El Brutal Interrogatorio a Ernst Kaltenbrunner | Nuremberg 1946

El Brutal Interrogatorio a Ernst Kaltenbrunner | Nuremberg 1946

Las palabras resonaron en la sala 600 del Palacio de Justicia de Nuremberg con la pesadez de un hombre que sabía que su vida pendía de un hilo. Ernst Kaltenbrunner, el oficial de mayor rango de las SS que aún respiraba, el heredero del imperio de Heinrich Himmler, se enfrentó este día al interrogatorio más brutal y revelador de los juicios que decidirán el destino de los cien mil verdugos del Tercer Reich.

Ante el fiscal Joseph William Kaufman, el hombre que controló la Gestapo, la policía criminal y el Servicio de Seguridad del Reich desde 1943 hasta la caída final, admitió con una frialdad que heló a los presentes: “Soy plenamente consciente de la gravedad de los cargos. Soy consciente del odio mundial que se dirige contra mí, especialmente desde que Himmler, Müller y otros ya están muertos. Debo aquí dar cuenta ante el mundo y ante el tribunal”.

Pero lo que parecía un acto de contrición se convirtió en una defensa calculada, tejida con matices y distinciones que el fiscal demolió pieza por pieza. Kaltenbrunner, el austriaco que ascendió desde un bufete de abogados provincial hasta la cima del terror nacionalsocialista, aceptó la responsabilidad solo por lo que hizo personalmente. Todo lo demás, según él, ocurrió sin su conocimiento, sin su autorización y contra su voluntad.

El hombre que nació en 1903 en una familia de abogados destacados, que trabajó como minero en el turno de noche mientras estudiaba derecho, y que se afilió al partido nazi en 1932, describió su ascenso con la precisión de un jurista. Fue detenido en 1934 por el gobierno austriaco y enviado al campo de concentración de Kaisersteinbruch tras el fallido intento de golpe de Estado que costó la vida del canciller Dollfuss.

Cuando Kaufman le preguntó sobre su participación en la revolución austriaca de marzo de 1938 y el Anschluss, Kaltenbrunner defendió el plebiscito con una arrogancia que contrastaba con su situación: “El plebiscito del 10 de abril de 1938 fue totalmente conforme a la voluntad de la población austriaca. El resultado del 99,73 por ciento a favor de la unión con el Reich alemán fue totalmente auténtico”.

En ese momento histórico, según su propio relato, fue ascendido a SS-Brigadeführer y luego a SS-Gruppenführer en septiembre de 1938. En 1941 se convirtió en el máximo dirigente de las SS y la policía en Austria. Pero fue el 30 de enero de 1943 cuando recibió el cargo que lo llevaría al banquillo: jefe de la Policía de Seguridad y del SD, comandante de la Oficina Central de Seguridad del Reich, la temida RSHA.

Fue entonces cuando comenzó la batalla legal que definió su defensa. Kaltenbrunner insistió en que jamás tuvo poder ejecutivo sobre la Gestapo. Afirmó que Himmler, desconfiado después de la concentración de poder de Reinhard Heydrich, asesinado en 1942, le dio solo la responsabilidad de construir un servicio de inteligencia centralizado, manteniendo los departamentos ejecutivos bajo su control personal.

El fiscal Kaufman no mostró piedad ante esta afirmación. Le preguntó sobre las órdenes de detención preventiva que llevaban su nombre en facsímil o mecanografiado. La respuesta de Kaltenbrunner provocó incredulidad en la sala: “En ningún momento de mi vida he visto o firmado una orden de detención preventiva”.

Kaufman le presionó: “Es terrible que el jefe de una agencia no sepa qué órdenes están firmadas con su nombre”. La explicación de Kaltenbrunner fue que Müller, el jefe de la Gestapo, firmaba en su nombre, un hábito heredado de la época de Heydrich, sin informarle jamás. Las razones de esas órdenes incluían “actos hostiles al Reich, difusión de rumores maliciosos, insultos, negativa a trabajar, propaganda religiosa”.

El fiscal no cedió. Los Einsatzgruppen, los escuadrones de la muerte que asesinaron a más de un millón de civiles en la Unión Soviética, fueron el siguiente tema. Kaltenbrunner negó haberlos conocido hasta finales de 1943, muchos meses después de asumir el cargo.

Afirmó que esos comandos no fueron reorganizados durante su mandato y que cuando se enteró de su existencia, protestó ante Hitler.

“¿Puede decir exactamente en qué fecha se enteró?” , preguntó Kaufman. “Creo que fue cuando fui recibido por primera vez por Hitler, o quizás al día siguiente, cuando me presenté ante Himmler en noviembre de 1943”, respondió.

La sala contuvo el aliento: el hombre que dirigía la RSHA afirmaba haber ignorado durante meses los asesinatos masivos en el Este.

El caso Mauthausen emergió con una crudeza devastadora. Se le acusó de haber creado el campo de concentración en Austria y de haberlo visitado continuamente. El testigo H.

Riegel, según la fiscalía, le vio inspeccionando las cámaras de gas en funcionamiento. Kaltenbrunner respondió con una negación rotunda: “Yo no establecí ningún campo de concentración en Austria. Nunca he pisado un campo de detención en Mauthausen.

Estuve en Mauthausen, pero en un campo de trabajo, no en un campo de detención”.

Luego vino la fotografía que mostraba a Kaltenbrunner junto a Himmler y otros oficiales en las canteras de granito de Mauthausen. Su explicación fue que acompañó a Himmler en una inspección de las canteras, propiedad de la ciudad de Viena, y que nunca se le mostró el verdadero campo. “No asistía a tales inspecciones porque sabía muy bien que Himmler haría conmigo lo que hacía con otros a los que invitaba: mostrarme aldeas Potemkin en lugar de las condiciones reales”.

Auschwitz, el símbolo del Holocausto, fue otro frente de batalla. “No supe de él hasta noviembre de 1943”, afirmó. “Y no era conocido por nadie como campo de exterminio.

Cuando le preguntaban a Himmler por qué hay un campo tan grande allí, siempre respondía que había grandes industrias militares cerca”. El fiscal le exigió: “¿Cuándo oyó por primera vez que Auschwitz era un campo de exterminio?”

“Himmler me lo contó en 1944, en febrero o marzo”, respondió. Y entonces Kaufman lanzó la pregunta que definiría su legado: “¿Cuál fue su actitud tras darse cuenta de esto?” Kaltenbrunner respondió con una afirmación que muchos en la sala recibieron con escepticismo: “Protesté primero ante Hitler y al día siguiente ante Himmler.

Desde el primer día concluí que prácticamente todos los informes decían que ninguna potencia hostil negociaría con el Reich culpable de esto”.

La respuesta de Kaufman fue mordaz. “¿Está diciendo que el cese de la persecución de los judíos en 1944 fue el resultado de su intervención?” Kaltenbrunner respondió: “Estoy firmemente convencido de que se debió principalmente a mi intervención”.

La afirmación, en una sala donde los testigos habían descrito el asesinato sistemático de millones, sonó vacía.

Pero quizás el momento más tenso llegó con el caso de los 50 aviadores aliados fusilados después de la fuga de Sagan. Kaltenbrunner negó toda participación directa. Aceptó que se enteró del caso seis semanas después, cuando su departamento recibió la orden de investigar.

Kaufman le confrontó con la declaración jurada de Schellenberg, quien afirmó que Kaltenbrunner había participado en una reunión para justificar la orden de ejecución.

Kaltenbrunner contraatacó atacando la credibilidad de Schellenberg, a quien describió como “el protegido de Heydrich” y un hombre que actuó por orden de Himmler hasta el último día. “Fue el hombre que por orden de Himmler estableció contacto con el conde sueco Bernadotte”, dijo, sugiriendo que Schellenberg tenía motivos para incriminarle falsamente.

El fiscal entonces le preguntó sobre el levantamiento del gueto de Varsovia. Le recordó que unos 400. 000 judíos fueron encerrados en el gueto y que las tropas de las SS desalojaron a unos 56.

000, de los cuales más de 14. 000 fueron asesinados. Kaltenbrunner negó tener conocimiento de los detalles.

Cuando se le preguntó si sabía que todos aquellos judíos fueron asesinados en Treblinka, respondió con un simple “no”.

Kaufman presentó el documento 3840-PS y preguntó si conocía a Karl Czeske, ayudante del general Stroop, el hombre que aplastó el levantamiento. Kaltenbrunner negó conocerle. El fiscal le confrontó con declaraciones juradas de testigos que le incriminaban directamente.

La respuesta de Kaltenbrunner se volvió casi mecánica: “Las afirmaciones son sin excepción erróneas”.

“¿Está diciendo que todas las demás declaraciones que se le han leído hoy son falsas?” , preguntó el fiscal. Kaltenbrunner respondió con una defensa que revelaba su estrategia: “No puedo decir sí a todo de lo que se me acusa, simplemente porque la fiscalía se haya equivocado al determinar quién es el representante de Himmler aquí”.

El fiscal Kaufman resumió con una precisión quirúrgica el caso de la acusación: “Usted admite que ocupó el cargo de jefe de la RSHA y jefe de la Policía de Seguridad y del SD desde finales de 1943 hasta el final de la guerra. Es eso cierto”. Kaltenbrunner respondió: “Sí, con las restricciones que enumeré ayer”.

“¿Se refiere al acuerdo con Himmler?” , preguntó Kaufman. “No era un supuesto acuerdo”, insistió Kaltenbrunner.

“Era un hecho bien establecido desde el primer día. Yo tenía la tarea de crear un servicio de inteligencia centralizado y él conservaba el mando de los demás sectores”.

El fiscal resumió la posición del acusado con una claridad devastadora: “Usted dice que no tenía conocimiento personal de las atrocidades en los campos de concentración, que no hizo nada en el programa de exterminio excepto oponerse, que no acepta responsabilidad por el programa de trabajos forzados, que no tuvo que ver con el gueto de Varsovia, ni con la ejecución de los 50 pilotos, ni con las órdenes sobre el asesinato de aviadores enemigos”. Kaltenbrunner confirmó cada negación.

La acusación había comparado a Kaltenbrunner con Heydrich, el arquitecto de la Solución Final. Pero el prisionero insistió en que la comparación era errónea. Señaló que Himmler, después de la experiencia con Heydrich, no quiso soltar el poder ejecutivo.

“Himmler nunca más quiso soltar tal poder”, dijo. “Había tenido la experiencia de lo peligroso que podía llegar a ser el jefe de la Policía de Seguridad. No quería permitir el riesgo una segunda vez”.

Una revelación final sacudió la sala cuando Kaufman preguntó sobre la relación entre Himmler y Kaltenbrunner. “¿Era usted amigo de Himmler?” La respuesta: “Es un completo error calificar de amistosa la relación entre Himmler y yo.

Me trataba de forma extremadamente fría y reservada. No era un hombre capaz de entablar relaciones personales con nadie”.

Pero el interrogatorio de este día dejó una imagen imborrable: la de un hombre que ocupó el cargo más poderoso del aparato de terror nazi y que, ante la justicia internacional, se presentó como un espectador impotente, un burócrata que solo construyó redes de inteligencia mientras otros decidían el destino de millones. La pregunta que flota sobre la sala es si el tribunal aceptará esa versión o si verá en Kaltenbrunner, como sostiene la acusación, al máximo responsable de la Gestapo, la SD y la RSHA que quedaba vivo para rendir cuentas.

El juicio continuará en los próximos días. Los jueces del Tribunal Militar Internacional tendrán que decidir si las negaciones sistemáticas del hombre que controló la policía secreta del Reich son la verdad de un burócrata engañado o la última mentira de un arquitecto de la muerte.