El 23 de mayo de 1960, el primer ministro israelí David Ben Gurión se puso de pie ante el parlamento, la Knéset, y pronunció 62 palabras en hebreo. Los legisladores tardaron segundos en comprender. Luego, el silencio se rompió.
Algunos lloraron. Otros se pusieron de pie sin saber por qué. Un reportero corrió a su cabina para transmitir la noticia al mundo.
Adolf Eichmann, el hombre que organizó el transporte de millones de judíos a los campos de exterminio, el burócrata que coordinó la logística del Holocausto desde su escritorio en Berlín, estaba bajo arresto en Israel, vivo, esperando juicio.
Durante 15 años, Eichmann había vivido libre en Argentina bajo el nombre falso de Ricardo Clement, trabajando en una planta ensambladora de Mercedes-Benz en las afueras de Buenos Aires. Quince años caminando por las calles, subiendo a autobuses, jugando con su hijo menor en el jardín de su casa. Pero en una fría noche del 11 de mayo de 1960, en una calle sin pavimentar del barrio de San Fernando, un hombre con guantes de piel forrada lo esperaba en la oscuridad.
Esta es la historia de cómo el Estado de Israel decidió que la historia no terminaría así.
Para entender lo que hizo el Mossad, primero hay que entender qué encontraron. Al terminar la Segunda Guerra Mundial en mayo de 1945, miles de criminales de guerra nazis comprendieron que Europa había dejado de ser un lugar seguro. Los juicios de Núremberg comenzaron en noviembre de ese año.
Las fuerzas aliadas rastreaban oficiales de las SS, administradores de campos de concentración, médicos experimentadores. La maquinaria de justicia avanzaba, lenta pero con peso real. Y sin embargo, miles escaparon.
El mecanismo principal de fuga fue lo que los historiadores han llamado las ratlines, las líneas de ratas, redes clandestinas de escape que conducían desde la Alemania derrotada a través de Austria e Italia hasta los barcos que zarpaban hacia América del Sur. Argentina, en particular, se convirtió en el destino preferido. La razón tiene un nombre: Juan Domingo Perón.
El general Perón, que gobernó Argentina entre 1946 y 1955, había cultivado vínculos con el régimen nazi desde antes de la guerra.
Como agregado militar en Italia en los años 30, Perón había sido testigo del fascismo en acción y lo había admirado. En 1943 formó parte del golpe que instaló un gobierno militar de orientación nacionalista. Para 1945 ya controlaba los hilos del aparato de seguridad argentino.
Cuando la guerra terminó, Perón vio una oportunidad. Argentina necesitaba técnicos, científicos, militares con experiencia. Europa tenía miles de ellos disponibles, muchos dispuestos a abandonar sus identidades a cambio de una nueva vida.
En 1946, Perón creó la Delegación Argentina de Inmigración en Europa, conocida como DAE, con sede en Génova, Italia. Su jefe operativo era Carlos Fuldner, un argentino de origen alemán que había servido como capitán de las SS con el número de identificación 7828. Fuldner operó desde las oficinas de la organización en Génova con total impunidad, obteniendo pasaportes de la Cruz Roja Internacional para los fugitivos a través de contactos en el Vaticano, en particular con el obispo austríaco Alois Hudal, conocido simpatizante nazi.
El sistema era eficiente. Un oficial de las SS que llegaba a Italia podía presentarse ante ciertos contactos eclesiásticos, obtener una nueva identidad, conseguir un documento de tránsito de la Cruz Roja y dirigirse al consulado argentino, donde un empleado con instrucciones precisas le otorgaba un permiso de ingreso. Luego, la travesía en barco desde el puerto de Génova o de Nápoles, unas semanas de navegación y la nueva vida.
Los números que surgieron de los archivos argentinos son escalofriantes.
Más de 7. 000 croatas llegaron a Argentina en esas condiciones, transportados por el sacerdote croata Krunoslav Draganovic. Cientos de belgas, franceses, holandeses con condenas de muerte en sus países de origen encontraron refugio bajo la protección directa del aparato de Perón.
Y entre ellos, los más buscados del mundo. Josef Mengele, el médico de Auschwitz que había seleccionado a los prisioneros para la cámara de gas y había experimentado con gemelos vivos, llegó a Buenos Aires el 22 de junio de 1949 bajo el nombre de Helmut Gregor.
Adolf Eichmann, el coordinador logístico del Holocausto, desembarcó en 1950 como Ricardo Clement. Erich Priebke, el capitán de las SS responsable de la masacre de las Fosas Ardeatinas en Roma, llegó en noviembre de 1948 bajo el alias de Otto Pape. Todos habían usado la misma ruta, todos habían contado con la misma cadena de cómplices y todos habían llegado a un país donde el gobierno los protegía, donde la colonia alemana los recibía y donde nadie iba a buscarlos.
Buenos Aires en 1950 tenía más de 5 millones de habitantes dispersos en 71 kilómetros cuadrados. Era la octava ciudad más grande del mundo, una metrópoli con cafés, teatros de ópera, grandes avenidas y barrios periféricos de casas pequeñas y polvorientas. El hombre que había organizado el transporte de 6 millones de personas a su muerte podía vivir allí como un vecino más, subiéndose a sus autobuses, comprando sus cigarrillos, criando a sus hijos.
Y así fue.
Adolf Otto Eichmann nació el 19 de marzo de 1906 en Solingen, Alemania, en el seno de una familia protestante de clase media. Pasó su infancia en Linz, Austria, la misma ciudad donde Hitler había crecido una generación antes. Fue un estudiante mediocre, sin ambiciones académicas particulares, que intentó sin éxito varias carreras antes de encontrar su lugar en el aparato burocrático del partido nazi, en el que ingresó en 1932.
Dentro de las SS fue asignado a la sección de asuntos judíos del servicio de seguridad. Allí aprendió yidis y hebreo básico para poder leer publicaciones comunitarias judías. Viajó a Palestina en 1937 para estudiar los movimientos sionistas y se convirtió en uno de los pocos funcionarios del Reich que podía proclamarse con cierta justificación técnica como experto en el tema judío.
Su carrera despegó con la ocupación de Austria en marzo de 1938.
Enviado a Viena, Eichmann montó la Oficina Central para la Emigración Judía desde el palacio confiscado de la familia Rothschild. El mecanismo era brillante en su brutalidad sistémica. Los judíos que querían emigrar tenían que entrar al edificio por una puerta, someterse a una serie de humillaciones administrativas progresivas, ir de ventanilla en ventanilla entregando sus propiedades, sus ahorros, sus seguros de vida, sus negocios y salir por la otra puerta con un documento de salida.
En ocho meses, Eichmann expulsó de Austria a 45. 000 judíos mediante este método.
Fue llamado a Berlín para replicar el modelo. La Solución Final llegó en 1942. En la Conferencia de Wannsee, celebrada el 20 de enero de ese año en una villa a orillas de un lago berlinés, 15 altos funcionarios del régimen coordinaron la logística del exterminio de los judíos de Europa.
Eichmann tomó el acta de la reunión. Tenía el rango de Obersturmbannführer, teniente coronel, y dirigía el departamento 4B4 de la Oficina Central de Seguridad del Reich.
Lo que siguió fue la mayor operación logística de muerte de la historia moderna. Eichmann coordinó las deportaciones desde Alemania, Austria, Polonia, Francia, Holanda, Bélgica, Dinamarca, Noruega, Grecia, Yugoslavia, Hungría. Los trenes, los horarios, las capacidades, las tarifas ferroviarias negociadas con el Ministerio de Transporte del Reich, los problemas de abastecimiento cuando los campos pedían más de lo que los trenes podían entregar, la correspondencia con los comandantes de los campos sobre los índices de llegada versus los de procesamiento.
Su mayor operación personal ocurrió en 1944 en Hungría. El gobierno húngaro había resistido durante años la presión alemana para deportar a sus judíos. Cuando los alemanes finalmente ocuparon el país en marzo de 1944, Eichmann llegó a Budapest al frente de su equipo especializado.
En menos de dos meses, entre el 15 de mayo y el 8 de julio de 1944, organizó la deportación de 437. 000 judíos húngaros a Auschwitz. 437.
000 personas en 55 días, una media de más de 7. 000 personas por día.
Cuando la guerra terminó, Eichmann comprendió inmediatamente lo que le esperaba. Saltaré riendo a la tumba, había dicho en sus últimas semanas, porque la sensación de tener 5 millones de enemigos sobre mi conciencia me sirve de extraordinaria satisfacción. Pero en el caos de los últimos días del Reich, decidió esconderse.
Se identificó ante las autoridades aliadas como Otto Eckmann, cabo de la Luftwaffe, fue capturado, estuvo en un campo de prisioneros y escapó en enero de 1946.
Vivió durante cuatro años en la zona de ocupación británica en Alemania bajo el nombre de Otto Henninger. En 1950, con la ayuda de las redes del obispo Hudal y del aparato de Fuldner en Génova, obtuvo un pasaporte de la Cruz Roja a nombre de Ricardo Clement y subió al barco Giovanna C con destino a Buenos Aires. Llegó al Río de la Plata en julio de ese año con 485 pesos argentinos en el bolsillo y una nueva identidad.
Su mujer Vera y sus tres hijos mayores lo siguieron dos años después.
Primero vivieron en Tucumán, en el noroeste del país, donde Eichmann trabajó para una empresa maderera. Después, en Buenos Aires, en una serie de casas cada vez más humildes a medida que los negocios fallaban y los ahorros se agotaban. Finalmente se instalaron en San Fernando, en el extremo norte del Gran Buenos Aires, en una casa de ladrillo sin revocar en la calle Garibaldi número 14, sin agua corriente, sin calefacción central, con luz eléctrica proporcionada por un generador.
El hombre que había organizado el exterminio de 6 millones de personas vivía en una chabola en los suburbios y tomaba el autobús 203 para ir a trabajar como capataz en la planta ensambladora de Mercedes-Benz en González Catán. El hombre que desencadenó la cadena de eventos que llevaría a la captura de Eichmann era ciego. Vivía en un pueblo pequeño y nunca supo durante años si alguien lo había escuchado.
Lothar Hermann era un abogado alemán de ascendencia parcialmente judía.
Hermann había estado internado en el campo de concentración de Dachau antes de emigrar a Argentina con su esposa e hija, poco después de la Noche de los Cristales Rotos en noviembre de 1938. Para 1956 vivía en Coronel Suárez, un municipio agrícola de la provincia de Buenos Aires, a unos 300 kilómetros al sur de la capital, junto a su hija Silvia. Silvia tenía 16 años cuando empezó a salir con un joven llamado Nicolás Eichmann, que vivía con su familia en el vecindario de Olivos.
El muchacho presumía ante ella de sus creencias. Su padre, decía, había hecho cosas importantes durante la guerra, cosas que los alemanes verdaderos podían estar orgullosos. Silvia le preguntó cómo se llamaba su padre.
Adolf Eichmann, respondió él. Cuando Silvia llegó a casa y le contó a su padre el nombre del padre de su novio, Lothar Hermann, que era ciego pero no ignorante de la historia reciente de Alemania, sintió algo que no supo describir exactamente. Ese nombre había aparecido en los juicios de Núremberg.
En 1956, Hermann escribió al fiscal general del estado de Hesse, Fritz Bauer, un jurista alemán que se había exiliado durante el nazismo y que desde su regreso a Alemania se había dedicado obsesivamente a procesar crímenes de guerra. Hermann le informó de su sospecha. Bauer la tomó en serio y la transmitió al servicio de inteligencia israelí, el Mossad.
El Mossad, sin embargo, actuó con escepticismo. El jefe de la agencia, Isser Harel, envió a un agente a Buenos Aires para verificar la dirección.
La casa existía, pero cuando el agente llegó a inspeccionarla, lo que encontró fue una construcción humilde en un barrio obrero que no parecía el escondite de ningún criminal de guerra. El agente Joel Goren informó a Harel que la pista era probablemente falsa. El expediente se archivó.
Lothar Hermann se rindió. Sin recursos propios, usando a su hija como intermediaria, siguió tratando de obtener confirmación. Silvia, que ya había roto con Nicolás, consiguió visitar la casa de los Eichmann.
Allí conoció brevemente a un hombre mayor que Nicolás llamaba Tati, el padre. Regresó y le describió a su padre lo que había visto. Hermann le escribió de nuevo a Bauer.
Para 1959, dos fuentes independientes habían llegado a Fritz Bauer, apuntando al mismo nombre, al mismo alias, a la misma zona de Buenos Aires. Bauer lo intentó de nuevo con Israel, esta vez con más insistencia, y esta vez Isser Harel escuchó de manera diferente.
Harel medía 1,65 metros. Llevaba trajes grises de confección ordinaria. Cargaba su propio maletín.
Nunca usó chófer personal, a pesar de dirigir los servicios de inteligencia más importantes del Estado de Israel. Sus subordinados lo describían como un hombre de pocas palabras, mirada gris y penetrante, capaz de recordar los detalles de una conversación de dos años atrás con precisión fotográfica. Había nacido en Vítebsk, Bielorrusia, en 1912, hijo de una familia de comerciantes judíos ortodoxos.
Emigró a Palestina en 1929 y se unió al movimiento sionista. Su primera operación real de inteligencia fue a principios de los años 40, cuando identificó que un vecino de su kibutz en Herzliya trabajaba como espía nazi. Lo denunció a las autoridades británicas, pero la experiencia le enseñó algo más importante: que los enemigos vivían entre la gente común con apariencia de normalidad, a la vista de todos.
Cuando Israel declaró su independencia en 1948, Harel ya era uno de los operativos más valorados del Shin Bet.
En 1952 asumió la dirección del Mossad, el servicio de inteligencia exterior, y también mantuvo el control del Shin Bet, lo que le dio un poder inusual en el aparato de seguridad del nuevo estado. La obsesión de Harel con los criminales de guerra nazis no era abstracta. Había nacido en el mismo pueblo que algunos de los hombres que ahora buscaba.
Sabía qué le había pasado a esa comunidad. Llevaba en su despacho una carpeta gruesa con recortes, informes, transcripciones de juicios.
Cuando Fritz Bauer llegó personalmente a Jerusalén en noviembre de 1959 con nueva inteligencia que confirmaba que Ricardo Clement era Adolf Eichmann y que vivía en el barrio de San Fernando en Buenos Aires, Harel tomó la decisión. Envió al experto interrogador Zvi Aharoni a Argentina a verificar la identidad del objetivo y él mismo comenzó a planear la operación. Aharoni llegó a Buenos Aires el 1 de marzo de 1960.
Era un hombre de rostro largo y expresión inescrutable.
Hijo de sobrevivientes, veterano de la guerra de independencia israelí que había perdido a prácticamente todos sus parientes en el Holocausto. Viajó bajo el nombre de señor Rodan, supuestamente investigando casos de antisemitismo para el Ministerio de Relaciones Exteriores. Durante semanas rastreó al hombre.
La casa de Chacabuco ya estaba vacía. Los Clement se habían mudado, pero a través de una cadena paciente de informantes, de conversaciones casuales en tiendas y garajes, de seguimientos desde coches alquilados en calles polvorientas de los suburbios del norte, encontró la nueva dirección.
El 21 de marzo de 1960 fotografió por primera vez al hombre que vivía allí. Las fotos llegaron a Tel Aviv. Los analistas las compararon con las imágenes de archivo de Eichmann y Harel las examinó durante horas.
Después envió a Aharoni un mensaje en código: se puede proceder, pero no para matar, para capturar. David Ben Gurión había sido explícito. Quería a Eichmann vivo frente a un tribunal en Israel.
El mundo tenía que escuchar lo que ese hombre había hecho. El mundo tenía que saber.
El equipo comenzó a llegar a Buenos Aires en grupos pequeños a lo largo de las primeras semanas de mayo de 1960. Argentina celebraba el sesquicentenario de su revolución contra España y la ciudad estaba llena de visitantes extranjeros, de delegaciones, de actos culturales. El aeropuerto de Ezeiza procesaba un volumen de pasajeros inusual.
Era la cobertura perfecta. Isser Harel llegó personalmente. Tenía 47 años y una tos persistente provocada por el estrés.
Se movía entre ocho o doce cafeterías distintas al día para reunirse con sus agentes.
El núcleo operativo estaba formado por veteranos con historiales específicos. Rafi Eitan, de 30 años, el comandante de campo designado, había servido en operaciones de contraterrorismo. Peter Malkin, cuya hermana mayor había muerto en los campos junto a sus cuatro hijos, era el agente encargado de la captura física.
Era también pintor aficionado, enorme, de manos grandes y movimientos precisos. Zvi Aharoni, que ya había pasado semanas en la ciudad, asumiría el rol de conductor.
Moshe Tabor, experto en mecánica y construcción, se ocuparía de adaptar los vehículos y preparar la casa de seguridad. Abraham Shalom era el especialista en logística y rutas. Yaakov Gat, que había perdido a parte de su familia en los campos, actuaría como observador desde el segundo vehículo.
Un médico, identificado en los documentos de la operación solo como Dr. Kaplan, esperaría en reserva con sedantes para el caso de que el prisionero necesitara ser inmovilizado.
Alquilaron dos casas de seguridad bautizadas en código como Doron y Tira. La primera tenía un jardín descuidado y un jardinero demasiado curioso que entorpecía los preparativos, así que se trasladaron a la segunda. Tabor reforzó las rejas de las ventanas de Tira, construyó un doble fondo en el ático para esconder al prisionero en caso de registro policial y acolchó las paredes de una habitación de 10 por 12 pies con mantas de lana para amortiguar cualquier ruido.
Los dos coches de captura también fueron preparados minuciosamente. Un Buick negro modelo 1956 que con sus proporciones y su pintura oscura podía pasar por vehículo diplomático. Un Chevrolet de 1953 que Tabor revisó mecánicamente de punta a punta.
Ambos tenían sistemas de matrícula de cambio rápido, placas que podían ser sustituidas en segundos en la oscuridad. El asiento trasero del Buick fue modificado para ocultar a un pasajero en el espacio comprimido entre el respaldo y el maletero.
Durante los días previos a la operación practicaron la captura en el garaje de Tira. Alguien hacía de objetivo. Malkin se lanzaba, Tabor asistía, Eitan cronometraba.
El objetivo era completar el movimiento desde la intervención hasta tener al hombre dentro del coche en menos de 12 segundos. Sin gritos, sin daño innecesario. Practicaron 20 veces por noche.
El sitio de la captura era la esquina donde la ruta 202, la carretera principal, giraba hacia la calle Garibaldi.
Eichmann llegaba en el autobús número 203 después del trabajo. Descendía en la parada junto a un pequeño kiosco de periódicos. Cruzaba los 100 metros de camino sin asfaltar hasta su casa.
Todos los días a la misma hora, un hombre de hábitos. Malkin había estudiado sus pasos, literalmente los había contado. Sabía cuántos metros recorría, cuánto tiempo tardaba, a qué velocidad caminaba.
Sabía que Eichmann, antiguo oficial de las SS, no cruzaría un campo embarrado si podía evitarlo.
Sabía que un hombre que lleva 15 años convenciéndose a sí mismo de que el peligro ha pasado no reacciona con la misma velocidad que alguien que vive en alerta constante. El plan final: el Buick estacionaría en la calle Garibaldi con el capó levantado, simulando una avería a unos 30 metros de la casa. Cuando Eichmann doblara la esquina y se aproximara, Malkin saldría de entre las sombras y diría en español: Un momentito, señor.
Tabor, que había estado agachado junto al motor del coche, se incorporaría.
Eitan daría la señal. El Buick se pondría en marcha. Doce segundos.
El Chevrolet con Shalom al volante, Gat en el asiento del copiloto y el doctor en el asiento trasero esperaría en la ruta 202. Su función era de apoyo y evacuación. La noche del 10 de mayo de 1960, la noche antes de la operación, una patrulla de cuatro hombres en un coche negro se había acercado a Eichmann mientras caminaba hacia su casa y le había preguntado cómo llegar a Buenos Aires.
Un reconocimiento de última hora, demasiado cercano, demasiado obvio. Eichmann llegó a casa nervioso, le contó a Vera lo que había pasado. Esa noche no tocó el violín como acostumbraba.
Vera soñó con su marido vestido de blanco y el blanco se tornaba carmesí. Los agentes del Mossad no tenían nada que ver con ese coche. Alguien más había cometido ese error.
Pero ahora Eichmann estaba alerta. La ventana se estrechaba.
A las 6:30 de la tarde del 11 de mayo de 1960, el equipo dejó la casa de seguridad Tira y se dividió en los dos coches. El cielo estaba nublado. Hacía frío para ser mayo en Buenos Aires.
El viento del sur levantaba polvo de los caminos sin pavimentar. El Dr. Kaplan se sentó en el asiento trasero del Chevrolet con su maletín médico sobre las rodillas.
Yaakov Gat lo miró durante un momento. El médico miraba hacia adelante, la expresión en blanco, como alguien que ha dejado de intentar imaginar lo que va a pasar.
El Buick llegó a la calle Garibaldi a las 7:35. Shalom posicionó el Chevrolet en la ruta 202. Malkin y Tabor descendieron del Buick, levantaron el capó.
Tabor se inclinó sobre el motor de espaldas a la dirección de la que llegaría Eichmann. Malkin retrocedió unos pasos hacia las sombras al lado de la cerca de alambre. El autobús 203 pasaba cada cierto tiempo.
A las 7:40 llegó uno, pero no se detuvo en la parada. El corazón de Aharoni al volante del Buick se aceleró.
Se había cambiado el horario, había tomado otro autobús, lo habían alertado. A las 7:44 llegó otro autobús. Este sí se detuvo.
Descendió un hombre con un abrigo oscuro y gafas de montura gruesa. Se detuvo un momento junto al kiosco como alguien que ha olvidado algo. Luego comenzó a caminar por el camino de tierra en dirección a su casa.
Malkin salió de las sombras. Un momentito, señor. El hombre se detuvo, giró la cabeza y antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, Malkin lo tenía agarrado por los brazos.
Lo empujaba hacia el coche. El hombre intentó gritar. Tabor estuvo allí en un segundo.
Eitan abrió la puerta del Buick desde adentro. El hombre resistió durante exactamente seis segundos. Después, dentro del coche, con Malkin sentado encima de él, sosteniéndolo en el suelo, el hombre recuperó el habla.
Preguntó en alemán con voz sorprendentemente calmada: ¿Quiénes son ustedes? Malkin, también en alemán, respondió: Somos ciudadanos israelíes. Hubo una pausa.
Después el hombre en el suelo del Buick cerró los ojos y dijo: Ya era hora.
Tardaron aproximadamente una hora en llegar a la casa de seguridad Tira, siguiendo rutas secundarias que Shalom había memorizado. El Buick cambió de matrícula dos veces durante el trayecto. En ningún momento encontraron controles policiales.
En Tira, tendieron al hombre en la cama, le ataron las manos al cabecero con esposas, le pusieron una venda en los ojos. Uno de los agentes se inclinó sobre él y le preguntó en alemán: ¿Cuál es tu número de afiliación al partido? 100.
950, respondió el hombre sin vacilar.
¿Y tu número de las SS? 45. 326.
¿Tu nombre completo? Adolf Eichmann. No había duda, nunca la había habido realmente, pero ahora estaba confirmado.
El equipo se miró en silencio. Algunos de ellos habían perdido a sus familias enteras por órdenes firmadas por ese hombre. Rafi Eitan salió de la habitación sin decir nada.
Desde el patio trasero de la casa, Harel envió el mensaje en código a Tel Aviv: El paquete ha sido entregado.
Eichmann fue retenido en Tira durante nueve días mientras el equipo coordinaba su salida del país. Nueve noches en una habitación pequeña, con las ventanas tapadas de mantas, atado a una cama, con los ojos vendados, salvo cuando alguno de los agentes le permitía descanso por unas horas. Comía lo que el equipo cocinaba.
Dormía en turnos supervisados. Un guardia lo vigilaba en todo momento. Lo que pasó en esa habitación durante esos nueve días fue algo que los propios agentes encontraron difícil de procesar.
Eichmann habló. Habló mucho. Se declaró dispuesto a cooperar, a dar toda la información que necesitaran para el juicio, a explicar el funcionamiento del sistema que había administrado.
Repitió varias veces la misma defensa central de su vida: él había seguido órdenes. Las órdenes habían venido de sus superiores. El Führer había decretado la Solución Final.
Él había sido un engranaje en una máquina más grande que cualquier individuo. Malkin, que montaba guardia con más frecuencia que los demás y que hablaba alemán con suficiente fluidez, tuvo conversaciones con él.
Una noche le preguntó directamente: ¿Cuándo decidiste que era correcto matar niños? Eichmann parpadeó. Lo consideró como si fuera una pregunta académica.
Los judíos eran el enemigo del Reich, dijo finalmente. Eso incluía a los niños, porque los niños se convierten en adultos. Malkin no respondió.
Pensó en su hermana Fruma, muerta en los campos junto a sus cuatro hijos. Pensó en eso en silencio. En otra noche, Malkin le llevó vino y cigarrillos.
Puso un disco de flamenco en el tocadiscos portátil de la casa.
Eichmann fumó con las manos libres durante un rato. En algún momento dijo: ¿Por qué haces esto por mí? Malkin respondió: Porque no te odio.
Era cierto y eso lo perturbó más que cualquier otra cosa de esas nueve noches. Fue esa noche con el vino y la música cuando Malkin convenció a Eichmann de firmar la declaración en la que consentía ser trasladado a Israel para ser juzgado. La declaración estaba redactada en alemán con letra pulida.
Decía que él, Adolf Eichmann, reconociendo que su identidad había sido descubierta, declaraba voluntariamente su disposición a comparecer ante un tribunal competente en Israel. La firmó con su nombre real: Adolf Eichmann, Buenos Aires, mayo de 1960. El equipo había decidido, con la autorización de Ben Gurión, no intentar capturar a Josef Mengele durante esa misma operación.
Harel lo había querido. Había enviado a agentes a rastrear la última dirección conocida de Mengele en el barrio de Vicente López.
Pero la casa estaba vacía. El médico había huido a Paraguay el año anterior, alertado por el avance de las investigaciones alemanas. Y con la seguridad en Buenos Aires disparada por las celebraciones del sesquicentenario, intentar una segunda captura simultánea era demasiado riesgo.
Mengele había escapado por muy poco. No sería el último en escapar. La salida de Eichmann de Argentina fue en sí misma una operación de ingeniería logística que requería coordinación entre docenas de personas.
El vehículo de escape era un avión de la aerolínea israelí El Al, un Bristol Britannia de cuatro motores turbohélice apodado El Gigante Susurrante, que había llegado a Buenos Aires el 19 de mayo de 1960 como parte de la delegación oficial israelí a los actos del sesquicentenario. El vuelo era un hecho público anunciado en los periódicos. La presencia de Israel en las celebraciones era legítima y el avión tenía autorización para despegar de regreso a Israel en la madrugada del 21 de mayo.
El problema era el vuelo en sí mismo. Buenos Aires a Tel Aviv, sin escalas intermedias donde las autoridades pudieran abordar el avión, significaba ir primero a Dakar, en Senegal, para repostar. Y la distancia de Buenos Aires a Dakar en línea recta era de 4.
650 millas náuticas, prácticamente el límite máximo de autonomía del Britannia con plena carga. Los navegadores Shaul Shaul y Gad Hassin pasaron días calculando rutas que aprovecharan los vientos de cola, que minimizaran el consumo de combustible, que dieran al avión el margen mínimo necesario para llegar.
En sus cálculos más optimistas, llegarían a Dakar con combustible para unos pocos minutos de vuelo adicional. Era, en términos técnicos, temerario, pero era lo que había. La noche del 20 al 21 de mayo de 1960, Eichmann fue sedado levemente por el Dr.
Kaplan, vestido con un uniforme de tripulación de El Al y escoltado al aeropuerto. Los agentes que lo llevaban también vestían uniformes de El Al. Formaron un círculo alrededor del prisionero cuando subía las escaleras del avión, cubriendo su figura con sus cuerpos.
Un guardia de seguridad del aeropuerto se acercó. Rafi Eitan salió a interceptarlo y lo llevó a inspeccionar la cola del avión con cualquier pretexto. Cuando la atención volvió al grupo, ya estaban todos dentro.
El avión rodó hacia la pista a las 11:15 de la noche, pero el control de torre emitió un alto. Había una irregularidad en el plan de vuelo. El corazón de Harel se detuvo.
El navegador Shaul Shaul bajó del avión solo, caminó hasta la torre, subió por las escaleras sin saber si la policía lo esperaba arriba.
Descubrió que la irregularidad era una firma faltante en un formulario. La añadió, bajó, cruzó la pista de regreso. El piloto Zvi Tohar aceleró los motores.
A las 12:05 de la madrugada del 21 de mayo, el Britannia despegó de Buenos Aires. La travesía hasta Dakar duró 13 horas y 10 minutos. Cuando aterrizaron, los indicadores de combustible marcaban casi vacío.
Tohar apagó dos de los cuatro motores en cuanto el avión redujo velocidad en la pista, inseguro de si habría suficiente combustible para llegar siquiera a la terminal.
En el interior del avión, cuando cruzaron el espacio aéreo argentino, el equipo del Mossad estalló en celebración. Los tripulantes reales de El Al, que no habían sido informados de quién era el pasajero especial, se enteraron entonces. La azafata, sentada junto a Eichmann, se levantó y se alejó de él sin decir nada.
El mecánico jefe Arie Friedman, cuyo hermano de seis años había sido arrastrado por un soldado alemán durante la guerra y asesinado, entró a la primera clase y gritó: ¡Le dan cigarrillos! Él nos dio el gas.
Eichmann no respondió. Miraba hacia adelante con los ojos vendados. El avión llegó al aeropuerto de Lod, Israel, a las 6:55 de la mañana del domingo 22 de mayo de 1960.
No hubo celebración cuando aterrizó, solo alivio. Los agentes llevaban casi 24 horas sin dormir. Harel fue directo al despacho de Ben Gurión.
Le traigo un regalo, dijo cuando entró. He traído a Adolf Eichmann conmigo. Ben Gurión levantó los ojos del escritorio.
¿Estás seguro de que es él? Él mismo lo confirmó. Hubo una pausa.
Encuentre a alguien que lo haya visto en persona durante la guerra para identificarlo formalmente, dijo el primer ministro. Pocas horas después, Moshe Agami, que había sido representante de la Agencia Judía en Viena durante la guerra y había tenido que comparecer ante Eichmann en el palacio Rothschild en 1938, fue llevado a la celda donde estaba detenido el prisionero. Lo reconoció en segundos.
El 23 de mayo de 1960, David Ben Gurión se puso de pie ante la Knéset.
El juicio de Adolf Eichmann comenzó el 11 de abril de 1961 en el edificio Beit Ha’am de Jerusalén, una sala de conciertos reconvertida en tribunal para la ocasión. Eichmann compareció dentro de una cabina de vidrio blindado, una jaula transparente que separaba al acusado del público y que también servía para protegerlo de posibles ataques. Vestía un traje oscuro.
Llevaba audífonos para seguir la traducción simultánea. Tomaba notas constantemente en un bloc de papel.
El fiscal general israelí Gideon Hausner abrió el juicio con una declaración que se transmitiría por radio a todo el mundo: Yo no estoy solo en este estrado. A mi lado se encuentran 6 millones de acusadores, pero no pueden alzar la voz porque sus cenizas están apiladas en las laderas de Auschwitz y en los campos de Polonia. El juicio duró cuatro meses.
Testificaron más de 100 testigos. Muchos eran supervivientes que por primera vez en su vida relataban públicamente lo que habían visto y sufrido.
Los periódicos de todo el mundo reproducían sus testimonios. Hannah Arendt, la filósofa judeoalemana exiliada en Estados Unidos, cubrió el proceso para The New Yorker y produjo uno de los textos más controvertidos del siglo XX, Eichmann en Jerusalén, en el que acuñó la frase la banalidad del mal para describir a un hombre que había participado en el mayor genocidio de la historia moderna sin odio personal por sus víctimas, simplemente como un funcionario eficiente que cumplía órdenes.
La defensa de Eichmann, a cargo del abogado alemán Robert Servatius, argumentó esencialmente lo mismo que el propio Eichmann repetía sin descanso: que él había seguido órdenes, que su responsabilidad era logística y no política, que los crímenes habían sido ordenados por otros, que él no había matado a nadie personalmente, que era un engranaje, no el motor. El 15 de diciembre de 1961, después de cuatro meses de audiencias y cuatro meses adicionales de deliberación, el juez Moshe Landau leyó la sentencia.
Para el despacho de cada convoy por el acusado hacia Auschwitz o hacia cualquier otro lugar de exterminio, llevando 1. 000 seres humanos, significa que el acusado fue cómplice directo en 1. 000 actos premeditados de asesinato.
Este tribunal condena a Adolf Eichmann a la pena de muerte. Era la primera y única condena de muerte dictada por un tribunal israelí en toda la historia del estado. Eichmann permaneció inmóvil, sus labios apretados, el cuello y el cuello de la camisa empapados de sudor.
Ocho minutos después de comenzar la lectura de la sentencia, el ujier llamó: Levántense todos. Y los jueces salieron de la sala. La noche del 31 de mayo de 1962, el comisario de prisiones Aryeh Nir visitó la celda de Eichmann.
Le comunicó que su solicitud de clemencia al presidente de Israel había sido denegada, que sería ejecutado a la medianoche. Eichmann solicitó una botella de vino blanco, cigarrillos, papel y pluma. Pasó las siguientes horas escribiendo una carta final para Vera y sus hijos.
A las 11:20 de la noche llegó el reverendo William Hull, un misionero protestante canadiense que había pasado los meses anteriores intentando sin éxito obtener una confesión y un arrepentimiento de Eichmann. El condenado bebía el vino con calma. ¿Por qué estás triste?
, le preguntó al pastor. Yo no lo estoy. Pasaron 20 minutos juntos.
Eichmann no se arrepintió de nada. No he pecado, había declarado en una de sus sesiones anteriores con Hull. Estoy en paz con Dios.
Dios no necesita mi confesión.
A las 11:50, los guardias entraron a la celda, le ataron las manos a la espalda y lo escoltaron por el corredor de 50 metros que conducía a la cámara de ejecución improvisada en lo que había sido el dormitorio de los guardias. Se había abierto un agujero en la pared para crear el acceso. El suelo tenía una trampilla sobre un hueco de tres metros.
Una soga de cuero pendía de un marco de hierro. Rafi Eitan estaba entre los testigos. El mismo Eitan que había comandado el equipo de captura en Buenos Aires.
Los guardias colocaron a Eichmann en la plataforma y le ataron los tobillos. Le ofrecieron una capucha blanca. La rechazó.
Miró a los cuatro periodistas que presenciaban la ejecución con sus cuadernos listos. La soga de cuero, forrada para evitar abrasiones, fue colocada alrededor de su cuello. Larga vida a Alemania, dijo Eichmann.
Larga vida a Argentina. Larga vida a Austria. Tuve que obedecer las leyes de la guerra y mi bandera.
Estoy listo. Sonrió levemente. Miró hacia abajo, a la trampilla bajo sus pies.
Su cara era de un blanco grisáceo. El comandante gritó: Listos. Un segundo de silencio.
Acción. Los dos guardias detrás de la cortina presionaron sus botones. La plataforma se abrió con un golpe metálico.
Eichmann cayó tres metros sin emitir ningún sonido. La soga se tensó, osciló, se detuvo. Un médico entró al cuarto de abajo y examinó el cuerpo.
Lo declaró muerto. A las 2 de la madrugada del 1 de junio de 1962, los guardias transportaron el cuerpo en una camilla a un horno en el patio de la prisión.
El proceso duró dos horas. Las cenizas llenaron la mitad de un recipiente metálico pequeño. Un guardabosques de la prisión que había sobrevivido al crematorio de Auschwitz se inclinó sobre el fuego y pensó en las montañas de cenizas que habían rodeado los campos polacos en invierno.
Las cenizas que los guardias de las SS habían esparcido sobre los caminos helados para no resbalar. Al amanecer, el barco patrullero israelí Jarden transportó el recipiente a seis millas mar adentro desde el puerto de Jaffa.
Fuera de aguas territoriales israelíes, el comisario Nir vació el contenido en las olas. Las cenizas se elevaron en la cresta de una ola y desaparecieron. La historia de la caza de nazis no termina con Eichmann.
Es una historia que se extiende a lo largo de décadas y que tiene sus propios héroes civiles, hombres y mujeres sin uniforme que decidieron que el mundo tenía que recordar. Simon Wiesenthal nació en 1908 en Buczacz, Galicia, territorio que era entonces parte del imperio austrohúngaro y que hoy pertenece a Ucrania.
Antes de la guerra era arquitecto. De los 89 miembros de su familia extendida, 84 murieron en el Holocausto. Él y su mujer sobrevivieron gracias a una concatenación de circunstancias que él mismo nunca terminó de explicar.
Al terminar la guerra, trabajó brevemente para el ejército estadounidense rastreando criminales de guerra para los juicios de Núremberg. Después, en Linz, Austria, abrió su propio Centro de Documentación Judía. Durante décadas acumuló expedientes, testimonios, pistas, fotografías con presupuesto mínimo.
Su papel en el caso Eichmann fue real pero modesto, algo que los relatos populares a menudo exageran. En 1953 consiguió la dirección que Lothar Hermann también descubrió independientemente. Contribuyó con fotografías de los hermanos de Eichmann tomadas en un funeral en Linz.
Pero no fue él quien alertó al Mossad de manera decisiva. Eso fue Fritz Bauer. Y no fue él quien verificó la identidad, eso fue Zvi Aharoni.
Lo que sí fue Wiesenthal durante décadas es una advertencia viva, una presencia que los criminales en fuga no podían ignorar.
Su centro en Viena seguía abierto. Su nombre seguía apareciendo en los periódicos. Cada vez que un gobierno alemán amenazaba con cerrar sus oficinas de crímenes de guerra o cada vez que un tribunal decidía no procesar un caso, Wiesenthal estaba allí con sus carpetas.
Siguió trabajando hasta los 90 años. En 2005 murió en Viena a los 96 años, habiendo contribuido al procesamiento de más de 1. 100 criminales de guerra nazis a lo largo de su vida.
Fritz Bauer, el fiscal alemán que había puesto a Israel en la pista de Eichmann, pagó un precio personal elevado. Era conocido entre sus colegas como alguien que había denunciado crímenes de guerra en una Alemania donde muchos de sus colegas fiscales habían sido miembros del partido nazi. Después del éxito de la captura de Eichmann, siguió con los procesos de Auschwitz.
Entre 1963 y 1965 procesó en Frankfurt a 22 antiguos funcionarios del campo en el mayor juicio sobre crímenes de Auschwitz celebrado en territorio alemán.
Trabajó hasta su muerte, ocurrida en agosto de 1968 en circunstancias que nunca se aclararon del todo. Tenía 64 años. Israel, por su parte, siguió buscando.
El Mossad nunca cerró formalmente sus expedientes sobre los grandes criminales que habían escapado. El equipo que Rafi Eitan dirigió después de la ejecución de Eichmann con el mandato de capturar a Mengele, Bormann y Müller operó durante años con resultados limitados. Mengele murió libre.
Martin Bormann, el secretario personal de Hitler, murió presumiblemente en el Berlín sitiado de 1945.
En 1998, un análisis de ADN realizado sobre unos huesos encontrados en Berlín confirmó que eran los de Bormann. Había muerto en mayo de 1945 intentando escapar del cerco soviético. Nunca estuvo en América del Sur.
Heinrich Müller, el jefe de la Gestapo, desapareció sin dejar rastro en los últimos días de la guerra y nunca fue encontrado. La búsqueda continuó de otras formas. El centro Wiesenthal siguió rastreando expedientes durante décadas.
En los años 90, después de la caída del muro de Berlín, nuevos archivos del bloque soviético abrieron sus puertas y proporcionaron información sobre decenas de criminales que habían vivido en países del este bajo protección comunista. Muchos de ellos eran ancianos, algunos murieron durante los procesos, pero los juicios se siguieron celebrando. El más significativo en términos simbólicos fue probablemente el de John Demjanjuk, un ucraniano que había trabajado como guardia en los campos de exterminio de Sobibor, Treblinka y Majdanek.
Había emigrado a Cleveland, Ohio, después de la guerra como refugiado y trabajado durante décadas en una fábrica de automóviles. En 2011, cuando tenía 91 años, fue condenado en Múnich a cinco años de prisión por complicidad en el asesinato de 28. 060 judíos en Sobibor.
Murió antes de que la condena fuera firme. El último gran proceso celebrado en Alemania hasta la fecha fue el de Bruno Dey, un guardián de las SS en el campo de concentración de Stutthof. Juzgado en 2020 a los 93 años, fue condenado a dos años con suspensión de la pena.
La justicia, cuando llegó, llegó siempre tarde, pero llegó. Cuando Ben Gurión pronunció aquellas 62 palabras ante la Knéset el 23 de mayo de 1960, no solo estaba anunciando una captura, estaba eligiendo el tipo de estado que Israel quería ser y el tipo de memoria que quería cultivar. La decisión de no asesinar a Eichmann en Buenos Aires, siendo eso lo más sencillo, fue una decisión deliberada.
Harel lo había considerado, sus hombres lo habían considerado. Ben Gurión lo había descartado desde el principio.
La muerte anónima en un país extranjero atribuida a un accidente de tráfico no le habría dado al mundo lo que necesitaba. Una sala de audiencias, testigos, documentos, la voz de los supervivientes. Elie Wiesel, el escritor y superviviente de Auschwitz que cubrió el juicio como periodista, escribió años después: Unos pocos judíos lo atraparon y lo llevaron ante la justicia.
Habrían podido matarlo en Buenos Aires. En cambio, lo trajeron a un estado libre y soberano donde los hombres pudieran servir como sus jueces.
El juicio fue casi más importante en el campo de la educación que en el de la justicia. Era también un mensaje. Argentina, donde el gobierno de Perón había protegido a criminales de guerra, donde decenas de asesinos habían encontrado amparo y vivían con total impunidad, había recibido una señal inequívoca.
El Estado de Israel tenía capacidad y voluntad de llegar donde hiciera falta. El impacto internacional fue sísmico. Argentina protestó formalmente ante la ONU por la violación de su soberanía.
El Consejo de Seguridad adoptó una resolución que expresaba su preocupación por el incidente. Israel reconoció que la operación había sido ilegal bajo el derecho internacional, pero argumentó que la naturaleza sin precedentes de los crímenes de Eichmann justificaba una respuesta igualmente sin precedentes. La mayoría del mundo en privado estuvo de acuerdo.
La conciencia sobre el Holocausto, que en los años 50 seguía siendo un tema que muchos preferían no hablar, se ancló de manera permanente en el debate público mundial gracias al juicio.
Los testimonios transmitidos por radio en todo el mundo, las fotografías, los documentos, la presencia física del hombre que había organizado el exterminio sentado en una cabina de vidrio respondiendo preguntas, forzaron una confrontación que no podía seguir siendo evitada. En Israel el efecto fue aún más profundo. Unificó a una sociedad dividida entre supervivientes y sabras, los nacidos en el país, que a menudo habían mirado a los supervivientes con una mezcla incómoda de compasión y juicio implícito por no haber resistido más.
El juicio obligó a Israel a escuchar y a entender que la resistencia al genocidio no siempre tiene forma de combate armado. Para los supervivientes que testificaron, el impacto fue personal y transformador. Muchos hablaron públicamente de su experiencia por primera vez.
Yosef Sapir, superviviente de las deportaciones de Hungría que Eichmann había coordinado, testificó sobre lo que había visto. No me importa si eso va a influir en el resultado del juicio, dijo. Me importa que la historia quede registrada.
La historia quedó registrada.
En el año 2000, el gobierno argentino del presidente Fernando de la Rúa emitió una disculpa formal a las víctimas del Holocausto por el papel de Argentina en la acogida de criminales de guerra nazis después de la Segunda Guerra Mundial. No fue una disculpa grandiosa, no fue ampliamente cubierta por los medios, pero fue real. Los archivos del gobierno argentino, parcialmente abiertos desde los años 90, habían revelado la magnitud de lo que Perón había hecho, no solo los individuos acogidos, sino el aparato institucional creado para recibirlos, financiarlos y protegerlos.
Los expedientes de la Delegación Argentina de Inmigración en Europa, los archivos de la Dirección de Inmigración, los ficheros del Servicio de Informaciones del Estado de Perón, todo apuntaba en la misma dirección. Uki Goñi, el periodista argentino-británico cuya investigación La auténtica Odessa, publicada en 2002, documentó exhaustivamente el sistema peronista de acogida de nazis, utilizó archivos que durante décadas habían permanecido clasificados o habían sido ignorados. Sus hallazgos demostraron que no había habido improvisación ni coincidencia.
Hubo política deliberada, ejecutada por agentes específicos, financiada con fondos del Estado, protegida por las más altas esferas del poder. El número de criminales de guerra acogidos por Argentina bajo el sistema de Perón nunca podrá determinarse con absoluta precisión. Las estimaciones más conservadoras hablan de varios cientos, las más amplias de varios miles, si se incluyen colaboracionistas de países ocupados además de los propios alemanes.
Lo que sí está documentado es que los más conocidos, los que tenían los expedientes más pesados, llegaron a través del mismo sistema.
Eichmann, Mengele y Priebke son los nombres que el mundo recuerda. Pero detrás de ellos llegaron cientos de hombres cuyos crímenes son menos conocidos, pero igualmente reales. Josef Schwammberger, comandante de varios guetos polacos que supervisó personalmente el fusilamiento de judíos, vivió en Argentina hasta 1987, cuando fue localizado y extraditado a Alemania.
Fue condenado en 1992 a cadena perpetua. Tenía 80 años cuando entró en prisión.
Gerhard Bohne, el alto funcionario de las SS que había administrado el programa de eutanasia T4, mediante el cual el régimen nazi asesinó a más de 200.000 personas con discapacidades mentales y físicas, llegó a Argentina directamente por mediación de Carlos Fuldner y vivió allí durante décadas hasta que fue finalmente identificado y extraditado a Alemania en 1963. Y estos son solo los que fueron encontrados, los que dejaron rastro, los que alguien tenía en un expediente.
El 1 de junio de 1962, un barco salió del puerto de Jaffa con las cenizas de Adolf Eichmann. Seis millas mar adentro, fuera de aguas israelíes, las cenizas fueron vaciadas en el Mediterráneo. Era un acto deliberado.
No habría tumba, no habría monumento, no habría lugar al que acudir para honrarlo. Esa noche, Rafi Eitan regresó a su casa en Tel Aviv. Había estado presente en la ejecución como testigo.
No fue a ningún bar a celebrar. No habló con nadie de lo que sentía. Se durmió.
Peter Malkin, el hombre que había sujetado a Eichmann en el suelo del Buick negro en la calle Garibaldi con guantes de piel forrada, pasó los años siguientes sin poder hablar públicamente de lo que había hecho. La operación fue secreto de estado durante décadas. Se convirtió en pintor.
Sus obras, grandes lienzos en colores oscuros, tienen algo que sus amigos describían como peso. Cuando el Mossad finalmente autorizó a los participantes a hablar públicamente, 47 años después de la operación, Malkin dio entrevistas en las que describió los nueve días en la casa de seguridad con Eichmann.
Zvi Aharoni, el interrogador que había seguido a Eichmann durante semanas en Buenos Aires antes de que nadie más lo hubiera visto claramente, publicó sus memorias en los 90 bajo el título Operación Eichmann. Describió el momento en que se sentó detrás del objetivo en el autobús, lo reconoció y tuvo que controlarse para no abalanzarse sobre él allí mismo. La tentación de inclinarme hacia adelante y estrangularlo era casi irresistible, escribió.
Pero sabía que tenía que ser llevado a juicio, no asesinado por quienes había asesinado.
Lothar Hermann, el hombre ciego que había escrito las primeras cartas a Fritz Bauer desde Coronel Suárez, recibió su reconocimiento oficial en 1971, 11 años después de la captura. La primera ministra Golda Meir, a petición del cazanazis Tuvia Friedman, dispuso que se le entregara una compensación económica. Hasta entonces, su nombre y el de su hija Silvia habían permanecido en secreto.
Josef Mengele está enterrado en Embu das Artes, Brasil. Su tumba no tiene placa con su verdadero nombre.
19 años de fuga, de depresión creciente, de soledad cada vez mayor. Su hijo Rolf lo visitó en Brasil en 1977 después de 21 años sin verlo. Le preguntó sobre Auschwitz.
Mengele le respondió que él no había inventado el sistema, que ya existía cuando llegó, que no había ordenado las gaseaciones, que los gemelos les debían la vida a él. Rolf Mengele volvió a Alemania y nunca regresó a ver a su padre. Dos años después, su padre murió en el agua.
Erich Priebke, que vivió 100 años, murió en Roma en 2013 bajo arresto domiciliario, sin haber mostrado nunca arrepentimiento real por los 335 hombres que mandó ejecutar en los túneles de las Fosas Ardeatinas. En sus memorias escritas mientras cumplía condena, siguió insistiendo en que solo había cumplido órdenes. Esta historia tiene la estructura de una venganza y en cierta medida lo fue, pero quienes la vivieron la describirían de otra manera.
Isser Harel en sus últimos años decía que no había sido venganza.
Venganza es golpear a alguien y salir corriendo, dijo en una entrevista. Nosotros lo trajimos a casa para que el mundo pudiera mirarlo.

