco kilómetros del Kremlin.

Oficiales alemanes afirmaron que podían ver las torres de la ciudad a través de sus prismáticos. Fue el punto más cercano que la Wehrmacht jamás alcanzaría. El 4 de diciembre, las temperaturas cayeron a quince grados bajo cero.

Los motores de los tanques alemanes no arrancaban sin ser precalentados durante horas. Los soldados, sin equipamiento de invierno adecuado, sufrían congelación masiva.

Las divisiones de infantería habían perdido más del cincuenta por ciento de su fuerza de combate en dos meses. Al mismo tiempo, Stalin había acumulado en silencio tres nuevos ejércitos: el primero de choque, el vigésimo y el décimo, frescos, bien equipados y equipados con esquís. Los soldados provenían de los distritos militares siberianos, curtidos en el frío, preparados para la guerra de invierno que los alemanes temían.

A las tres de la madrugada del 5 de diciembre de 1941, cuando la temperatura era de quince grados bajo cero y la nieve cubría un metro de profundidad, el Frente de Kalinin lanzó la contraofensiva. Al día siguiente, el Frente Occidental añadió sus propios ataques desde posiciones al norte y sur de Dmitrov.

La naturaleza del combate cambió de la noche a la mañana. Los esquiadores soviéticos y los batallones de caballería penetraban entre los pueblos que las unidades alemanas necesitaban para sobrevivir. Los T-34 avanzaban por caminos que los tanques alemanes no podían usar.

En el norte, el primer ejército de choque expulsó a la séptima división Panzer de su cabecera de puente sobre el canal Moscú-Volga. En el sur, la caballería del general Bélov cortó la ruta de suministros del segundo ejército Panzer de Guderian. En diez días, el Grupo de Ejércitos Centro había sido empujado entre cien y ciento cincuenta kilómetros hacia el oeste.

Klin fue liberada el 15 de diciembre.

Guderian solicitó repetidamente autorización para retirar su ejército a posiciones más defensibles. El OKH no tenía autoridad para concederla sin el consentimiento de Hitler. El 25 de diciembre, tras un conflicto final con el nuevo comandante del Grupo de Ejércitos Centro, el mariscal von Kluge, Guderian fue relevado del mando.

Hitler asumió el mando personal del ejército. Su orden de resistencia fanática ha sido criticada por generaciones de historiadores militares alemanes como otro ejemplo de interferencia aficionada, pero en este caso la mayoría de los analistas concluyen que la orden fue correcta. Los alemanes carecían de los recursos y el transporte para construir una nueva línea defensiva.

Defender en el lugar, por duro que fuera, les permitía al menos conservar los rudimentos del abrigo y los suministros que les mantendrían vivos hasta que llegaran refuerzos.

Lo que Stalin no comprendió fue que la victoria de diciembre no era el preludio de la derrota alemana, sino el fin de su propia ofensiva estratégica. Exigió a sus comandantes extender la contraofensiva en todas las direcciones, simultáneamente contra el Grupo de Ejércitos Norte cerca de Leningrado, contra el Grupo de Ejércitos Centro a lo largo de todo su frente y contra el Grupo de Ejércitos Sur en el sur de Rusia. Zhukov y Shaposhnikov advirtieron que las fuerzas disponibles eran insuficientes.

Stalin ignoró las advertencias. La contraofensiva se extendió. Las unidades de caballería penetraron cientos de kilómetros en la retaguardia alemana, pero carecían de la masa necesaria para explotar.

El segundo ejército de choque fue enviado a través de una brecha hacia la retaguardia del ejército del norte alemán cerca de Leningrado. Quedó atrapado. Sus hombres resistieron en condiciones de pesadilla durante meses.

En junio de 1942, el comandante que había sido enviado para rescatarlos, el general Vlásov, fue capturado. Su amargura por el abandono lo llevó a colaborar con los alemanes, un acto que los historiadores soviéticos borraron meticulosamente de los registros durante décadas. Para la primavera de 1942, la línea del frente se había estabilizado.

El cansancio era mutuo y ambas partes se preparaban para el verano. En mayo de 1942, el mariscal Timoshenko planeó una ofensiva ambiciosa para reconquistar Járkov.

En teoría, era un golpe para desarticular las preparaciones alemanas para el verano. En la práctica, fue una catástrofe que ilustró todos los problemas pendientes del Ejército Rojo. El plan era complejo, dependía de coordinación simultánea entre múltiples ejércitos y subestimó radicalmente la capacidad de respuesta alemana.

Timoshenko concentró setecientos sesenta y cinco mil trescientos hombres y novecientos veintitrés tanques contra el sexto ejército alemán. Los ataques del 12 de mayo inicialmente sorprendieron a los defensores. En el sur, el sexto ejército del general Gorodnianski avanzó sesenta kilómetros en dos días, pero las formaciones acorazadas que debían explotar el éxito permanecieron en sus áreas de concentración por fallos de coordinación del Estado Mayor.

Los alemanes respondieron con maestría. Hitler autorizó la transferencia del octavo cuerpo aéreo de Richthofen desde Crimea y permitió a Kleist lanzar la Operación Fridericus, un ataque en pinza desde el sur contra el flanco izquierdo soviético. El tercer cuerpo motorizado de Geir von Schwerpenburg, con cuatro divisiones Panzer, cortó las comunicaciones del avance soviético el 17 de mayo.

Los ejércitos soviéticos sexto y quincuagésimo séptimo, además de dos cuerpos de tanques, fueron destruidos completamente. Los alemanes capturaron doscientos treinta y nueve mil treinta y seis prisioneros. La derrota en Járkov precedió a la ofensiva alemana más ambiciosa del verano de 1942, la Operación Azul, cuyo objetivo era las reservas petroleras del Cáucaso y el control del Volga.

Stalin, aún convencido de que el objetivo alemán real era Moscú, mantuvo sus reservas estratégicas en el centro mientras el flanco sur se derrumbaba. Para finales de julio, los alemanes habían alcanzado el Cáucaso. El primer ejército Panzer capturó los pequeños campos petrolíferos de Maikop el 9 de agosto, solo para encontrarlos sistemáticamente destruidos.

El Grupo de Ejércitos B avanzaba hacia el este a lo largo del Don, y en el horizonte, una ciudad a la que nadie había prestado mucha atención comenzó a adquirir una importancia desproporcionada para ambos bandos: Stalingrado. En 1942, Stalingrado era una ciudad industrial de seiscientos mil habitantes, extendida a lo largo de veinticuatro kilómetros sobre la ribera occidental del Volga.

Suministraba equipos militares cruciales, pero lo que la convirtió en el epicentro de la guerra fue algo más simple y más fatídico: su nombre. Para Hitler, capturar la ciudad que llevaba el nombre de su enemigo tenía un valor simbólico que superaba cualquier consideración estratégica. Para Stalin, perderla era impensable.

Ambos dictadores tomaron la misma decisión al mismo tiempo, por razones idénticas: esta ciudad no se podía perder. El general Vasili Chuikov tomó el mando del sexagésimo segundo ejército dentro de Stalingrado en septiembre de 1942. Su instrucción operativa, nacida de la desesperación, se convirtió en doctrina: abrazar al enemigo, mantener las líneas propias tan cerca de las alemanas que la aviación y la artillería pesada alemana no pudiera usarse sin destruir a sus propias tropas.

Combatir metro a metro, edificio a edificio, piso a piso, en una guerra de proximidad donde la ventaja táctica alemana se anulaba. Las batallas por las ruinas de los complejos industriales de Stalingrado, la fábrica de tractores, las acerías Octubre Rojo, la fábrica de municiones Barricadas, son algunas de las más feroces de toda la historia militar. Regimientos que llegaban a la ciudad con miles de hombres se reducían a cientos en días.

Las divisiones de Paulus rotaban sus unidades entre el combate activo dentro de la ciudad y las posiciones defensivas en el flanco. Las bajas alemanas crecían sin cesar. Al mismo tiempo, la Stavka ejecutaba algo extraordinario: la operación de planificación más meticulosa que el Ejército Rojo había realizado hasta entonces.

Mientras el mundo miraba las ruinas de Stalingrado, lejos de los reflectores, dos frentes soviéticos acumulaban silenciosamente fuerzas masivas a ambos lados del saliente alemán. El general Alekséi Antónov y los planificadores de la Stavka habían identificado el punto débil fundamental. Los flancos del sexto ejército de Paulus no estaban protegidos por fuerzas alemanas, sino por los ejércitos rumano tercero y cuarto, pobremente equipados y con escasos cañones anticarro efectivos.

La Operación Urano no buscaría penetrar a los alemanes, los rodearía a través de sus aliados más débiles. El 19 de noviembre de 1942 a las 7:30 de la madrugada, el Frente Suroccidental del general Nikolái Vatutin lanzó la ofensiva.

La temperatura era de dieciocho grados bajo cero. El vigésimo sexto y el primer cuerpo de tanques del quinto ejército de tanques de Romanenko penetraron los sectores del ejército rumano tercero en cuestión de horas. Tres divisiones rumanas que totalizaban veintisiete mil prisioneros cayeron capturadas en los primeros tres días.

Los cuerpos de tanques avanzaron hasta setenta kilómetros por día, evadiendo los centros de resistencia. Al amanecer del 22 de noviembre, el teniente coronel G. N.

Filippov organizó una audaz maniobra. Formó cinco tanques T-34 y dos compañías de infantería motorizada en columna cerrada con todos los faros encendidos y avanzó hacia el puente norte de Kalach-na-Donu como si fuera una columna alemana regresando de operaciones.

Los centinelas alemanes lo dejaron pasar. El puente fue capturado intacto. Por el sur, el cuarto cuerpo mecanizado del general Volski penetraba desde las posiciones del ejército rumano.

El 23 de noviembre, el vigésimo sexto cuerpo de tanques y el cuarto cuerpo mecanizado se unieron cerca de Sovetskoye. El sexto ejército alemán, veintidós divisiones, trescientos treinta mil hombres, estaba encerrado. Lo que siguió fue uno de los desenlaces más oscuros de la historia militar moderna.

El mariscal del Reich Hermann Göring prometió a Hitler que la Luftwaffe podría suministrar al sexto ejército por aire. Para sostener a trescientos treinta mil hombres se necesitaban al menos seiscientas toneladas diarias. La Luftwaffe nunca superó las trescientas toneladas en ningún día, y muchos días entregó menos de cien.

El general soviético P. S. Stepanov organizó el primer sistema soviético de defensa aérea sistemática de la guerra, con anillos concéntricos de interceptores controlados desde tierra y baterías antiaéreas.

Los lentos Ju-52, los aviones de transporte alemanes sin blindaje, volaban directamente hacia estas defensas. En el periodo más intenso del puente aéreo, la cuarta flota aérea alemana perdió cuatrocientos ochenta y ocho aviones de transporte y bombarderos reconvertidos, más de doscientos sesenta y cinco Ju-52, un tercio del inventario completo de Alemania. El mariscal von Manstein recibió el mando del recién creado Grupo de Ejércitos Don con órdenes de abrir un corredor hacia el bolsillo.

La Operación Wintergewitter comenzó el 12 de diciembre.

El quincuagésimo séptimo cuerpo Panzer de Kirchner, equipado con la sexta división Panzer recién reforzada, avanzó durante ocho días, llegando a estar apenas a cincuenta kilómetros del perímetro de Stalingrado. Fue detenido por el segundo ejército de la guardia de Malinovski. El 31 de enero de 1943, el mariscal de campo Friedrich Paulus, recién promovido, capituló ante el sexagésimo cuarto ejército soviético.

El 2 de febrero cesó toda resistencia organizada. De trescientos treinta mil hombres capturados dentro del bolsillo, aproximadamente noventa y un mil marcharon hacia el cautiverio soviético. Solo cinco mil regresarían alguna vez a Alemania.

El sexto ejército había dejado de existir.

La victoria en Stalingrado demostró que el Ejército Rojo era capaz de planificar y ejecutar operaciones estratégicas a una escala que los alemanes no habían anticipado. Pero las semanas que siguieron también revelaron que los viejos problemas persistían: la tendencia de Stalin a exigir ofensivas en demasiados frentes simultáneamente y la incapacidad del ejército para sustentar explotaciones profundas sin quedar sobreextendido. En febrero y marzo de 1943, mientras el Ejército Rojo intentaba explotar Stalingrado hacia un colapso general del Grupo de Ejércitos Sur, Manstein ejecutó una contraofensiva magistral que recuperó Járkov y detuvo el avance soviético en el río Donets.

Las unidades soviéticas, exhaustas después de meses de operaciones ofensivas, carecían del combustible, la munición y los refuerzos para resistir el golpe de los blindados SS que Manstein había concentrado expertamente. Pero de las cenizas del fracaso soviético en la primavera de 1943 nació algo nuevo. El mapa del frente, con su peculiar curvatura, había creado un saliente que los alemanes solo podían mirar como una oportunidad.

El saliente de Kursk, un bolsón soviético de doscientos cincuenta kilómetros de norte a sur y ciento sesenta de este a oeste, que apuntaba hacia el oeste como un puño. La trampa perfecta. Los alemanes comenzaron a planear.

Los soviéticos, perfectamente informados gracias a su servicio de inteligencia, se prepararon para recibirlos.

Para el verano de 1943, la decisión estratégica fundamental en el Estado Mayor soviético fue la más contraintuitiva de la guerra: no atacar. Zhukov y Vasilevski convencieron a Stalin de que el Ejército Rojo debía absorber la próxima ofensiva alemana, destruir su potencial ofensivo y solo entonces lanzar las contraofensivas propias. No fue fácil.

Stalin había terminado dos inviernos consecutivos con la sensación de que la victoria estaba al alcance y que se había escapado por errores de timing. Pero la lógica era irrefutable. Si los alemanes iban a atacar en Kursk, que atacaran.

El Ejército Rojo construyó en el saliente de Kursk la red defensiva más elaborada que Europa había visto.

Ocho cinturones defensivos sucesivos, cada uno integrado con campos de minas, hasta tres mil doscientas por kilómetro de frente, posiciones antitanque en profundidad y artillería concentrada. Cada compañía de fusilería disponía de al menos tres piezas de artillería, nueve cañones antitanque, un tanque o cañón autopropulsado y un pelotón de ingenieros de combate dentro de su posición defensiva. Los ejercicios de control de fuego artillero se repetían diariamente.

Todos los blancos estaban registrados. Cada metro de cable telefónico fue comprobado y recomprobado. La batalla comenzó el 5 de julio de 1943.

Media hora antes de que los alemanes planificaran abrir su propia artillería, la artillería soviética lanzó una contrabarrera preventiva.

El efecto fue mixto. Los artilleros alemanes, sorprendidos al aire libre, sufrieron gravemente, pero en otros sectores las posiciones de concentración de las tropas de asalto no fueron alcanzadas. En el norte, el noveno ejército del general Model atacó los frentes del decimotercero y septuagésimo ejércitos de Rokossovsky.

En seis días, con apoyo masivo de bombarderos Stuka, solo penetró entre ocho y quince kilómetros dentro de las defensas soviéticas de varias capas. Rokossovsky contraatacó con el segundo ejército de tanques. Los cuerpos de tanques soviéticos cerraron la brecha, lanzaron contraataques desde los flancos y detuvieron el avance alemán el 12 de julio.

Model había perdido unos cuatrocientos tanques y cincuenta mil bajas.

En el sur, el cuarto ejército Panzer de Hoth, con los temibles Tiger, Panther y Elefant, penetró más profundo, hasta treinta y cinco kilómetros. Pero Vatutin comprometió el primer ejército de tanques de Katukov en una defensa activa, enterrando tanques, lanzando contraataques continuos desde los flancos para cansar y degradar a los blindados alemanes. El 11 de julio, el quinto ejército de tanques de la guardia del general Rodmistrov llegó al campo de batalla después de una marcha de cien kilómetros en marchas nocturnas.

El 12 de julio, Rodmistrov lanzó su carga hacia delante, buscando reducir la ventaja técnica de los Tiger reduciéndola a distancias de combate cortas, donde los cañones soviéticos tenían oportunidad de penetrar su blindaje.

El ataque fue costoso. Rodmistrov perdió hasta cuatrocientos de sus quinientos tanques atacantes, pero cumplió su propósito: fijó al segundo cuerpo Panzer SS y lo combatió hasta detenerlo para el 13 de julio. Ese mismo día, el 10 de julio, los aliados occidentales habían desembarcado en Sicilia.

Hitler ordenó retirar el segundo cuerpo Panzer SS para redeployarlo en Italia. Manstein protestó en vano. El 18 de julio, el cuarto ejército Panzer comenzó su retirada a las posiciones iniciales.

Por primera vez en la guerra, una gran ofensiva alemana había fallado en penetrar las defensas soviéticas hacia las profundidades operacionales. El 12 de julio de 1943, mientras los alemanes aún combatían en el saliente de Kursk, el Ejército Rojo lanzó la Operación Kutúzov contra el saliente alemán de Orel al norte del campo de batalla.

El undécimo ejército de la guardia del general Bagramian, con ciento setenta mil quinientos hombres, seiscientos cuarenta y ocho tanques y tres mil cien piezas de artillería, creó una penetración el primer día que los cuerpos de tanques soviéticos explotaron antes de que los alemanes pudieran reaccionar. El 5 de agosto, el tercer ejército de tanques de la guardia del general Rybalko entró en Orel. Para el 18 de agosto, el saliente alemán había sido completamente eliminado.

Dos semanas después, sin darles tiempo para reorganizarse, los frentes de Vorónezh y Stepnói lanzaron la Operación Rumiántsev al sur del saliente de Kursk. El primer ejército de tanques de Katukov y el quinto ejército de tanques de la guardia de Rodmistrov explotaron la brecha creada por las fuerzas combinadas.

Bélgorod cayó el 5 de agosto. Járkov fue liberada el 23 de agosto. En el momento en que los planificadores del Estado Mayor alemán intentaban comprender qué había ocurrido en el norte, el sur estallaba.

Cuando intentaban estabilizar el sur, el norte volvía a moverse. Era el concepto de la ofensiva sucesiva que Tujachevski había articulado en los años veinte y que ahora, con un ejército maduro y suficiente masa, comenzaba a funcionar con una precisión mortal. Para finales de 1943, el Ejército Rojo cruzaba el Dniéper en cuarenta puntos de cruce, la mayoría improvisados.

Los ingenieros soviéticos construyeron balsas con troncos y bidones de petróleo bajo el fuego alemán.

Las unidades de vanguardia se lanzaban al Dniéper en cualquier embarcación disponible. El 6 de noviembre de 1943, los tanques de Rybalko irrumpieron desde el pequeño cabezal de puente de Liutezh al norte de Kiev y en tres días habían liberado la capital de Ucrania. El año 1944 fue el año en que el Ejército Rojo demostró que no solo podía ganar batallas, sino secuenciarlas.

Stalin planeó cinco ofensivas escalonadas que comenzaban en el norte y trabajaban hacia el sur como una marea que sube, impidiendo que los alemanes concentraran sus reservas en ningún punto antes de que el siguiente punto fuera golpeado. En el norte, el 14 de enero de 1944, el Frente de Leningrado atacó desde un cabezal de puente en Oranienbaum que había sido secretamente reforzado durante semanas de infiltración nocturna.

El segundo ejército de choque, con cinco divisiones de fusilería, seiscientos cañones y varias unidades blindadas, golpeó el flanco del decimoctavo ejército alemán que asediaba la ciudad. Un día después, el resto del Frente de Leningrado se unió. Para el 20 de febrero, el asedio de Leningrado, que había durado ochocientos setenta y dos días, había terminado.

La ciudad que los alemanes habían prometido no tomar, sino simplemente destruir, había sobrevivido. Sus ciudadanos habían pagado un precio que desafía la comprensión. Más de un millón de civiles murieron durante el asedio, principalmente de hambre.

El invierno de 1941 a 1942 fue el más mortal, con hasta cien mil personas muriendo solo en enero de 1942 en Leningrado.

Las personas se derrumbaban en la calle y morían antes de que nadie pudiera ayudarles. La ración de pan para los trabajadores no combatientes cayó a doscientos cincuenta gramos diarios. Para los dependientes, ciento veinticinco gramos.

En Ucrania, la maquinaria soviética funcionó con una eficiencia que habría sido inimaginable dos años antes. La Operación Korsun-Cherkasy encerró dos cuerpos alemanes, el undécimo y el trigésimo segundo, en un bolsillo cerca del Dniéper. El general Kónev ejecutó una elaborada operación de engaño, simulando la concentración del quinto ejército de tanques de la guardia en los bosques al oeste de Kirovogrado, mientras ese ejército se movía silenciosamente cien kilómetros al norte.

El 24 de enero, el quinto de tanques y el sexto ejército de tanques cerraron el cerco. Los contraataques alemanes de rescate llegaron a estar a menos de quince kilómetros del bolsillo. Nunca lo abrieron.

El 17 de febrero, el general Stemmermann dio la orden de ruptura con los supervivientes. Al amanecer, los tanques soviéticos y los cosacos a caballo cortaron a los fugitivos. Los soviéticos afirmaron cincuenta y cinco mil alemanes muertos o heridos y dieciocho mil capturados.

El 22 de junio de 1944, el tercer aniversario exacto de la invasión alemana de la Unión Soviética, comenzó la operación que muchos historiadores militares consideran la mayor derrota de la historia del ejército alemán, no en Stalingrado, sino en Bielorrusia.

La Operación Bagratión fue un ejercicio de engaño estratégico y concentración operativa a una escala que los alemanes no habían creído posible. Mientras los blindados alemanes observaban el sur, convencidos de que la próxima ofensiva vendría contra el Grupo de Ejércitos Norte de Ucrania, donde toda la inteligencia alemana señalaba una enorme concentración soviética, la Stavka había movido silenciosamente el quinto ejército de tanques de la guardia, el octavo ejército de la guardia y varias otras formaciones de primera línea desde el sur hacia Bielorrusia, sin que la inteligencia alemana lo detectara. El Grupo de Ejércitos Centro del mariscal de campo Busch tenía sesenta y tres divisiones defendiendo un frente de casi seiscientos kilómetros.

Solo cuatro divisiones estaban disponibles como reservas operacionales detrás de esa línea. Muchas unidades de esas supuestas reservas estaban comprometidas en operaciones antipartisanas en la retaguardia. Los sistemas defensivos consistían en un cordón de trincheras sin profundidad real.

Hitler había designado varias ciudades como fortalezas, Vítebsk, Orsha, Moguilev, Bobruisk, que debían resistir indefinidamente, aunque ninguna tenía las guarniciones, el suministro o las defensas para hacerlo. La noche del 19 al 20 de junio, los partisanos soviéticos lanzaron una oleada coordinada de ataques contra las vías ferroviarias en toda la retaguardia del Grupo de Ejércitos Centro. Más de diez mil puntos de sabotaje fueron activados simultáneamente.

Las líneas de suministro, retirada y refuerzo quedaron paralizadas. El 23 de junio, los ejércitos de cuatro frentes soviéticos atacaron en cinco puntos simultáneos. Para el 25 de junio, el quincuagésimo tercer cuerpo de ejército alemán estaba encerrado en Vítebsk con treinta y cinco mil hombres.

Para el 27 de junio, el primer cuerpo de tanques de la guardia y el noveno cuerpo de tanques habían cruzado el Berézina y comenzaban a converger sobre Minsk por el norte y el sur respectivamente. El cuarto ejército alemán, más de cien mil hombres, quedó encerrado al este de Minsk. El 3 de julio, la vigésimo novena Brigada de Tanques de la Guardia entró a Minsk por el noroeste, mientras la cuarta brigada de tanques de la guardia lo hacía por el noreste.

Esa misma tarde, elementos del primer cuerpo de tanques de la guardia llegaron desde el sur. La ciudad cayó en una mañana sin que se organizara ninguna defensa significativa. En doce días, el Grupo de Ejércitos Centro había perdido veinticinco divisiones y más de trescientos mil hombres.

En las semanas siguientes perdería más de cien mil adicionales. La Operación Bagratión costó a los alemanes cuatrocientos mil bajas, mientras el Ejército Rojo sufría aproximadamente ciento ochenta mil muertos y desaparecidos y más de quinientos mil heridos y bajas no relacionadas con combate. El conjunto de la operación destruyó veintiocho de las treinta y cuatro divisiones del tercer ejército Panzer, el cuarto y el noveno ejércitos del Grupo de Ejércitos Centro.

Fue la mayor derrota en la historia del ejército alemán. El 17 de julio de 1944, cincuenta mil prisioneros alemanes capturados en Minsk fueron desfilados por las calles de Moscú. No era un espectáculo de crueldad, era un comunicado.

La Unión Soviética le decía al mundo que la guerra había cambiado de dirección permanentemente. Mientras Bagratión destruía el centro del frente alemán, el Ejército Rojo ejecutaba dos ofensivas adicionales que extendían el colapso hacia los extremos del territorio controlado por Alemania. En el norte, la Operación Leópolis-Sandomierz lanzó tres ejércitos de tanques del mariscal Kónev hacia el sur de Polonia.

El primer ejército de tanques de la guardia de Katukov, el tercero de tanques de la guardia de Rybalko y el cuarto de tanques de Leliushenko penetraron el Grupo de Ejércitos Norte de Ucrania y en días habían cruzado el Vístula, estableciendo cabezales de puente en suelo polaco. Para el 29 de julio, unidades de avanzada del primer ejército de tanques de la guardia habían cruzado el Vístula al sur de Sandomierz. En el sur, el 20 de agosto, los frentes segundo y tercero de Ucrania ejecutaron la Operación Jassy-Kishinev.

En un movimiento que reflejó perfectamente la doctrina soviética, atacaron selectivamente contra los ejércitos aliados más débiles de la Wehrmacht, las fuerzas rumanas.

Tres divisiones rumanas se disolvieron en las primeras horas. El sexto ejército de tanques de la guardia del general Kravchenko explotó hacia el sur sin resistencia significativa. Cuatro días después, el 23 de agosto de 1944, el rey Miguel de Rumanía arrestó al mariscal Antonescu y proclamó la retirada rumana del Eje.

En horas, unidades rumanas que habían estado luchando junto a los alemanes comenzaron a rendirse a los soviéticos. En días combatían contra sus exaliados. El sexto ejército alemán, el mismo número de ejército que había sido destruido en Stalingrado, quedó atrapado en el bolsillo de Kishinev.

Para el 5 de septiembre, sus últimos elementos habían sido destruidos o capturados.

Las pérdidas totales del Eje superaron los cuatrocientos mil hombres. El Ejército Rojo avanzó hacia los Balcanes con una velocidad que convirtió países enteros en teatros de operaciones en semanas. Bulgaria declaró la guerra a Alemania el 8 de septiembre.

El 20 de octubre, los partisanos yugoslavos y el tercer frente de Ucrania entraron juntos en Belgrado. Para finales de 1944, el ejército soviético era el dominante en toda Europa Oriental y parte de los Balcanes. El 12 de enero de 1945, exactamente ocho días antes de lo planeado, acelerado a petición de los aliados occidentales que estaban siendo empujados por la ofensiva de las Ardenas, el Frente Primero Ucraniano de Kónev atacó desde el cabezal de puente de Sandomierz.

La preparación artillera fue un instrumento de precisión, no de destrucción bruta. Los batallones de avanzada ocuparon primero las posiciones alemanas de primera línea con artillería de apoyo específica. Cuando comenzó el bombardeo principal, lo hizo con una elaborada secuencia diseñada para engañar a los defensores.

Primero, un fuego masivo, luego un silencio de varios minutos que inducía a los alemanes a salir de sus búnkeres para ocupar sus posiciones de tiro, luego otro bombardeo que los atrapaba en campo abierto. A las 14:00 horas del primer día, los ejércitos de tanques, tercero de la guardia de Rybalko y cuarto de Leliushenko, estaban explotando a través de las divisiones de infantería atacantes hacia el interior del dispositivo alemán.

Al final del primer día, el frente había penetrado treinta y cinco kilómetros de ancho y veinte de profundidad. El 14 de enero, el Frente Primero Bielorruso de Zhukov atacó desde el cabezal de puente de Magnuszew. Los ejércitos combinados alemanes del noveno ejército de Busse se encontraron aplastados bajo concentraciones de hasta doscientos cincuenta cañones por kilómetro de frente de penetración.

Para el 18 de enero, Kónev estaba cinco días adelantado respecto a su programa. Para el 19 de enero, el antiguo campo de exterminio de Auschwitz fue liberado, revelando al mundo algo que muchos ya sabían, pero cuyo alcance total aún nadie podía comprender.

Los combates del verano de 1939 a enero de 1945 en el frente del Este habían producido bajas que definen los límites del lenguaje humano para describir la destrucción. Solo entre el primero ucraniano y el primero bielorruso en la Operación Vístula-Óder, los alemanes perdieron efectivamente el noveno ejército y el cuarto ejército Panzer. Grupos Nering y von Saucken, lo que quedaba de ejércitos enteros, atravesaron cuatrocientos kilómetros de territorio soviético controlado en una retirada desesperada hacia el Óder.

Para el 31 de enero, unidades del segundo ejército de tanques de la guardia de Bogdánov habían alcanzado el río Óder cerca de Küstrin. Solo sesenta kilómetros separaban esas tropas de Berlín.

Solo sesenta kilómetros. Y entonces Stalin detuvo el avance. Por décadas, la explicación oficial soviética para este alto fue logística.

El flanco derecho de Zhukov estaba expuesto, las líneas de suministro sobreextendidas, las tropas exhaustas después de setecientos kilómetros de avance en tres semanas. Todo esto era verdad, pero quizás había otra razón. El 4 de febrero de 1945 comenzó la Conferencia de Yalta.

Stalin, Roosevelt y Churchill se reunieron en Crimea para decidir el mundo de la posguerra. Entre los acuerdos más importantes, un protocolo firmado en Londres en septiembre de 1944 había dividido Alemania en zonas de ocupación. La Unión Soviética recibiría Berlín y el este de Alemania, independientemente de quién tomara la ciudad.

Ese acuerdo fue confirmado en Yalta, pero Austria, la Ostmark que Hitler había anexionado en 1938, no estaba incluida en ese protocolo. Austria era técnicamente territorio no repartido. Stalin era el tipo de jugador de ajedrez que nunca dejaba escapar una pieza sin reclamarla.

El 17 de febrero, apenas días después de que Yalta concluyera, Stalin emitió instrucciones que ordenaban al segundo y tercer frentes ucranianos preparar una ofensiva hacia Viena. Los mejores ejércitos de tanques, incluyendo el sexto de tanques de la guardia de Kravchenko, fueron redirigidos al sur en lugar de al oeste. El 6 de marzo de 1945, Hitler lanzó su última gran ofensiva al norte del lago Balatón en Hungría.

Diez divisiones Panzer, incluyendo la élite sexto SS Panzer Army de Dietrich, recién llegada de las Ardenas, penetraron profundo en el frente soviético en el primer día. Tolbujin rogó a la Stavka que le permitiera comprometer las reservas designadas para la ofensiva propia. La Stavka se negó categóricamente.

El frente se dobló, no se rompió. Para el 15 de marzo, la ofensiva alemana había expirado. Al día siguiente, los ejércitos soviéticos que habían absorbido el golpe más fuerte giraron y lanzaron su propia embestida.

En cuestión de días, el sexto SS Panzer Army retrocedía más rápido de lo que había avanzado. El 13 de abril, los tanques de Kravchenko entraron en Viena. Austria sería ocupada por el Ejército Rojo.

El objetivo de Stalin había sido cumplido. Al día siguiente, el 14 de abril, la artillería soviética abrió el bombardeo preliminar a lo largo del Óder y el Neisse. Berlín esperaba.

El 16 de abril de 1945 a las tres de la madrugada, ciento cuarenta y tres reflectores antiaéreos iluminaron el frente alemán frente a las posiciones de Zhukov en el cabezal de puente de Küstrin. El plan de Zhukov era ambicioso: usar la luz para deslumbrar a los defensores mientras su infantería avanzaba. El plan falló.

El polvo y el humo del bombardeo preliminar bloquearon la luz. Los soldados alemanes no estaban deslumbrados, estaban simplemente apuntando hacia la luz para ver desde dónde disparar. Los atacantes avanzaron hacia sus propios reflectores.

El octavo ejército de la guardia de Chuikov se atascó en las alturas de Seelow, una línea de colinas que dominaba el único camino directo a Berlín. Zhukov, observando desde un puesto de mando avanzado, perdió la paciencia. Comprometió prematuramente sus ejércitos de tanques, que quedaron atrapados en la maraña de artillería y vehículos de suministros de las divisiones de fusilería.

Nueve divisiones alemanas sostenidamente atrincheradas habían logrado ralentizar a toda la maquinaria más poderosa que el Ejército Rojo había jamás concentrado en un único frente. No fue hasta el 20 de abril que las fuerzas de Zhukov habían penetrado el cuarto cinturón defensivo alemán y comenzado el avance hacia los suburbios orientales de Berlín.

Mientras tanto, al sur, Kónev progresaba mejor. Su artillería había ejecutado una preparación más cuidadosamente calibrada. El primer día, sus fuerzas habían cruzado el Neisse y penetrado quince kilómetros dentro del segundo cinturón defensivo.

El 20 de abril, el tercer ejército de tanques de la guardia tomaba el cuartel general del OKH en Zossen, a treinta kilómetros del centro de Berlín. Stalin observaba y decidió alentar la competencia. En conversaciones telefónicas con Zhukov y Kónev del 17 de abril, borró la línea divisoria entre sus dos frentes en las cercanías de Berlín.

El primero en llegar se llevaría el premio. El 24 de abril, el octavo ejército de la guardia de Chuikov y el primer ejército de tanques de la guardia de Katukov se unieron con las vanguardias del tercer ejército de tanques de la guardia de Rybalko y el vigésimo octavo ejército de Luchinski al sureste de Berlín.

El noveno ejército alemán estaba encerrado. La ciudad también. El 29 de abril, los primeros elementos del septuagésimo noveno cuerpo de fusilería del tercer ejército de choque comenzaron el asalto simbólico al Reichstag.

El 30 de abril, exploradores de la centésimo quincuagésima división de fusilería ondearon el estandarte rojo sobre el edificio. Hitler se suicidó ese mismo día. El 2 de mayo, el general de artillería Helmuth Weidling, comandante de la guarnición de Berlín, rindió los últimos defensores de la ciudad.

La batalla de Berlín había durado diecisiete días. Había costado al Ejército Rojo trescientos sesenta y un mil trescientas sesenta y siete bajas, ochenta y un mil ciento dieciséis de ellas irrecuperables.

La Wehrmacht perdió cuatrocientos cincuenta y ocho mil ochenta muertos y cuatrocientos setenta y nueve mil doscientos noventa y ocho prisioneros. La magnitud de la contribución soviética a la derrota del nazismo es difícil de comunicar con números, pero los números son todo lo que tenemos. El frente del Este absorbió aproximadamente el setenta y cinco al ochenta por ciento del poder militar alemán a lo largo de toda la guerra.

En los momentos más críticos de 1941 y 1942, cuando Gran Bretaña y Estados Unidos apenas comenzaban a movilizarse, la Unión Soviética sostuvo prácticamente sola el esfuerzo de guerra terrestre contra Alemania. El Ejército Rojo libró el mayor número de combates contra las mayores concentraciones del ejército alemán durante todo el conflicto.

Las bajas militares soviéticas totales se estiman en aproximadamente ocho millones setecientos mil muertos en combate, con entre uno y dos millones adicionales muertos en cautiverio alemán. Las bajas civiles soviéticas causadas directamente por la guerra, masacres, hambre, enfermedades relacionadas con el conflicto, se estiman en catorce a diecisiete millones adicionales. Las cifras exactas variarán siempre dependiendo de la metodología y las fuentes.

La cifra total comúnmente citada de veintisiete millones de muertos soviéticos es una estimación ampliamente aceptada que intenta englobar todas las categorías de pérdidas. En términos de equipo, el Ejército Rojo destruyó o capturó, según estimaciones del propio Estado Mayor Alemán, el setenta y cinco por ciento de todas las divisiones alemanas consumidas en la guerra.

La Wehrmacht sufrió en el Frente del Este pérdidas que se incrementaban cada año. 1941 vio los mayores avances alemanes con los menores costos relativos. 1942 fue más costoso.

1943 fue el año en que los alemanes comenzaron a perder más de lo que podían reemplazar. 1944 fue el colapso. 1945 fue el Apocalipsis.

Lo que el Estado Mayor de la Wehrmacht documentó internamente y que sus memorias de posguerra intentaron minimizar era que el Ejército Rojo hacia 1944 y 1945 era, en cualquier medida operacional objetiva, un ejército de primera clase. Sus comandantes, Zhukov, Kónev, Rokossovsky, Vasilevski, Malinovski, Tolbujin, Bagramian, Vatutin, habían aprendido bajo el fuego más intenso de la historia humana y habían sobrevivido y crecido precisamente porque el costo del error era la muerte propia o de sus soldados.

El economista de la guerra Harold James observó que los aliados compraron la derrota alemana en sangre soviética y pagaron en lata de spam. No es una metáfora perfecta, pero capta una verdad. El lend-lease angloamericano fue crucial para equipar al Ejército Rojo, especialmente los cuatrocientos nueve mil camiones que finalmente permitieron la logística de explotación profunda que la doctrina soviética siempre había exigido, pero nunca antes había podido ejecutar.

Pero el precio en vidas fue soviético. La transformación del Ejército Rojo entre 1941 y 1945 es uno de los fenómenos más notables de la historia militar. Comenzó como un ejército decapitado por las purgas, sorprendido institucionalmente, atrapado en transición entre doctrinas, con comandantes aterrorizados a tomar iniciativa, con comunicaciones que se derrumbaban bajo el primer choque y con una logística que no podía sostener las operaciones que su doctrina exigía.

Cuatro años después, era el ejército más experimentado en la historia de la guerra mecanizada. Sus comandantes habían aprendido a coordinar artillería, blindados, infantería y aviación en operaciones combinadas a una escala que ningún otro ejército había intentado. Sus estados mayores podían mover múltiples ejércitos en complejas reposiciones sin que la inteligencia enemiga lo detectara.

Sus operaciones de engaño estratégico, la maskirovka, eran ejecutadas con una sofisticación que repetidamente dejaba al OKH alemán creyendo que el ataque vendría en el sector equivocado. El precio de ese aprendizaje es incalculable. Cada año de la guerra, el Ejército Rojo perfeccionó sus técnicas mientras pagaba con millones de vidas.

Los soldados que sobrevivieron los desastres de 1941 eran veteranos que habían aprendido con la sangre las lecciones que ningún manual podía enseñar. Los oficiales que sobrevivieron las purgas y los primeros meses de guerra habían demostrado en las condiciones más exigentes que eran capaces de pensar bajo presión extrema. Hay en el registro histórico un momento que resume mejor que ningún otro esta transformación.

Es el 23 de junio de 1944, en el aniversario exacto de la invasión alemana, cuando dos millones y medio de soldados soviéticos atacaron el Grupo de Ejércitos Centro a lo largo de trescientas sesenta millas de frente. Los alemanes no lo vieron venir, aunque llevaban semanas en sus posiciones. El engaño había sido perfecto, la concentración había sido perfecta.

La ejecución fue en sus primeras horas perfecta. Para cuando los alemanes comprendieron lo que estaba ocurriendo, ya había terminado. Ese ejército de 1944 era irreconocible comparado con el de 1941, y sin embargo era el mismo ejército.

Había aprendido a un precio que ninguna nación debería tener que pagar por ninguna razón. El 9 de agosto de 1945, apenas tres meses después de la rendición alemana, el Ejército Rojo ejecutó su última campaña de la Segunda Guerra Mundial, la invasión de la Manchuria controlada por Japón. El mariscal Vasilevski coordinó tres frentes soviéticos que totalizaban noventa divisiones, cinco mil tanques y cuatro mil aeronaves.

El Ejército Kwantung japonés contaba con treinta y una divisiones de infantería y doce brigadas independientes, pero la mayoría habían sido creadas en la primavera de 1945 con hombres que previamente habían estado exentos del servicio o considerados no aptos.

Muchas eran divisiones de guarnición sin artillería significativa ni capacidad anticarro. La inteligencia japonesa había concluido que el terreno montañoso e inhóspito de los flancos de Manchuria haría impracticable cualquier ataque soviético desde esas direcciones. Era el mismo error que los planificadores del Grupo de Ejércitos Centro habían cometido respecto a los pantanos de Bielorrusia dos meses antes.

El sexto ejército de tanques de la guardia del general Kravchenko cruzó la frontera en las primeras horas oscuras del 9 de agosto y en tres días había cubierto cuatrocientos cincuenta kilómetros, cruzando los pasos de la gran cordillera Khingan que los japoneses habían descartado como impracticables para los blindados.

Los adelantos de lend-lease habían incluido los tanques Sherman americanos, cuyas orugas más angostas resultaron inadecuadas para los pasos pantanosos. Los T-34 y los BT-7 tomaron la delantera. Para el 15 de agosto, el emperador Hirohito anunció la rendición.

La campaña de Manchuria, que muchos esperaban que durara meses, se resolvió en once días de combate efectivo. Las bajas soviéticas fueron dos mil treinta y un muertos y veinticuatro mil cuatrocientos veinticinco heridos. Las japonesas fueron mucho más altas, aunque la capitulación imperial terminó el combate organizado antes de que los cercos pudieran completarse.

La campaña de Manchuria fue también un laboratorio.

Vasilevski reorganizó sus ejércitos de tanques con una estructura experimental que integraba más infantería motorizada y apoyo artillero que cualquier formación anterior. El sexto ejército de tanques de la guardia incluía veinticinco batallones blindados y cuarenta y cuatro motorizados con ciento diecinueve tanques y cañones autopropulsados. Era la estructura que el Ejército Rojo estudiaría para su posguerra.

Más masa, más balance, más capacidad de sostenimiento. La última bala del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial se disparó en los archipiélagos Kuriles en las semanas que siguieron a la rendición japonesa del 2 de septiembre. Soldados soviéticos y japoneses combatían en islas que ambos sabían ya no tenían ningún significado estratégico.

Era la inercia de la guerra, que es la fuerza más difícil de detener que existe en la naturaleza humana. Cuando la guerra terminó en mayo de 1945, la Unión Soviética era el estado más poderoso militarmente sobre la faz de la Tierra. Su ejército había destruido la Wehrmacht, había ocupado la mitad de Europa, había liberado o conquistado, dependiendo de la perspectiva, naciones enteras.

Había demostrado que la doctrina de la operación en profundidad que Tujachevski había articulado en los años treinta era correcta y que un ejército suficientemente grande, suficientemente capaz y suficientemente determinado podía aniquilar cualquier fuerza que se le opusiera en el terreno. Y tenía veintisiete millones de muertos.

Cada ciudad soviética de tamaño medio había perdido entre el quince y el veinticinco por ciento de su población. Las granjas colectivas operaban con el setenta y uno por ciento de su personal de 1941. Las mujeres, los ancianos y los niños sostenían la economía mientras sus hijos y maridos morían en los frentes de Polonia, Alemania y Austria.

El Ejército Rojo volvió a casa, no a la celebración fácil, sino al trabajo brutal de reconstruir un país literalmente destruido. Muchos veteranos regresaron para encontrar que sus familias no habían sobrevivido. Las ciudades de la parte occidental del país, Kiev, Minsk, Leningrado, Stalingrado, eran ruinas.

En algunas regiones no quedaban hombres en edad de trabajar.

La memoria de esa guerra quedó impresa en el ADN colectivo de la nación soviética. El 9 de mayo, Día de la Victoria, se convirtió en el feriado más sagrado del calendario, no como celebración, sino como duelo. En las familias rusas, cada uno puede nombrar a sus muertos en esa guerra.

Abuelos, bisabuelos, tíos que nunca regresaron. El recuerdo de ese sacrificio es la piedra fundacional sobre la que se construyó todo lo que vino después, para bien y para mal. Hay una imagen que persistió en el imaginario popular soviético: la fotografía del soldado anónimo que clava el estandarte rojo sobre las ruinas del Reichstag en Berlín.

No importaba si había sido el primero o el décimo en hacerlo, si la fotografía fue recreada o auténtica, si el soldado tenía uno o dos relojes en la muñeca, detalle que los censores soviéticos corregirían borrando la evidencia del saqueo. Lo que importaba era el gesto, la bandera sobre la ciudad que había enviado sus ejércitos para destruirlos. Ese gesto costó veintisiete millones de vidas.

No olvidemos eso nunca.