El Día D desde la Perspectiva Alemana | Segunda Guerra Mundial

El Día D desde la Perspectiva Alemana | Segunda Guerra Mundial

El 6 de junio de 1944, mientras los cañones aliados atronaban las costas de Normandía con la más colosal flota jamás reunida en la historia, Adolf Hitler dormía plácidamente en el Berghof, convencido de que su imperio resistiría el golpe. Cinco años después de encender la mecha de la Segunda Guerra Mundial, el Führer había planeado una boda para el 3 de junio, una distracción festiva en su refugio alpino de Berchtesgaden mientras la Wehrmacht aguardaba el desembarco que cambiaría el destino de Europa.

La ceremonia reunió a Gretl Braun, hermana menor de Eva Braun, con Hermann Fegelein, oficial de enlace de Heinrich Himmler. Hitler, en su característico uniforme gris, fungió como anfitrión y figura paterna de la novia mientras el champán corría sin restricciones y una banda de las SS amenizaba la velada. Martin Bormann, el todopoderoso secretario del partido, bebió hasta perder el conocimiento y tuvo que ser cargado a rastras hasta su residencia.

Hitler se retiró temprano, absorto en sus cálculos estratégicos, ignorando que en cuestión de horas el Muro Atlántico sería puesto a prueba.

El Führer confiaba ciegamente en su propaganda. Creía que cualquier invasión sería aplastada en las playas y que británicos y estadounidenses, derrotados, abandonarían la guerra para permitirle concentrar todas sus fuerzas contra la Unión Soviética. Su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, repetía desafiante: “Dicen que vendrán, ¿por qué no lo hacen?”

Pero tras esa fachada de hierro se ocultaba una realidad fracturada: el Muro Atlántico era más un espectáculo propagandístico que una fortaleza real, escaso de hormigón y de recursos.

El mariscal Gerd von Rundstedt, comandante en jefe en el Oeste, despreciaba aquella línea defensiva que se extendía desde Noruega hasta España. Recordaba la lección de Federico el Grande: “Quien intenta defenderlo todo, no defiende nada”. Criticaba la obsesión de Hitler por convertir puertos en fortalezas estáticas, las llamadas Festungen, que inmovilizaban a más de 120,000 soldados en guarniciones condenadas a resistir hasta el último hombre, privando al ejército de flexibilidad táctica.

En ese escenario emergió la figura de Erwin Rommel, el célebre Zorro del Desierto, comisionado para reforzar las defensas del Canal. Rommel, transformado tras su derrota en África, donde experimentó la aplastante superioridad aérea aliada, se volvió crítico con la conducción de la guerra. Ironizaba sobre los discursos de Hitler llamándolos “tratamientos de rayos de sol”.

Cada madrugada, a las cinco, inspeccionaba personalmente la costa en su coche oficial, plantando miles de obstáculos antitanque y los temidos “espárragos de Rommel” contra aterrizajes aéreos.

La realidad de las tropas germanas distaba del mito de la superpotencia nazi. De los 850,000 hombres del ejército en el Oeste, muchas divisiones carecían de artillería móvil. Había batallones apodados “de oreja y estómago”, compuestos por soldados con heridas abdominales o problemas auditivos.

Reclutas demasiado jóvenes o demasiado viejos, polacos reclutados a la fuerza, alsacianos y Volksdeutsche que apenas hablaban alemán, todos vigilados con desconfianza por oficiales que temían que sus propios hombres se volvieran contra ellos en pleno combate.

La 352. ª División de Infantería, la unidad que soportaría el peso del infierno en Omaha Beach, agrupaba veteranos del Frente Oriental bajo el mando del teniente general Dietrich Kraiss. Las mejores formaciones blindadas, sin embargo, estaban reservadas para la élite: la Panzer Lehr, comandada por Fritz Bayerlein, veterano de África y hombre de confianza de Rommel, y la 2.

ª División Panzer de Heinrich von Lüttwitz. Más cerca de la costa, la 21. ª División Panzer, equipada con obsoletos tanques Mark IV y tripulada en parte por Volksdeutsche, tenía la misión de frenar a los británicos en Caen.

En las primeras luces del 6 de junio, el teniente coronel Werner Pluskat, desde su búnker en lo alto de Omaha Beach, observaba el horizonte sin notar movimiento. Fue su perro quien, inquieto, comenzó a ladrar hacia el Canal. Pluskat alzó los prismáticos y allí, entre los bancos de niebla, emergieron miles de siluetas: más de 6,000 embarcaciones de la mayor flota de invasión de la historia.

A las 5:50, los acorazados abrieron fuego. 38,000 cohetes arrasaron la costa, transformándola en un paisaje lunar.

Los defensores alemanes, protegidos en sus búnkeres, sobrevivieron al bombardeo con pérdidas mínimas. Descansados y alertas, esperaron con las armas preparadas. A las 6:30, la 4.

ª División de Infantería estadounidense tocó tierra en Utah Beach. Un error de navegación la desvió hacia un sector mal defendido, previamente bombardeado por accidente. La playa cayó con rapidez.

El general Theodore Roosevelt Jr. , hijo del presidente, inmortalizó la jornada con su frase: “Comencemos la guerra desde aquí”.

La tragedia se concentró en Omaha Beach. Allí, el bombardeo preliminar fracasó estrepitosamente y las defensas alemanas permanecieron intactas. Desde acantilados de hasta 50 metros, 7,000 soldados germanos desataron un fuego cruzado devastador.

Las lanchas de desembarco, bautizadas “latas de sardinas”, fueron masacradas al abrir sus rampas. Los soldados estadounidenses se hundieron bajo el peso de su equipo o fueron abatidos sin siquiera abandonar las embarcaciones. Se estima que el 80% del armamento quedó inutilizado por el agua y la arena.

Heinrich Severloh, un joven operador de ametralladora de 20 años en el nido de resistencia 62, se convirtió en una leyenda negra de aquella jornada. Con su MG42 y su fusil Mauser, disparó durante horas casi sin descanso, sembrando la muerte en la playa. A las 10:12, un mensaje confirmó que su ametralladora era la única que seguía operativa en todo su sector.

Severloh recordaría años después el disparo que más lo atormentó: un soldado estadounidense con un lanzallamas, abatido entre dos bloques de cemento. Esa imagen lo persiguió en pesadillas recurrentes durante décadas.

Alrededor de las dos de la tarde, los tanques Sherman aparecieron desde el oeste y una explosión hirió a Severloh en el rostro. Su teniente, Bernhard Frerking, le ordenó retirarse y cayó poco después. Mientras tanto, en el resto del frente, la suerte aliada variaba.

Los Rangers escalaron los acantilados de Pointe du Hoc para descubrir que los cañones ya no estaban. En Gold, Juno y Sword, británicos y canadienses avanzaron con costos variables, estableciendo cabezas de playa al mediodía. La organización y el impulso inicial facilitaron la consolidación.

Hitler, que se levantó a las ocho de la mañana, fue informado del desembarco y convocó una reunión urgente con Wilhelm Keitel y Alfred Jodl. Confiado, autorizó el despliegue de la 21. ª División Panzer, creyendo que destruiría a los aliados en la playa.

Pero la confusión dominó el alto mando. A las 10:30, el general Erich Marcks ordenó atacar, pero su superior Edgar Feuchtinger anuló la orden. A las 14:30, von Rundstedt movilizó a la 12.

ª División SS Hitlerjugend, temiendo dejar fuera de posición la unidad si la verdadera invasión llegaba por Calais.

A las cuatro de la tarde, la 21. ª Panzer finalmente atacó hacia el hueco entre las zonas de desembarco británica y canadiense. “Si no arrojamos a los británicos al mar, habremos perdido la guerra”, advirtió Marcks.

Pero el ataque fue repelido con contundencia. El comandante alemán afirmó haber avistado 600 aviones aliados y temió quedar aislado. La división perdió decenas de tanques ante los cazabombarderos, los Sherman Firefly y el fuego naval, replegándose hacia Caen.

El alto mando seguía convencido de que todo era una maniobra de distracción. Los servicios de inteligencia aliados habían ejecutado un engaño magistral. El primer conjunto serio de órdenes ofensivas alemanas no se emitió hasta las 00:07 del 7 de junio, catorce horas después del inicio del desembarco.

Los alemanes habían asumido que los aliados necesitarían un puerto para invadir, sin imaginar que traerían consigo puertos flotantes artificiales.

En la mañana del 7 de junio, los británicos lanzaron la Operación Perch para tomar Caen. Fueron rechazados hasta tres veces por la 12. ª División SS Hitlerjugend, formada por jóvenes de 17 y 18 años adoctrinados bajo el lema “flexibles como el cuero, resistentes como el acero de Krupp”.

Eran muchachos fanatizados, pero sus comandantes eran veteranos de la Leibstandarte con experiencia en el Frente Oriental. Su batallón de reconocimiento, liderado por el comandante Bremer, apodado “el temerario”, demostró una ferocidad que impactó a los oficiales británicos.

El 8 de junio, la Panzer Lehr, con 230 carros y 600 vehículos motorizados, frenó sin grandes dificultades a la 50. ª División británica en Odon y al día siguiente al 2. º Cuerpo canadiense.

El 11 de junio, la 51. ª División escocesa intentó romper el frente hacia el sur de Rauray y fue obligada a retirarse con severas bajas. El terreno de bocage normando, con sus espesos setos, se convirtió en una trampa mortal donde los alemanes emboscaban con panzerfaust y ametralladoras.

La geografía y la tenacidad alemana estancaron el avance británico hacia Caen. El mariscal Montgomery, frustrado por la comparación con el rápido progreso estadounidense, ideó la Operación Epsom el 21 de junio: más de 60,000 soldados y 600 tanques para envolver Caen por el oeste. Pero el 2.

º Cuerpo Panzer SS ya estaba desplegado con la Leibstandarte, la Frundsberg, la Hohenstaufen y la Das Reich, apoyados por 80 cañones antiaéreos de 88 mm, letales contra blindados.

El 26 de junio, tras una preparación artillera de 700 cañones y 500 incursiones aéreas, los escoceses avanzaron. El joven soldado Emil Dürr destruyó heroicamente un tanque lanzallamas Crocodile antes de morir, ganándose la Cruz de Caballero póstuma. Pero el avance se estancó ante las posiciones ocultas alemanas.

En un solo sector, la 15. ª División perdió 200 hombres. Al atardecer, un intento de cruzar el río Odón fue rechazado con más muertos.

La cota 112 se convirtió en un cementerio de tanques británicos. Cuando la 11. ª División Blindada intentó ascender, los cañones anticarro alemanes destruyeron los Sherman uno tras otro.

La artillería y los morteros ocultos en el bocage causaron una devastación total. El asalto se transformó en una catástrofe para los británicos, que sufrieron pérdidas severas. La Operación Epsom terminó oficialmente a comienzos de julio sin lograr sus objetivos estratégicos, aunque el desgaste alemán fue considerable.

Las consecuencias llegaron al alto mando alemán. Von Rundstedt y Rommel propusieron a Hitler abandonar Caen y reagruparse al sur. El Führer rechazó la idea y destituyó a von Rundstedt, reemplazado por Günter von Kluge.

El general Friedrich Dollmann, comandante del 7. º Ejército, se suicidó al saber que sería sometido a consejo de guerra tras la caída de Cherburgo. Caen finalmente cayó el 20 de julio, con 36 días de retraso sobre el plan aliado, tras 890 tanques aliados destruidos y aproximadamente 23,000 bajas.

Los alemanes sufrieron cerca de 12,000 bajas y 300 carros perdidos en la batalla de Caen, pero lograron contener el frente occidental en un momento crítico. Fue una última gran victoria táctica para Rommel, una suerte de venganza personal por su derrota en El Alamein frente a Montgomery. Pero fue efímera.

La Operación Cobra del general George Patton rompió el frente, precipitando la retirada alemana y el cerco de la bolsa de Falaise, que selló el destino del Tercer Reich en Francia y allanó el camino hacia la liberación de París.

El destino de Heinrich Severloh tras su captura fue tan improbable como su supervivencia. Hecho prisionero por elementos del 16. º Regimiento de Infantería estadounidense, el mismo contra el que había disparado toda la mañana, no reveló su papel en la batalla, lo que posiblemente le salvó la vida.

Tras pasar por un campo de prisioneros en Biéville, fue trasladado a Inglaterra y luego a Estados Unidos, donde trabajó en campos agrícolas de la costa este, cosechando desde Boston hasta Florida.

Un momento quebró su conciencia: un compañero le tradujo un artículo de la revista Stars and Stripes que describía cómo la sangre mezclada con barro hacía resbalar a los soldados estadounidenses en el sector Easy Red. Fue un golpe emocional devastador. Liberado en abril de 1947 a petición de su padre, Severloh intentó reconstruir su vida.

Se reunió con la viuda y la madre de su teniente Bernhard Frerking, ayudándolas a encontrar su tumba en un cementerio militar cerca de Omaha. Se casó con su antigua novia Lisa en 1949.

Durante años, Severloh regresó a Normandía buscando comprensión y perdón, reuniéndose con veteranos de ambos bandos. En el año 2000 publicó sus memorias como un acto catártico, no buscando fama, sino liberarse de la carga emocional que había cargado durante décadas. Falleció en 2006.

Hoy, el nido de resistencia 62 permanece en pie como testigo mudo de la historia de un joven que sobrevivió al infierno de Omaha y cargó para siempre con la memoria de aquel amanecer en que Europa contuvo la respiración y el mito de la fortaleza nazi se desmoronó en las arenas de Normandía.